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Giannis, el futuro que no espera

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PASADO

Todo comenzó en 1991. Carlos y Verónica se buscaban la vida como podían en Sepolia. Atrás habían dejado sus carreras como futbolista y saltadora de altura para dedicarse a tareas de mantenimiento o hacer de niñera. Llegaron para, siendo menos importantes, tener un futuro digno. Con el miedo a ser deportados todos los días, se mezclaban con otros inmigrantes indocumentados blancos en un mundo donde tu color de piel te hace más o menos sospechoso. Con cada desalojo, un nuevo apartamento que compartir. Habitaciones pequeñas, sueños prohibidos… En diciembre de 1994 el alumbramiento de un nuevo vástago para aumentar una familia que alcanzaría los siete miembros años más tarde. Cuatro nacidos en un país de acogida que no lo fue tanto, un estado que no les concedía la nacionalidad. De niños, los descendientes de aquellos inmigrantes, revendían relojes, gafas de sol o radios para ayudar a alimentar a la familia. El deporte entró en su vida de rebote, como vía de escape en un barrio donde las drogas estaban siempre presentes. Carlos no quería ver a los pequeños acercarse al precipicio. Una vieja pelota de fútbol, y una llanta de coche abandonada a modo de aro de baloncesto, sería el comienzo.

A los 13 años, un empleado del Filathlitikos, equipo local, tropieza con un muchacho sin papeles del que piensa que puede llegar a algo, y de rebote comprueba que un hermano suyo, mayor, también parece tener habilidades para el juego. Poco más. Los chicos debían seguir buscándose la vida como podían, así que inicialmente dudaron de la oferta de un Spiros Vellinatis que mantuvo su interés, e insistía. La solución a modo de trato: un trabajo para alguno de sus padres y ellos darían el sí. 500 euros al mes, y algo extra del bolsillo del propio entrenador fue suficiente razón de peso. Thanasis y Giannis, compartiendo zapatillas, y un balón naranja a modo de visa para un sueño, que diría el cantante.

El pequeño tardó poco en sobresalir. Giannis era una esponja, y lo que no le enseñaban sus entrenadores, lo aprendía de compañeros de equipo más experimentados. Años jugando al fútbol le habían dado movimientos extra. Cumplidos los 16 ya tenía agentes, que se encargaron de enviar vídeos a universidades que no mostraron interés alguno. Entretanto, él seguía haciendo lo que estaba en su mano, mientras crecían a la par su juego y su cuerpo. Y John Hammond, general manager de Milwaukee Bucks, decidió volar a Europa en 2013, poco después de que el CAI Zaragoza, de la mano de Willy Vilar, le firmase en diciembre de 2012 por cuatro años tras ver unos vídeos y organizar un par de entrenamientos…

Un contrato de seis cifras que en el pasado resultaba irreal llegado desde la Península Ibérica, de pronto era insuficiente para retenerlo en el viejo continente. Jamás jugaría en España. Hammond incluso se sorprendió cuando, alcanzada la elección número 15 del draft de 2013, la de su franquicia, Giannis seguía disponible. No desaprovechó el pick. Al contrario que para sus colegas que escogían antes, él no tenía dudas.

Y atrás quedaron 20 años sin papeles de un matrimonio que vino de Nigeria, y encontró un mejor porvenir ya en sus 50, de la mano de un muchacho de ninguna parte; su hijo. La nacionalidad griega tocaba a las puertas de los héroes. Un mundo mejor en el horizonte. La resistencia de intolerantes, liderados por la cabeza visible de Amanecer Dorado, quien mantiene que en su día debió ser deportado, es de pronto agua pasada. Y, aunque el racismo ha brotado en algunos estamentos helenos, complicando la vida de otros que no han corrido tal suerte, la de Antetokounmpo es una lucha que sirve de inspiración. Milwaukee, en el estado de Wisconsin, se convierte en la residencia de Giannis. Desde entonces vive en una casa de tres pisos situada en el mismo complejo que la de sus padres. Echando la vista atrás, piensa en donde estaba no hace tanto, y cuál es su lugar hoy. Y se reconoce capaz de sostener económicamente no solo a sus padres, sino a sus hijos, nietos, o nietos de sus nietos.

Pero todo esto, la historia de superación, ya la conocíamos…

Como también sabemos que las dos primeras temporadas en la NBA son de aprendizaje para “The Greek Freak”, apodo con el que empieza a conocérsele. Y sabemos que Jason Kidd, segundo entrenador que conoció en Estados Unidos, y con el que lleva tres años trabajando, se imaginó un mundo con el griego como base. Inspirándose en figuras como Scottie Pippen, Lamar Odom o el LeBron James point-forward, fue más lejos al darle el timón de la nave esperando llegar un poco más allá de lo logrado en 2015, cuando superaron el 50% de victorias y entraron en playoffs. Y, pese a que en la segunda mitad de la temporada 2015-16, tras el All Star, los números de Giannis se dispararon hasta los 18.8 puntos, 7.2 asistencias y 8.6 rebotes, los Bucks fracasaron estrepitosamente y su ascenso a la élite se vio truncado.

Pasado. Todo pasado.

Thanassis y Giannis | Getty

PRESENTE

En septiembre de 2016 los Bucks deciden renovar a Giannis. Le dan 100 millones de dólares por cuatro años. A algunos entendidos les pareció un contrato desproporcionado. Otros, en cambio, conscientes de los nuevos márgenes salariales de la propia liga, creen que es una ganga. Por lo visto en los últimos meses, diríamos que los segundos estaban en lo cierto. La estadística avanzada nos revela que la producción de Antetokounmpo ha aumentado en torno al 30% promediando un minuto menos de tiempo de juego. De locos. Teniendo en cuenta su capacidad y su condición atlética, no sorprende que esté entre los 20 mejores anotadores y reboteadores del campeonato. Una mejoría que, no por excelsa, deja de ser esperada. Además, su progresión defensiva lo sitúa como uno de los baloncestistas más completos a ambos lados de la cancha. Se codea con los cinco o seis primeros tanto en robos de balón como en tapones. Desde 2004 (Andrei Kirilenko), ningún jugador ha sido capaz de promediar dos unidades en ambas categorías, algo que Giannis parece tener a su alcance. Y, pese a que la llegada de Matthew Dellavedova para ocupar la posición de 1 lo haya desplazado a una más natural como es la de alero, el ‘34’ lidera en asistencias a su equipo. De hecho, lo hace en todos los apartados anteriormente mencionados.

La versatilidad del griego le permite además ocuparse de defender al mejor jugador de ataque del equipo contrario (salvo que se trate de un pívot de los llamados dominantes). En un baloncesto que evoluciona constantemente hacia el jugador capaz de hacer de todo, Giannis es un aventajado. Los bases altos, los siete pies que son amenazas desde el triple… Se les advierten limitaciones. King James aparte, y mientras esperamos por Ben Simmons, Antetokounmpo es lo más próximo al baloncestista total.

El impacto en el juego de su equipo es enorme, mejorando a sus compañeros, beneficiados de la buena lectura del heleno cuando recibe ayudas. No es un tirador, pero con confianza o tiempo para armar el brazo, se convierte en amenaza cuando está abierto, y si encara el aro, su condición atlética y sus largos brazos le dan ventaja ante un solo defensor. La gran progresión de Jabari Parker, la otra joven joya del equipo, alivia en parte la carga, y hacen de los Bucks un caballo ganador a largo plazo.

Pero Giannis es especial no solo por su talento, o por gozar de un físico sin igual al cual no hemos hecho referencia en este artículo porque, aún siendo un tema recurrente, daría para hablar largo y tendido. Es especial también por su gran ética de trabajo. En su año rookie, un asistente de los Bucks le dijo a su agente que el chico no estaba trabajando lo suficientemente duro. Cuando este se lo contó, el muchacho rompió a llorar: “Puede decir que no estoy jugando bien, que me estoy equivocando, que no estoy acertado. Pero no puedo aceptar que digan eso, no puedo aceptarlo”. Este verano, Antetokounmpo ha trabajado en dobles sesiones diarias de dos horas y media en el Walter Pyramid de Long Beach State para seguir progresando. Y con el curso en marcha, no puede parar sus rutinas. En ocasiones, cuando tiene día libre, asiste a la cancha a seguir practicando. “Si estoy bien, estoy bien. No necesito parar”. Jason Terry, compañero y auténtico veterano de la NBA lo mira y añade: “Pronto va a ser prácticamente imposible de defender”. En diciembre los Bucks gozaron de dos días seguidos de parón, que coincidieron con fechas navideñas. Al despedirse tras la última práctica, Tony Snell se dirige al joven: “No pises la cancha, ni el gimnasio. Mantente fuera estos días”. La respuesta, encogiéndose de hombros: “No sé…”.

La franquicia es afortunada. Por el talento, por la voluntad, pero también por lo bien que ha encajado el joven en la ciudad: “Me encanta Milwaukee. Pienso estar aquí veinte años. Voy a pasar tanto tiempo que se van a hartar de verme”. Giannis Antetokounmpo solo tiene 22 años. Ha trabajado duro para sobrevivir. Ha trabajado duro para llegar a donde está. Y no me cabe duda de que seguirá trabajando duro. Porque lo lleva grabado a fuego. El esfuerzo, el sacrificio. Y además, tiene las condiciones. “The Greek Freak”, el mañana que no espera.

FUTURO

(Este espacio está por escribir…)

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