Fútbol italiano

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Francesco Totti, antes que Rómulo y Remo

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La ciudad escogida por los dioses para convertirse en dueña del mundo debía tener un origen heroico. Roma fue fundada por dos hermanos gemelos, Rómulo y Remo, que formaron un asentamiento junto al río Tíber. Para entonces, estoy convencido de que el Olímpico de Roma ya existía y Francesco marcaba golazos en sus porterías. Con una ansiedad primaria por ganarse el puesto cada semana, solo puedo entender que el tótem de la Roma siga rindiendo a tan alto nivel si me dicen que de pequeño también fue amamantado por la loba Luperca.

El diez de la Roma vive su segunda juventud y su buen estado de forma ha provocado que la Roma se haya permitido el lujo de pasarse por las oficinas de la Serie A para renovar su licencia de equipo temible. Un descendiente directo de los gladiadores que se batían en el coliseo romano. Por entrega, sacrificio y fidelidad al equipo de sus amores. Francesco gestiona la ilusión de miles de romanistas, un intangible al alcance solo de unos pocos privilegiados. De pequeño alentaba a la Roma desde una de las curvas del Olímpico, y ahora, a sus 38 años de edad, es considerado una deidad por doquier.

Totti me tiene encandilado. Traza pasillos imposibles cual arquitecto sobre el verde, y aúna precisión técnica y clarividencia para leer el juego vistoso. Una inteligencia superlativa para descifrar los enigmas de cualquier defensa, a pesar de que fuera del campo tiene fama de trasteverino cateto. Un plato selecto para deleite de los paladares más exquisitos. Él es el que sale al estrado, el que da la cara, y sus actos son dogmas de fe. Es lo que el pueblo romano quiere ver, es su brazo extensible, su sindicato encarnado en actor facultativo. Siempre alejado de la teatralidad y el cinismo que ha caracterizado a la mayoría de las gerencias del club, ya que los que hablan de éxitos son los mismos que aseguran el fracaso.

Tras continuos bombardeos en forma de ofertas desde Madrid e Inglaterra, flirteos del jugador y su representante, incesantes portadas desde los principales medios deportivos, Totti restó en la Roma. Estuvo cerca de cambiar de aires y, posiblemente, su carrera habría ido mejor, pero él ama Roma y a la Roma. Fiel a unos colores, incluso cuando la lógica o la sensatez dictan lo contrario. Eligió a la Roma y rechazó al Milan y, acertada o no, fue su elección. Es complicado explicar con palabras algo tan irracional como el amor a un club sin caer en la cursilería más gazmoña o en el discurso de un hooligan descerebrado. Un amor de verdad es no deberle explicaciones a nadie. La hinchada de la Roma puede sentirse afortunada por haber disfrutado tantos años de un ídolo sin pies de barro.

Con el 21% de IVA destrozan la cultura, y el IVA debería estar al mínimo porque la cultura es lo que mueve a un país. Sé que hay un debate sobre si el fútbol es cultura o no, y yo defiendo que sí. Para mí ver fútbol es una forma de poesía. Ver jugar a Totti es arte, siento lo mismo que al leer un libro que me gusta. Incluso iría más lejos. Cuando veo marcar un gol a Totti como el segundo que le marcó a la Lazio en el derby romano, experimento la misma sensación que tenía con siete años al sentarme en el regazo de los reyes magos para contarles que había sido un buen chaval; o la que tenía con quince cuando me masturba a escondidas en el baño. Ahora, con veintidós, me ilusiono al seguir viendo a Totti en la Roma, aunque ya esté marcado por las arrugas del tiempo que indican que cada vez le queda menos para colgar las botas. Y lo cierto es que prefiero un Roma-Atalanta que un Madrid-Barça, a la espera de que Totti haga una de las suyas. Algún día espero poder ir al Olímpico y contribuir en la barahúnda creada por los seguidores giallorossi que se hacinan en las curvas del estadio como ovejas en un redil, para ver a su capitán bajo la luz del atardecer que tiñe de nácar gris el cielo de Roma.

Un palmarés individual pírrico, una estantería vacua de balones de oro y trofeos, pero sabe que los tifosi romanos nunca se han sentido tan grandes como cogidos de su mano. Y a pesar de haber permanecido en plantillas duchas en aniquilar la ilusión de la afición, con un juego capaz de dejarte un domingo entero con dispepsia, el fútbol del capitán ha sido prosaico en todos sus años en la élite.

La Roma de Rudi apunta a lo más alto, aunque la entidad capitalina comienza a perder la estela de la Juventus. El equipo sabe perfectamente a qué juega, dejando de lado su versión ramplona y antiestética que venía practicando antes de la llegada del francés. Las estadísticas frente a los equipos punteros son realmente buenas, fiel reflejo del alto nivel competitivo del equipo. El preparador galo tiene en Totti a la brújula perfecta para su barco, y a pesar de que los años no pasan en balde y el capitán ha tenido que ir reciclándose, sigue siendo el principal baluarte con el que cuenta el combinado capitalino para conquistar el Scudetto.

Una larga carrera aderezada con esa pizca de suerte necesaria y combinada con ese afán, ingrediente imprescindible, para ser un jugador competitivo a todos los niveles. Ha sobrevivido a la constante fuga de compañeros y su mutación siempre ha sido maravillosa. Il capitano y sus soldados están en la suma obligación de revertir la decadente trayectoria de años atrás, un torniquete a la usanza, interpretar la trabajada pizarra y transcribirla sobre el césped bajo el marco de un sistema con alma y personalidad. La hinchada es exigente hasta el final y no da tregua bajo ningún concepto. Él, hasta ahora, parece no haber perdido su momentum, ese estado de gracia que disfrutan los jugadores cuando están en forma. Con estrellas de la talla ciclópea de Francesco Totti todo es posible, y más en el fútbol.

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