Fútbol Español

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‘Gracias por todo, Iker’

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Estimado Iker, hay pocas cosas más efímeras que la victoria y todavía me acuerdo de un entrenador que cada lunes nos repetía lo mismo: “Lo que hemos hecho este fin de semana no vale de nada para el próximo y en el fútbol, si sacas pecho, en el partido siguiente te lo hunden”. En tu caso, jamás escuché de tu boca nada parecido a un “soy el mejor guardameta del mundo” y aunque ahora pueda parecer impensable, muchos no dudaban en calificarte como tal. Ya ves que de poco vale el haber ganado una Champions siendo un imberbe, haber conquistado la ansiada décima o haber sido el primer jugador español en levantar la Copa del Mundo. La barra libre de comentarios y críticas de buena parte del periodismo deportivo, o lo que queda de él, sobre tu falta de profesionalidad rozan lo obsceno y aunque no soy madridista, siempre te he admirado como deportista y al fin y al cabo, como persona, que a menudo pensamos (me incluyo) que estáis hechos de una pasta distinta a la del resto de los terrenales.

Debo reconocer que hubo una época en la que no te podía ni ver. No sé muy bien la razón, la verdad, pero imagino que era por el hecho de verte como un muro sin ningún resquicio de debilidad por el que intentar comenzar a horadarte. Daba la sensación que en tu portería no entraba ni el aire y aquello, para los aficionados que esperábamos verte hincar la rodilla, era tremendamente desesperante. Con el tiempo comprendí que el aura de imbatibilidad que giraba en torno a tu figura podía llegar a ser muy placentera cuando te enfundabas la casaca del combinado nacional y empecé a envidiar a los afortunados que podían gozar de tus prestaciones sobrenaturales en cada jornada de la competición doméstica.

Gracias por ser uno de los primeros en sacar la bandera blanca cuando los clásicos se convirtieron en una batalla campal que dejaban tras de sí un buen reguero de víctimas. Por ser “un traidor” y llamar a Xavi Hernández para tratar de apaciguar los ánimos. Gracias por la majestuosa actuación ofrecida en la tanda de penaltis contra Italia en los cuartos de la Eurocopa de 2008. El penalti que le detuviste al centurión Daniele De Rossi es increíble. A veces, cuando estoy deprimido, me chuto una dosis de felicidad viendo de nuevo la plasticidad de aquella intervención. Gracias por ser amigo de lo imposible y por firmar paradas de ciencia-ficción como la del Sánchez-Pizjuán frente a Perotti. Gracias por disfrazarte de arcángel en tierras sudafricanas, por hacerme proferir un bramido defectuoso cuando le paraste el penalti a Cardozo (todos sabemos que si el paraguayo transformaba la pena máxima, España volvía, una vez más, a caer eliminada en cuartos de final), por alargar el pie derecho y salir vencedor de un agónico mano a mano contra Robben. Gracias por imponer el diapasón en el seno de una selección que fue de menos a más, por ser la voz de un grupo cojonudo.

Se marcha el ángel acunado en la Fábrica, el futbolista que parecía intocable en la Casa Blanca. Como toda leyenda, al final tu figura trascendió de las fronteras del Santiago Bernabéu, convirtiéndote en el portero de toda España. Tu imagen será para siempre una de las más gloriosas del fútbol español y en unos años, ten por seguro que en todas las tertulias se hablará de tus proezas. Gracias por elevar la sobriedad a su máximo exponente y por hacerme llorar de felicidad en una habitación de hotel de Finlandia un 11 de julio de 2010.

Pd: Una mayoría silenciosa te estaremos eternamente agradecidos.

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