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Un millón de saques hasta tocar el cielo

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Nunca ganará Wimbledon. No se atreve a subir a la red y se limita a pasar bolas esperando el fallo del rival. Con este patrón de juego, nunca será campeón aquí“. Esto afirmaba Gilles Muller en 2005 sobre Rafa Nadal, tras derrotar al balear en la segunda ronda del torneo. Entonces el español tenía 19 años y acaba de ganar el primero de sus diez Roland Garros. Esta valiente -aunque nada descabellada- afirmación de Muller quedó obsoleta apenas tres años después, cuando Nadal consiguió destronar a Roger Federer en el considerado por unanimidad el partido más grande de todos los tiempos.

Doce años después, un Muller algo más respetuoso con Nadal -“no le robaría ningún golpe, sino sus piernas”, afirmaba en la previa del partido de ayer- volvió a derrotar al actual número 2 del mundo, en un partido que pasará a la historia por su ajustado marcador (15-13 en el quinto set), por conseguir derrotar a Nadal en su hábitat natural -los finales ajustados-, y por lograr la mejor victoria de su carrera deportiva. O así lo ha catalogado el luxemburgués, actual nº26 del mundo y sin grandes éxitos en su trayectoria profesional. Porque realmente, ¿quién es Gilles Muller?

Nació en 1983, en Luxemburgo, y tuvo una trayectoria muy exitosa en su etapa júnior. Ya en esta etapa se consagró como sacador puro, zurdo, y que recordaba, en cierta medida, a Goran Ivanisevic. Por entonces, la homogeneidad de las pistas era mucho menor que en la actualidad y su pulido saque le hacía ser temible en las pistas ultrarápidas de principios del siglo XXI. En 2001, su mejor año como júnior, fue finalista de Wimbledon, perdiendo con Romano Valent -un jugador suizo que nunca llegó a estar entre los 300 mejores como profesional- y ganó meses después el US Open, acabando la temporada como mejor jugador júnior. Un catálogo, el de nº1 júnior, que en los últimos 20 años han ocupado grandes nombres como los de Federer, Roddick, Monfils, Wawrinka o Murray, pero también tenistas que nunca han llegado a nada.

Su llegada al profesionalismo redujo mucho las expectativas generadas con respecto a su figura. Salvo su mencionada victoria ante Nadal en Wimbledon’2005 y otra sorpresa ante Roddick en el US Open de ese mismo año, su presencia fue reducida en la primera división del tenis mundial, consiguiendo varios títulos de categoría Challenger entre 2004 y 2005, y jugando sus dos primeras finales ATP, perdidas ante Hewitt en Washington’2004 y ante Agassi en Los Ángeles’2005. El tenis había cambiado mucho desde su etapa júnior y el saque-volea era cada vez menos eficaz en unas pistas cada vez más lentas.

2008 fue el año en el que logró el primero de sus éxitos. Fue en el US Open, y partiendo desde el puesto 130 de la ATP. Logró superar la previa y batir, ya en el cuadro principal, a jugadores como Haas, Almagro y Davydenko, hasta caer en cuartos de final ante el posterior campeón Federer. Esta presencia en la segunda semana de un major debía servirle como espaldarazo para auparse a la zona noble del tenis mundial, pero entró en una crisis de lesiones de la que no salió realmente hasta 2014, una vez pasada la treintena. “Con mi lesión en el codo, pensé que nunca volvería a jugar a tenis de forma regular”, admitía ayer en una emotiva rueda de prensa. “Fui capaz de trabajar duro y volver en mi mejor momento físico de siempre”. En este periodo de dolencias físicas, estuvo cerca de ganar su primer título, pero perdió su tercera final en Atlanta’2012 ante Roddick.

Fue en 2014 cuando se instauró, de forma constante, en el top-50 del circuito, logrando cierta regularidad en 2015 y volviendo a jugar una final en 2016. Esta vez, sobre hierba, y ante otro gran sacador como Karlovic. Fue en Newport, y desperdició algunas pelotas de partido, en lo que parecía el adiós a las opciones de Muller de conseguir algún título profesional en su carrera. Tenía por entonces ya 33 años y sus opciones se iban agotando. Pero el año siguiente, 2017, le iba a regalar el mejor curso de su carrera profesional, un año soñado.

Arrancó el año como un tiro, alcanzando en enero su sexta final ATP, en Sidney, y aprovechando la oportunidad, derrotando a Evans para alzar su primer trofeo profesional.  Este éxito le dio una confianza extra que le hizo jugar una final en tierra batida, algo impensable para un sacador como él, y sumar otro título más, en Hertongenbosch, justo de disputar esta edición de Wimbledon, en la que volvió a derrotar, doce años después, a Nadal. Esta vez de una manera más épica, con el español jugándose sus opciones de ser número 1 y en un final taquicárdico. “Estoy en un momento de confianza personal que nunca antes había experimentado“, señala Muller.

El caso de Muller es el de un trabajador nato. Necesitó más de una década para sumar su ansiado primer trofeo, y parece que desde entonces se ha desmelenado. Un tenista metódico con un patrón de juego repetitivo pero ciertamente eficaz y que le ha acompañado durante toda su carrera deportiva, en una era en la que tenistas como él, que se mantienen fieles al saque-volea, están en grave peligro de extinción. Probablemente se pueda afirmar con mayor seguridad que su predicción de 2005 que Muller nunca ganará Wimbledon, y que probablemente su sueño acabe mañana ante el mejor Cilic de siempre, pero Gilles ya sabe lo que es tocar el cielo. Ganar a Nadal, a este Nadal, sabe mejor que ese primer título que tantos años le costó lograr.

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