Fútbol italiano

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Gigi Meroni, una historia de amor y libertad

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La historia de Gigi Meroni es una historia de amor. De amor por su madre, que les sacó adelante a él y a sus hermanos tras la temprana muerte de su padre en la provinciana ciudad de Como; amor por el fútbol, pensado y creado para gozar y no para sufrir; amor por Cristiana, su pareja e inspiración, contra cualquier obstáculo, fuera la distancia o las convenciones morales de la época; y por supuesto, amor por la propia libertad. La ‘farfalla granata‘, la mariposa, siempre voló libre hasta su trágico final.

En el campo parroquial del oratorio de San Bartolomeo dio Gigi sus primeras patadas a un balón. Allí se formó también su excepcional habilidad para el dribbling, como instinto de supervivencia para alguien como él que vivió pegado a la línea de cal, por culpa del murete de medio metro que rodeaba el terreno de juego, y que había que evitar para no dejarse las rodillas en él. Mientras sus regates hacían las delicias del respetable en el pequeño campo, también realizaba pequeños trabajos -como diseñador de corbatas- para ayudar a su familia. Y vino el Inter, a quien la madre, la señora Rosa, rechazó por no poder ir dos veces a la semana a entrenar a Milán. Sí la convenció el equipo local, el Como, a cambio de pagarle un pequeño sueldo mensual.

Gigi debutó en Serie B el 14 de mayo de 1961, cumplidos los 18 años, con la camiseta del Como contra el Napoli, dejando una asistencia y alguna discreta muestra de su calidad, señalado como Meroni II, puesto que su hermano mayor, Celestino, también estaba en la plantilla. El Genoa, recién retornado a la máxima categoría, se fijaría en él en el verano de 1962 y dos años más tarde, el Torino, por fin en reconstrucción tras el desastre de Superga, pagaría 300 millones de liras. Una cifra escandalosa para un jugador de solo 21 años, instado por el mítico técnico Nereo Rocco, que ya había dado la primera Copa de Europa al Milan poco antes.

Lógicamente, Meroni ya había comenzado a mostrar sus desorbitadas cualidades sobre el campo, que explotarían definitivamente en el Torino. Sus movimientos con el balón, entre elegante toreo y clásico baile de salón, regate, parada, recorte, carrera, pisada y dribbling, seco y letal, acariciando el esférico hacia dentro o hacia fuera, desde la línea de banda, pegada a las gradas, hasta el balcón del área, amenazado el portero. Cuando la jugada era más importante que el gol, el disfrute de tifosi y compañeros, no así de sus rivales defensores, que terminaban persiguiendo una camiseta granata con el número 7 destacado. El artista encerrado en el cuerpo de un futbolista.

Uno de sus últimos goles fue también uno de los mejores, perfecta síntesis de sus delirantes habilidades. En San Siro, marzo de 1967, contra el Inter de Helenio Herrera, tres años invicto en casa, uno de los mejores equipos de Europa. En un escenario así, Gigi atrapa un balón en el área. Enfrente, Giacinto Facchetti, defensor histórico, de estilizada figura, un mundo más alto y más fuerte que el frágil Meroni. No importa. El 7 deja el balón atrás, a la altura de la esquina del área pequeña, lo deja rodar de nuevo hacia él. Ya sabe dónde va a colocarlo. Una trayectoria y ángulo imposible, para superar por el flanco a Facchetti, que se queda con los brazos en jarra, anonadado, y por la escuadra al meta Sarti, que solo puede mirar. Mágico.

Luigi Meroni obsevando el mar

Luigi Meroni

Pero la superlativa figura de Meroni en el terreno de juego es solo la superficie. Gigi fue el símbolo futbolístico de una época de rebeldía, de subversión contra las convenciones morales y sociales establecidas, de movimientos juveniles, de nueva música, nueva cultura, del desenfado, de la búsqueda de la libertad de la segunda mitad de la década de los ’60. Capaz de tener a una gallina como mascota o diseñarse sus propios trajes, siempre llamativos y fuera de lo normal. Una actitud ante la vida que se reproducía sobre el campo. O viceversa.

Su pelo lacio, largo, alborotado era una de sus señas de identidad, muchas veces acompañado por descuidados bigotes y barbas. Demasiado para técnicos de la vieja escuela autoritaria -hacía escuchar a sus jugadores marchas militares al despertar- como Edmondo Fabbri, seleccionador entonces. Cuando fue convocado por la Nazionale italiana, Fabbri obligó a Meroni cortarse el pelo para poder jugar en su equipo, en el que pedía pulcritud máxima en el aspecto. Aceptó a regañadientes. Ambos estarían presentes en el desastre italiano del Mundial de Inglaterra en 1966, en el que Meroni jugó solo el segundo partido contra los bigardos de la Unión Soviética, pero inexplicablemente no lo hizo en la humillación ante Corea del Norte, culminada con el todavía doloroso gol de Pak Doo Ik. Gigi nunca volvió a vestir la azzurra.

No se puede hablar de Gigi Meroni sin hablar de su amada Cristiana, a la que conoció, ambos jóvenes, en un bar de Génova. Ella, hija de feriantes, nómadas por naturaleza, atracción del puesto de la escopeta gracias a su inusual belleza, cuyo origen se perdía entre las nieblas del este de Europa. Entonces, invierno de 1962, el Luna Park pasaba por la ciudad portuaria con motivo de las fiestas navideñas, aunque habitualmente se encontraba en Milán. Gigi hacía todo lo posible para estar con ella, fuera viajar a escondidas para visitarla de una ciudad a otra, ayudado y encubierto por su fiel amigo y compañero en el Toro Fabrizio Poletti; o pactar con su entrenador el fingir una lesión para no ir convocado con la Nazionale B a cambio de anotar dos goles y así poder visitar a Cristiana. Posiblemente, su influjo le hacía ser mejor sobre el campo.

Cristiana, obligada por su madre, tomó matrimonio con un ayudante de dirección de la película Boccaccio 70, que protagonizada por Sofia Loren rodó algunas escenas en la feria. Lógicamente, la cosa no funcionó y volvió con Gigi. Ambos se fueron a vivir a un ático en Turín, algo que en un personaje público nunca fue aceptado -ella seguía estando casada, el divorcio no era legal aunque solicitó la nulidad ante la Iglesia- por una sociedad conservadora y católica. Cristiana fue la inspiración del futbolista, quien potenció su lado más artístico: los diseños de ropa, el aspecto peculiar, esas gafas de sol caídas de aviador, o la pintura. Como ese retrato de Cristiana al que Gigi nunca se atrevió a dibujar los ojos, ante la imposibilidad de reproducir su perfección.

Era 15 de octubre de 1967. Gigi Meroni marchaba camino de su apogeo como futbolista e icono, todavía sin cumplir los 25 años. El avvocato Agnelli, dueño de la Juventus y enamorado de su juego, había puesto 750 millones encima de la mesa el verano anterior, aunque luego quedó todo cancelado -o aplazado hasta el siguiente año-. El Torino había ganado a la Sampdoria y, como después de cada partido en casa, el equipo se concentró por la tarde, bajo el mando del mismo Edmondo Fabbri, para cenar todos juntos. Luego les libera, Meroni se marcha junto a Poletti, inseparable hasta el final. Cristiana no está en casa, él no tiene llaves. Cruza la calle para llamarla desde un bar en la acera de enfrente. Habla con ella. Cruza de vuelta y todo acaba de golpe. La farfalla dejó de volar.

Tras el multitudinario sepelio, vino el epílogo. El siguiente partido era el derby contra la Juventus y Nestor Combin, el fortísimo delantero franco-argentino, tenía una deuda pendiente. Formaba una formidable y complementaria pareja de ataque con Meroni, y se habían prometido conseguir el triunfo en este partido. Gigi nunca había ganado a la Juve y Combin le ofreció la victoria. Conducido por una fuerza inusitada, anotó un espectacular hat-trick que dejó de piedra a todos: de falta, de brutal tiro lejano por la escuadra y con un disparo raso. El cuarto gol fue obra de Alberto Carelli, que vestía la camiseta granata con el dorsal 7. El 7 de Gigi Meroni. Un homenaje a la altura.

Ese día se había ido un símbolo. Nació una leyenda. Gigi Meroni.

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