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Garrincha, oda al regate

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Primero a la izquierda, luego a la derecha. Adelante, atrás… de nuevo izquierda y derecha… Un auténtico pájaro difícil de atrapar. Un pájaro que voló hace ya 33 años en un viaje que nos lo arrebató de este mundo y que agrandó si cabe el recuerdo de sus jugadas. Hace ya 33 años, Manuel Francisco dos Santos, Garrincha, murió en Río de Janeiro un día como hoy en 1983. Un genio. Veloz, ágil, lleno de piruetas y de amagos. Un hombre hecho de rápidos movimientos con un criterio sensato y casi imposible de seguir.

Quedamos huérfanos de regates con su partida. El maestro y el señor de los quiebros y de las fintas. De los lanzamientos desde fuera del área clavados en la escuadra. De los bailes a defensas completas, dejándolos desorientados, buscando un balón (o unas piernas), no sabiendo dónde acabaría aquel jugador de amarillo que les había bailado segundos antes de que cayeran al suelo, derrotados, queriendo encontrar un balón del que ignoraban que ya tenía dueño. Amo de jugadas inverosímiles y rápidas en banda, mandado el balón a la red o a la cabeza o al pie de un tal Pelé. Brasil eran ellos. Jugaban como querían. En un rectángulo de juego eran dioses, reyes y ministros.

“Nadie como él en toda la historia ha podido verse reflejado en sus piernas maltrechas y torcidas regateando rivales como quien se niega a entregar el balón por miedo a que se pierda, se robe o se manche”.

En el Mundial de 1958 quisieron ser cómplices de un delito de abuso contra una Suecia desesperada en la final, no sin antes derrochar calidad ante las selecciones con las que con anterioridad se batieron el cobre. Francia, Gales, Inglaterra, la URSS y Austria antes de batirse con el anfitrión. Un espectáculo digno de la Brasil hasta el 70, cuando el fútbol se convirtió en otra cosa. En el 62 en Chile el Mundial lo ganó solo Garrincha. Y no me olvido de nadie. Pelé lesionado y Brasil sollozando en un charco de lágrimas por su 10. Pero ahí estaba el volante diestro. El que fuera 7 de Botafogo y de la “canarinha”. Ese al que los médicos, ilusos, vaticinaron no poder aprender nunca a caminar o correr y mucho menos jugar a esto llamado balompié. Este deporte que es grande por tipos como “Mane”. Un jugador sin parangón. Nadie como él en toda la historia ha podido verse reflejado en sus piernas maltrechas y torcidas regateando rivales como quien se niega a entregar el balón por miedo a que se pierda, se robe o se manche. Garrincha era único, indescriptible.

Un hombre peculiar, con muchos dones y también problemas. Y se fue, hace ya 33 años, con demasiadas copas y pocos compañeros y amigos alrededor. Con casi ningún ahorro de cuando era grande, gigante, inmenso, en eso de dar y hacer goles. Tenía 47 años. Se le despidió en Maracaná. Un estadio de lloros y de penas para Brasil acogió también la tragedia de despedir a uno de los principales causantes de las alegrías que enjuagaron las tristezas de ese fatídico Mundial ante Uruguay en 1950. Se fue parado, como ese estadio pocas veces lo viera. Con su bandera del club de su vida, el Botafogo, decorando su féretro, con la gente que le quería bañando las gradas, ese pueblo grande que siempre lo amó por saber de fútbol, por hacerles felices, a ese que siempre se lo llamó “la alegría del pueblo”. Ese día de enero en 1983, Garrincha no supo cómo regatear. Esa vez, Garrincha solo pudo ser el 7 matador y regateador en nuestras mentes, en nuestros corazones, como hoy… y como siempre.

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