Fórmula 1

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El triunfo del genio liberado

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Lewis Hamilton vuelve a ser el rey de la velocidad. Sólo doce meses después de sufrir una de las derrotas más dolorosas de su trayectoria deportiva, al ceder la corona de la Fórmula 1 ante su compañero de equipo Nico Rosberg, el británico vuelve a mandar en la categoría reina del automovilismo. Lo ha hecho fiel a su estilo: alegre, despreocupado y viviendo cada día y cada carrera como si se tratara de lo último que tuviera que hacer en esta vida. Pero, recordemos, Hamilton no siempre fue así. Y quizás ese cambio es el que ha propiciado que pase de ser un excelente piloto a una leyenda del deporte de las cuatro ruedas.

Atrás queda aquel chico que en 2007 se presentó al mundo como un joven británico tímido y subordinado a las decisiones de su mentor y descubridor, Ron Dennis. El patrón de McLaren le había conocido 11 años atrás, en una carrera de ‘karts’, y le había prometido que varios años después le llamaría para ser piloto de la escudería británica. Y así fue: Hamilton arrasó por todas las categorías en las que compitió y su increíble talento hizo que no tuviera que pasar el habitual peregrinaje por equipos pequeños, sino que debutara en McLaren, en 2007, al lado del por entonces vigente campeón y aspirante a destruir todos los récords: Fernando Alonso.

El Hamilton de 2007 no tiene nada que ver con el actual. Era un tipo que se movía siempre acompañado de su padre, el inconfudible Anthony Hamilton, cobraba menos de un millón de euros al año y acudía sin rechistar a todos los eventos que le proponía su equipo. Dentro de la pista, su debut fue espectacular, puesto que no se bajó del podio en sus nueve primeras carreras del año, y llegó líder -y con el Mundial prácticamente ganado- a las dos últimas citas del año. Entonces, no sólo su inexperiencia, sino también la poca seguridad en sí mismo que le daba vivir extremadamente ligado al regazo de Ron Dennis le hizo cometer dos errores de bulto que le costaron el título. La historia es conocida por todos: McLaren hizo el ridículo y el Mundial se lo llevó Kimi Räikkönen.

Al año siguiente, con Alonso fuera del equipo y el campeón vigente en una de sus muchas temporadas de idas y venidas, Lewis se encontró sin oposición. Aún así, seguía teniendo esa poca seguridad que le hacía cometer mil y un errores y que hizo posible que Felipe Massa, un piloto de segunda fila a nivel mundial, fuese campeón del mundo durante varios segundos. Quizás esos instantes pudieron cambiar la vida de Hamilton para siempre, puesto que una nueva derrota ridícula en Interlagos le hubiese hundido aún más. Pero tuvo la suerte del campeón, y la famosa imagen del McLaren adelantando a Glock en la última curva le dio su primera corona. ¿Había comenzado la era Hamilton? No.

Pese a que Ron Dennis abandonó el equipo con el título de Lewis -tomando Martin Whitmarsh las riendas de la escudería-, el equipo McLaren seguía regido por unas éticas de trabajo muy estrictas, con las que Hamilton no se sentiría cómodo con el paso de los años. Obviando el extraño año 2009, en el que Brawn sorprendió a todos con su doble difusor, las últimas tres campañas de Hamilton en Woking tuvieron más sombras que luces. Con otro campeón del mundo como compañero -Button-, Hamilton alternó triunfos espectaculares, como los de Bélgica’2010 o Alemania’2011, con escenas demenciales, como sus cinco toques con Massa en 2011 o, sobre todo, con la publicación en Twitter de la telemetría de su compañero en Spa’2012, cuando le sacó un segundo en la sesión de clasificación.

Muchos veían McLaren como la casa de Hamilton para siempre, y por ello sorprendió tanto el anuncio de su marcha a Mercedes. Se iba a un equipo que apenas había ganado una carrera en tres años y abandonaba una escudería que, en ese momento, era la más firme amenaza a la dictadura de Red Bull y Sebastian Vettel. Pero, como en muchas ocasiones, los pronósticos no se cumplieron, y esta fue la decisión que cambió para siempre el rumbo de la carrera deportiva de Lewis Hamilton.

Mercedes le ofreció un hogar en el que se sintió más cómodo desde el inicio. No existían esas estrictas éticas de trabajo que exigían en McLaren. Fue entonces cuando Hamilton comenzó a liberarse. Se empezó a conocer su polifacética vida fuera de las pistas. Música, fiestas, viajes extravagantes e incluso un toque filosófico a su forma de llevar las redes sociales. Todo ello acompañado, evidentemente, de excelentes resultados en la pista. Tras un año de debut en 2013 en el que acabó cuarto y con una victoria en Hungría, el arranque de la era híbrida dio la oportunidad a Mercedes y Hamilton a instaurar su propia jerarquía.

Fueron años, además, en el que el único piloto con talento suficiente como para competirle de tú a tú con Lewis en su plenitud, Fernando Alonso, estaba atrapado en una espiral de coches poco competitivos que dejaban al británico, al genio liberado, sólo ante el éxito. Tampoco Vettel, un trabajador nato y con capacidad de superación suficiente como para provocar cierto nerviosismo en Hamilton, disponía de material para ganar. Únicamente Nico Rosberg, un piloto que nunca había peleado un título y con el que Hamilton se sabía y sentía superior.

Y así ganó sus dos siguientes títulos, los de 2014 y 2015. Jugando con Rosberg. Haciendo lo que quería con él, hasta desesperar al alemán, como muestra su ‘rifirrafe’ en la celebración de Lewis en Austin’2015. Sin embargo, ocurrió lo que algunos preveían: el éxito nubló a Hamilton. Su tercer título le hizo excederse en su vida nocturna y sus celebraciones en el inicio de 2016, dando a un centradísimo Rosberg una ventaja que finalmente, pese a ser muy superior en el tramo final del año, no pudo recuperar. Hamilton había perdido su corona ante un piloto netamente peor que él. Tal era lo que había logrado que Rosberg que decidió retirarse de la Fórmula 1 tras ello.

Y este revés fue lo que propició la aparición de la mejor versión de Hamilton. Con un Mercedes no tan superior como el de años atrás, teniendo -en ciertos circuitos- peor monoplaza que Ferrari o Red Bull, Hamilton se ha llevado el título con dos carreras de antelación. Con una segunda mitad de campeonato simplemente fantástica. Ahora el británico, el genio liberado que puede hacer lo que quiere, cuando quiere y donde quiere, mira a los siete títulos de Schumacher. Eso sí, como buen genio que es, cualquier predicción a largo plazo resulta un ejercicio de alto riesgo. ¿Tendrá motivación suficiente como para lanzarse a por ello?

Su contrato con Mercedes acaba a finales de la próxima temporada y, de momento, Hamilton no se ha querido sentar a negociar. Su extravagante vida fuera de los circuitos hace rumorear con una posible retirada prematura -a los 33 años-, aunque Hamilton no ha querido, hasta el momento, ni ratificar ni desmentir nada. A estas alturas, poco o nada le falta por demostrar. Corre por gusto. Viviendo cada día como si fuese el último. Un genio liberado.

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