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Grabowski, una especie en extinción

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El fútbol se ha convertido en una cosa muy rara en la que nadie juega de nada y todos juegan de todo. Hubo una época en la que todo lo complicado del fútbol no solo lo llevaban a los campos jugadores diferentes que podían descomponer el partido con jugadas de calidad que hicieran a cada espectador levantarse de sus asientos. En el fútbol de los setenta, la sorpresa ante estas situaciones era más grata cuando aparecían esa clase de jugadores que rompían con lo lógico, y a la vez, reivindicaban ese juego de banda y centro que definía tan a la perfección el ‘football’ inglés hasta hace bien poco. Para romper con esa tendencia, eran vitales jugadores que conseguían aunar la solidez y eficacia del estilo clásico con la sorpresa de la calidad y la velocidad. A pesar de que las miradas de todo aquel que viera partidos de la época persiguieran a Johann, Franz o Gerd, lo que está claro, es que fue gracias a jugadores como Jürgen Grabowski que el fútbol de los setenta fuera lo que fue…

Un extremo con alergia a los focos

Nacido apenas un año antes de finalizar la Segunda Guerra Mundial en la pequeña localidad de Wiesbaden, Jürgen Grabowski llegó al mundo en julio de 1944 para poner patas arriba la banda derecha del fútbol alemán de los años setenta. En una época en la que quedan pocos locos que resisten la tentación a ser firmados por grandes clubes europeos, figuras como la de Grabowski nos hacen valorar más aquello que llamamos “one club men”. Este extremo derecho con capacidad para cambiarse de banda e incluso ocupar el espacio ofensivo tras el ariete, jugó toda su carrera en el Eintracht de Frankfurt, desde 1965, hasta su retiro en 1980.

Su capacidad para servir al juego del equipo y a la vez destacar individualmente, lo hizo una pieza indispensable del gran Eintracht de los sesenta y setenta y en el 74, jugador clave en la banda derecha de la Alemania campeona del mundo. Su juego destaca en muchas facetas, a pesar de que jamás fue un futbolista indiscutible, ni siquiera en su propio club. En el Eintracht vivió como líder del grupo compartiendo la fama e incluso cediendo e trono a jugadores como Nickel o Hölzenbein, extremos de calidad que compartieron focos en uno de los ciclos más gloriosos del equipo de Frankfurt. Ese rol de secundario a veces disimulaba la increíble calidad que atesoraba el jugador de Wiesbaden. Con una velocidad endiablada, que conseguía romper cinturas y defensas, el futbolista germano conseguía distraer la estrategia de os rivales y descomponer su rigor defensivo. Con una capacidad de regate espectacular y un disparo, como el que realiza ante el Bayern de Múnich en un mítico seis a cero en Frankfurt, capaz de sorprender desde la lejanía, el talento de Grabowski era más que necesario para los triunfos de su club.

(GERMANY OUT) football, DFB Cup, 1974/1975, final, Niedersachsen Stadium in Hanover, Eintracht Frankfurt versus MSV Duisburg 1:0, scene of the match, Juergen Grabowski (Eintracht) at the ball and Ronald Worm (MSV)  (Photo by Werner OTTO/ullstein bild via Getty Images)

En Alemania su posición era incluso más necesaria por la capacidad del delantero centro titular, Gerd Müller, para rematar absolutamente todos los balones que llegaban al área. A pesar de que el mítico ’13’ germano no era solo un rematador nato (que también), su juego de continuo movimiento y apoyo a las bandas y al mediocampo alemán beneficiaba la subida y las paredes de los extremos e incluso de los laterales, muy al estilo del actual juego ofensivo desempeñado por muchos clubes, con laterales muy ofensivos y extremos venidos al interior. Ese fútbol de alta capacidad y relación entre las posiciones del ataque beneficiaba el talento de un Grabowski que, más liberado, podía realizar mejores regates y jugadas para el combinado teutón. En 1974, y tras haber disputado otros dos mundiales anteriores (en 1966 y en 1970), Jürgen Grabowski ganó el Mundial de 1974 con Alemania jugando seis partidos y llegando a marcar un tanto, frente a Suecia, en segunda ronda.

El precedente de un estilo conocido

El juego actual se cimenta en unos años setenta que aprendieron a combatir contra el dogma físico que hasta entonces había imperado en el fútbol sudamericano. El rigor táctico y el avance físico de los combinados europeos comenzaron en los setenta a ser un hecho, desterrando los complejos y poniendo el índice a una historia que desde aquellos años, no ha puesto un punto final al dominio europeo del fútbol mundial. La capacidad del balompié europeo nace en parte en ese Mundial de 1974, que ve cómo el Brasil del 70 se ha evaporado y al que no le vale solo el talento. Con este Mundial, se aprende a justificar el entrenamiento físico y la estrategia frente a la pura y dura calidad que imperaba en los más altos niveles del fútbol precedente. Un fútbol comparable en lo físico pero más ordenado y sin las prisas imperantes en los locos años cincuenta y sesenta, con delanteras de cinco y seis jugadores, llegaba para quedarse en nuestros campos de fútbol. Todos imitaron, como aún sigue sucediendo, a los finalistas y ganadores del Mundial de Alemania e impusieron ese estilo a sus escuelas e idearios particulares. Era el comienzo del fútbol moderno y el comienzo del fin de los mitos como Jürgen…

Jugador ganador de dos DFB Pokal germanas (1974 y 1975) y un Mundial de fútbol en 1974, además de ser partícipe en 1980 de la victoria del Eintracht en la Copa de la UEFA frente al también germano Borussia M’gladbach. Un mito del futbol alemán a veces oculto tras las tremendas sombras de otros ilustres alemanes como Netzer, Müller o el mismísimo Beckenbauer. Esa sombra, en la que Grabowski vivía mejor de lo que muchos hoy, con su calidad, harían.

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