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Gerard Piqué y el aficionado 2.0

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¿Quiénes decidieron mezclar negativamente las ideologías políticas con el deporte? ¿Quiénes pretendieron derrumbar la armonía de las buenas cosas para generar disputas? El deporte ha sido un gran recurso para fomentar la paz en el mundo. Lo ha hecho en la Tregua Olímpica, con su implicación por el fin del apartheid, o siendo el canal para nuevas comunicaciones entre países con conflictos políticos.

Así como el manifiesto de la mujer por una igualdad, que en su participación y reconocimiento, lamentablemente todavía no se ha logrado de manera total y efectiva. Nelson Mandela también apostó por ello, quién a través del rugby consiguió unificar a Sudáfrica, demostrando el poder del deporte para unir a las personas.

La revolución tecnológica de Internet ha dado paso al aficionado 2.0, aquel que dispone de un abanico más amplio para decidir qué información consumir y difundir, así como ser creador de propios contenidos. Y éste es peligroso. Porque anda suelto, y del mismo modo puede crear una red interminable con un mensaje beneficioso para el alma, como convertir en viral el disparo que ejecuta a bocajarro, sin el ajuste de precisión.
Tiene dos caras, y en el fútbol, también reina con ambos rostros.

¿Qué coherencia puede hallarse en que la afición de una selección pueda tomar las riendas sobre el final de un contrato profesional?

A mí, personalmente, que un profesional del fútbol deba entregar las mangas de su camiseta para justificarse me parece vergonzoso. Esta aglomeración de cabezas pensantes, con su patria por delante, pretende ser un país ejemplar con acciones de este tipo. Pues permitan que les diga que en diferentes lugares del globo terráqueo se están desternillando de la rojigualda y su nuevo capítulo. Que una federación tenga que publicar un comunicado en relación a una polémica, generada por el remate de los colores nacionales en una camiseta, es algo ejemplar por ofrecer apoyo al jugador y, a la misma vez bochornoso, por mostrar como un organismo se baja los pantalones para dar explicaciones a ese gentío, que se unió a la fiesta de la protesta de aquellos que tienen a Gerard en el punto de mira.

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Lo extraño de todo esto es que Gerard Piqué no hiciera un corte de mangas antes, mucho antes. Porque los pitos en el terreno de juego suelen ir acompañados de la exigencia futbolística de la afición. Que sea por otros temas es, ni más ni menos, llamativo. Puede gustar más o menos su carácter. Pueden molestar sus gamberradas, sus travesuras y salidas de tono. Su impulsividad y su forma de diferenciarse con lo establecido. Y probablemente habrá cometido errores en un escenario en el que es fácil ser dictaminado. Pero no es equitativo juzgar solamente al vecino que no deseas encontrarte en el ascensor. Ni recriminar sus ideologías y su postura de defensa ante un acto democrático y un derecho, para que ello sea causa de poner en duda su compromiso con ‘La Roja’. Porque les invito a reflexionar respecto a si otros jugadores sienten ese amor patrio por la bandera y si importa tanto. Y pondré un ejemplo con Diego Costa. Un hombre brasileño que decide dar el sí a la Selección Española. Probablemente las mismas mentes visualicen que reniega de su cuna, pero en este caso sí es óptimo poder elegir, siempre y cuando se escoja nuestro hogar.

Ante tal circunstancia, es evidente que Costa sentirá la bandera española con un querer distinto. Y es que el amor entiende de maneras. Es así de sencillo, cualquiera puede amarla, apreciarla, o no identificarse con tanto ímpetu con la tela sujeta en el asta. ¿Por qué es sustancial y obligatorio tener un sentimiento tan férreo? Y más conveniente, ¿Por qué se confunde ese sentimiento con la responsabilidad que se ejerce en el terreno de juego?

Para movernos en la misma casa azulgrana de Piqué, su compañero Rakitic tiene un obvio sentir sevillista. Un individuo que sigue emocionándose al pisar el Sánchez Pizjuan, al que ya vimos marchándose al vestuario únicamente con el pantalón, regalando el resto de su vestimenta. Un croata con un peculiar acento andaluz, con una esposa y una hija nacidas en Sevilla, lugar que aconteció su enlace. Y con un paladar propio de la comunidad autónoma que elije el salmorejo como plato favorito, aunque otros dicen que la crema catalana lo ha desbancado.
Sentimientos sevillistas, compromiso culé.

Al fin y al cabo, Piqué ha sido un profesional como la copa de un pino. Le delatan sus 85 encuentros, su rendimiento, sus cinco goles y como se dejó la cara en ese Mundial de Sudáfrica, que hizo feliz a tantas personas y que, a día de hoy, parecen no incluirle en el agradecimiento.

Gerard no entiende al catalán que no desea que gane la selección, ha vestido a su hijo con la equipación de ‘La Roja’, pero ni siquiera el gol ante la República Checa, cuando el reloj apretaba, logró apagar el fuego. El aficionado 2.0, que consume aquello que le provoca morbo de manera incontrolada, estaba dispuesto a avivar las llamas. Ha cambiado las cervezas y el infinito abrazo, con esa expresión álgida que provocan los tantos, por aposentarse con unas palomitas a la espera de un filme de terror. Para vomitar en Twitter, red anfitriona en el minuto a minuto de los eventos deportivos, cualquier ocurrencia que carece de escrúpulos en sus consecuencias.

Y ha ganado su batalla, satisfecho. Acogiéndose a escusas si el remordimiento aprieta un poquito. Sí, solamente un poquito.

Probablemente serán los mismos que llamaban “topo” a Casillas por conciliarse con Xavi. Los mismos que siguen persiguiendo cada movimiento que hace, aunque sea en Oporto.

Estos días se han podido leer al respecto titulares, artículos y caracteres que tiñen el TL. Hemos visto como le han pintado la cara a profesionales de los medios de comunicación por anticiparse a dar la suya con desacierto. Es tan simple como ignorar aquello que no interesa. Abandonar los medios que se frotan las manos con la polémica y dejar de pagarles el pan de cada día. En este mundo virtual, el aficionado 2.0 decide cual es su faz. La del respeto y la cautela o la de la desfachatez y el desprecio ajeno.

Cuando era muy niña y pisé por primera vez el campo del CE Europa con mi padre, las cosas eran muy distintas. Las gradas vociferaban al árbitro para mostrar su desacuerdo, pero algunas palabras resultaban hasta graciosas. No recuerdo ese ensañamiento que ahora persigue a todos, dentro y fuera de los terrenos de juego. No pensaba que los partidos se traspasarían a una segunda pantalla y que la maldad se haría un lugar en ella.

En el fútbol manda y prioriza el balón. Si no es así, estamos ante otro espectáculo. El fútbol es mucho más que aquellos detractores que no guardan respeto. Está claro que el aficionado 2.0 al que no le distingue la tolerancia, se ha equivocado de estadio.

El anuncio del adiós de Piqué con la selección deja lugar a un punto de inflexión. Es el momento de entrar a la habitación de la conciencia. De tocar la puerta para ver si está pulcra o si, por el contrario, es la hora de empezar a poner orden en el desaseo.

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