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Gustavo Kuerten, Roland Garros et l’amour toujours

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Gonzalo DE MELO – París y Florianópolis. Francia y Brasil. Un amor verdadero, de los de toda la vida. El idilio de Gustavo Kuerten (‘Guga’ para su círculo más íntimo) con Roland Garros fue de aquellos que marcan una época. No sólo por los tres títulos levantados, sino por los detalles, las sensaciones. Ese halo mágico entre un jugador, no se sabe muy bien por qué al ser brasileño, con el que dicen que es el público menos simpático de los cuatro Grand Slam.

Kuerten es de esos tipos que te tienen que caer bien. Espontáneo y siempre risueño, fue de los tenistas mejor valorados, tanto dentro como fuera de las pistas, a caballo de finales de los 90 y principios de siglo. Ayudado por su 1,90 de estatura, su servicio y revés a una mano eran su mejor arma incluso para la tierra batida de París. Escenario poco propicio para los saques más potentes, Guga levantó tres Copas de los Mosqueteros.

1997, 2000 y 2001. Y es que más allá de Roland Garros, la cosecha deportiva del brasileño fue más bien pobre para un tenista que fue número 1 del circuito ATP durante 84 semanas. En Australia su techo fue una discretísima tercera ronda; en Wimbledon sólo fue capaz de alcanzar los cuartos de final; y más de lo mismo en el US Open, donde llegó a cuartos de final.

Pero ese amor, construido a base de partidos y victorias en en el Roland Garros, tuvo su punto más álgido, su boda, en la final del año 2000. Magnus Norman fue el invitado de excepción en un partido que despachó Guga en cuatro sets, y tras disponer de ¡11 bolas de partido! Kuerten volvía a ganar el torneo de mayor prestigio en tierra batida, se tiraba al suelo y dibujaba con su raqueta, y sobre la arcilla de París, el más grande de los corazones.


Gustavo Kuerten en el Roland Garros de 1997 | Getty Images

Lo cierto, no obstante, es que la carrera del brasileño siempre se ha visto manchada por un sinfín de lesiones y operaciones de espalda y cadera. Las lesiones le torturaron hasta el punto de tener que retirarse en 2008 con 32 años. Entrando y saliendo constantemente del quirófano, Kuerten fue tan excepcional como poco regular en el circuito.

Pero se guardaba un as en la manga. Guga no se quería retirar de cualquier manera. Quería hacerlo en la misma iglesia en la que se había casado. Si la Philippe Chatrier había visto como levantaba los títulos de 1997, 2000 y 2001 vería como, a pesar de los muchos sinsabores en forma de lesión, el amor que mantenía con París era de los de verdad. Perdió ante Paul-Henri Mathieu en tres rápidos sets. Era casi lo de menos. Gustavo Kuerten se había ganado a la siempre exigente París, que le contestó con un L’amour toujours, Guga.

Para siempre, y por siempre. El brasileño, al final del partido, recibió de la organización un trofeo conmemorativo por la huella que había dejado en la ciudad. Ése era su particular anillo de bodas. Un anillo para él y la memoria tenística.

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