Fútbol Español

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Gracias por hacerme amar el fútbol

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Disculpad si hoy he conectado con la nostalgia. Si pensando en esta pasión tan inconmensurable que compartimos, he retrocedido en el tiempo. Hacia aquella época en la que las camisetas iban por dentro del pantalón y los sistemas de juego eran tan distintos, sin tanta movilidad ni creación en el medio campo. Antes de que llegaran esos esféricos de última generación, con elementos evolutivos que dejaron atrás aquellos balones de numerosos hexágonos y, primeramente, a la pelota de cuero que cerraba sus costuras con cordón.

Previo a la regulación de infraestructuras de los estadios de la UEFA, que establece categorías para clasificar los domicilios del fútbol. A que la Quiniela perdiera ese protagonismo ante las apuestas al alcance de un clic, los viernes y los lunes ensancharan la jornada liguera y el fútbol se comprara a operadores de telefonía.

Todos los amantes de esta disciplina deportiva encontramos, en el sostén de esta inclinación al fútbol, un padre, madre, abuelos u otros, que nos transmitieron esa predilección. Los responsables de llevar el fútbol a nuestros hogares y hacernos crecer unidos a él, haciéndole dueño de nuestras emociones.

Padres que sacrificaron o invirtieron parte de su tiempo en todos aquellos viajes al terreno de juego los días de entrenamiento y partido. Figuras progenitoras que vivieron siempre aferradas al fútbol y nos entregaron el apego por el verde. O abuelos que disfrutaban explicándonos las batallas de añejos jugadores.

En aquel entonces se colocaban dos piedras para fijar una portería, y se hacían filigranas con un balón improvisado. Y en el mejor de los casos, se corrían las bandas por campos de tierra, donde era tan difícil controlar un balón tras la lluvia. Pantalones, desgastados y descoloridos, en los que se colocaban rodilleras por enésima vez, tras los encuentros que se disputaban en el recreo.

Con esas ramas de nuestro árbol genealógico, se establecía el diálogo de las últimas hazañas de esos futbolistas que nos enamoraban. Ellos compraron nuestra primera camiseta de aquel jugador que fue leyenda o que nos causó el dolor de abandonarnos para jugar en otro club. Nos llevaron a un estadio por primera vez y nos acompañaron en el viaje del fútbol hasta este punto del presente.

Disculpad si tomo la primera persona. Me acuerdo de no levantar dos palmos del suelo y encontrarme en una grada de hormigón. Todos esos domingos, persiguiendo el balón con la mirada, con bolsa de patatas incluida. Y en la vuelta a casa, la parada en el quiosco, cromos o vestidos de papel para muñecas. Fantásticas mañanas con final feliz. Algunas más que otras, dependiendo de si se perdieron puntos en el terreno de juego.

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Yo, no me preguntéis por qué, pero ante esos apellidos tan conocidos y que sonaban tan bien en clase, renegaba un poco del mío. Aquél, que justamente me había dado mi padre en el libro de familia. Hasta que Don Joaquín Caparrós me cambió ese poco cariño por orgullo.

A diferencia de muchos, mi padre y yo somos rivales. Y directos. Conseguimos no tirarnos de los pelos, y amar el fútbol juntos de forma paralela.

Podría resumir esa convivencia con tres instantáneas que sólo están impresas en la memoria. Festejar esa primera Copa de Europa, sin su presencia y a sabiendas de su fastidio. Ese pasillo al equipo rival, que aún queriendo no tener una postura fanática, te ocasionaba ese malestar y tenías que asumir y acatar con la sonrisa de satisfacción del vecino. En este caso, la de mi padre. Y el recuerdo de su consuelo ante algunas eliminaciones en las que las lágrimas y el disgusto me acompañaban a la cama. Ante tantos desacuerdos deportivos, la reconciliación, el respeto y el aliento de un padre para regresar a la calma.

Ahora, la edad ya no le acompaña para ir al campo del equipo del barrio, que juega en Tercera División. Cada vez que le visito, sin perder esa tradición, sigue pegado al periódico deportivo, y entablamos como siempre una conversación sobre los últimos acontecimientos en el fútbol.

Disculpad también por hablaros de alguien a quien no conocéis. Sin embargo, seguro que podéis ver reflejados a vuestros guías de un camino en el que el balón es el intérprete principal. Recordar con ellos esas emisiones de televisor sin HD, los viajes en coche con la retransmisión de los partidos de las cinco de la tarde por la radio, y la mítica canción ‘Me gusta el fútbol’ de Canal +. Documentales mundialistas, de Maradona o de la escuela holandesa. Así como todas esas gestas de vuestro equipo. Esos goles y la euforia en su máxima expresión. Abrazos y felicitaciones compartidas. Alabanzas sobre los muros más sólidos, la magia más fantasiosa y las ejecuciones más impecables. Quizás también ascensos y descensos. Momentos de esperanza y de sueños no cumplidos. Victorias y derrotas que no podrán borrarse de vuestra retentiva.

Que estas líneas ejerzan para homenajear a todas las personas que han sido los maestros de aquello que nosotros sentimos como forma de vida. Gracias por descubrirnos este sentimiento.

Los días de fútbol amanecen distintos. Las noches, tras partidos, lucen con una luna especial. Es un amor sin medidas, al que te entregas sin esperar nada a cambio. Una especie de religión de la que somos fieles practicantes. El fútbol, al contrario que nosotros, parece que rejuvenece con el paso de los años. Es muy diverso del que era, pero sigue conservando esa naturaleza que se asocia a nuestras emociones. Nos vamos acoplando, con algunas protestas en voz baja, a todos esos cambios de un gran negocio que se hace gigante con el eje del balón. Cumpliendo con una promesa, la del amor eterno.

Gracias, papá, por hacerme amar el fútbol. Y gracias, fútbol, por guardar en ti tantos recuerdos de los dos.

Foto principal: Bronski Beat

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