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Guardiola: todo al azul

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Tengo grabado ese instante. Morfeo se sentaba en uno de esos sillones de piel que nuestros abuelos y abuelas solían tener en casa. Creo que sabéis de qué os hablo, esos orejeros, que casi te lanzaban a la siesta a media tarde, al abrigo de la radio o algún libro. A lo que iba, Morfeo, tras acabar su alegato frente a Neo, extiende sus dos manos y las abre, dejando ver dos pastillas: una roja y otra azul. Una metáfora del ensueño y la realidad que nos dejaba ver, de forma asombrosa, esa difícil decisión de dar un paso en pos de la dura realidad o quedarnos en la comodidad de la ignorancia más absoluta, como quién pone música para ignorar los disparos. Y a mi esto, me recuerda a Pep Guardiola.

Se me antoja ver a Pep en ese sillón orejero. Viendo esas dos pastillas: azul y roja. Delante de ese difícil reto de elegir una u otra. Como automáticamente, comienza a manar el sudor de su cabeza, resbalando por todas y cada una de las arrugas de su frente, esas que supuestamente le salieron, no del inexorable paso del tiempo sino de las penurias pasadas en su tiempo en el banquillo culé. La elección le consume. Se debate entre la complejidad de elegir entre solo dos opciones. La posibilidad de equivocarse es siempre la misma que de acertar e incluso Murphy nos dice que alguna más… El de Santpedor discurre.

Guardiola, entre dos aguas

Pep Guardiola imagina una vida en Manchester como imagina en su despacho el transcurso de los partidos. Las dos opciones le regalan ese horizonte pero la duda hace que le tiemble el pulso. Uno de sus ídolos, Ferguson, ya eligió en su día el “red” de los “devils” para ponerlos en la cima de todo. La ciudad de las acerías se tiñó en esos días del rojo fuerte del United y casi desterró como a Romeo a un City que no logró resurgir de sus cenizas hasta que el negro brillante del petróleo no hiciera que el celeste de su escudo asaltara la Premier League. Dos estilos y dos historias. Enfrentadas completamente. Historia y tradición frente a una gran fortuna y fichajes de renombre. Un rey de capa caída y un nuevo rico deslumbrante. Una ferviente enemistad creada en torno a la vuelta a un nivel parejo, con la ilusión de verse ambos en la cima de la Premier League, tras un año en el que el ilusionante y contundente Leicester consiguió mirarlos en el retrovisor durante toda la temporada.

 

El sudor sigue resbalando y mana de sus mejillas, llegando a su ya característica barba. Morfeo sigue esperando con las dos manos extendidas y las dos pastillas, iluminadas, como llamando a Guardiola, quien ha de elegir entre ellas. Y sigue imaginando. Y se tiñe del rojo de Old Trafford. Un estadio en el que en todos sus partidos conseguiría ese fervor que todo entrenador querría con los suyos y temería de los rivales. Un estadio antiguo, lleno de historias, con un currículum envidiable para ese césped verde bajo los focos del feudo de Manchester: los pases medidos de Beckham, los remates de Cantona, las estiradas de Van der Sar, las carreras de Giggs, la inteligencia de Charlton… todo aquello pasó por unos muros que no han de caer y entre los cuales, los pupilos de Guardiola podrían seguir sus enseñanzas con la soltura de quien sabe que quien vaya a disfrutar al campo, verá recompensado el desplazamiento. Un equipo que podría estar cortado a la medida del técnico catalán, con sobredosis de mediocampistas, jugando al toque, al ritmo de las canciones de la afición “red” y esperando el remate ante el arco rival. Con el Rooney más mediocampista, aprendiendo de uno de los mejores en esa posición. Con Martial sabiendo dónde y cuando esperar los balones de Mata o Herrera, con una defensa adelantada, sin miedo a ocupar espacios de mediocampistas, con bandas temibles, jugando rápido en el tapete de un Teatro de los Sueños que esta vez, no lo verá cumplir…

La mano de Josep Guardiola se acerca lentamente a la de Morfeo, y recoge y sostiene la pastilla azul unos segundos antes de que, con un movimiento rápido y cerrando los ojos, como no queriendo pensar más, se la lleva a la boca. Un movimiento que acaba cerrando debates, elecciones y apuestas y abriendo de par en par las puertas del Etihad Stadium, para dejar ver el césped en el que el técnico catalán pasará las próximas temporadas, tratando de imaginar un sueño y un partido en el que la evidencia no sea que debió pensar un rato más la pastilla que elegir ante Morfeo, en ese sillón orejero en el que la siesta podía llevarle a un buen o mal sueño, del que ahora, despierto, encamina sus pasos a otro asiento, a los pies de la ciudad de Manchester, la del lado celeste, la del equipo citizen, la de los petrodolares… la que espera que Pep Guardiola sea el elegido que los guíe hasta el sueño que tanto han esperado.

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