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Fútbol italiano

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La primavera viola del 69

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A pesar de las hordas de turistas que, cámara en mano, abarrotan el centro de Florencia dando a la ciudad una especie de aire de Disneylandia del arte y de que miles de escritores han glosado la belleza de la capital toscana hasta la saciedad, lo que uno siente cuando camina mirando el Ponte Vecchio, una maravilla de cuento de hadas del siglo XIV, no tiene nada de postal ficticia. Mientras la noche cae sobre el río Arno y rodea de vivos colores el puente es fácil caer embelesado en la magia de esta ciudad. Florencia es un sueño de piedras, mármol, callejuelas y flores. El escritor con más talento de la historia no sería incapaz de imaginar una ciudad más bonita. Pero el cuento de hadas del florentino acaba en su catedral, sus calles y sus museos. Su equipo de fútbol, la Fiorentina, es bastante más “humano” que la divina e imposible cúpula de Brunelleschi de 50 metros de ancho y edificada a 55 metros de altura.

Con su bonita camiseta malva y su fiel Curva Fiesole, la Fiorentina es uno de los equipos míticos del Calcio pero lejos en palmarés y dinero de los poderosos Inter y Milan y de la maldita y odiada Juventus. El florentino, de hecho, sabe sufrir por el fútbol, con varias temporadas en Serie B y sobre todo con la desaparición del equipo hace unos años tras una debacle financiera. También ha tenido sus épocas doradas como aquel Scudetto de la primavera del año 1969, el segundo y último título de liga del que disponen las vitrinas viola. Actualmente, la Fiorentina comanda, por sorpresa, la clasificación de la Serie A. Casi nadie piensa que puedan lograr el Scudetto en un Calcio extremadamente competitivo pero es buen momento para recordar aquel equipo histórico de los sesenta.

Italia, con un equipazo que contaba con tipos como Riva, Rivera, Mazzola o Zoff acababa de ganar la Eurocopa en casa y durante el año 1968 el mundo vivía convulsionado entre telediario y telediario. Ese año murió el Che, tuvo lugar el mayo francés y la primavera de Praga. El planeta andaba revolucionado y comenzaba una temporada de fútbol italiano que acabaría con un ganador muy distinto a los habituales. El Mago Herrera iba a entrenar a la Roma, el Milan mantenía el bloque y la Juventus adquiría a Anastasi y Haller, dos colpi di mercato para la época. El anterior campeón, el sorprendente Cagliari de Riva era ya tomado muy en serio.

En Florencia, era Bruno Pesaola comenzaba su primer año como técnico viola. Pesaola fue un futbolista italoargentino que llegó a jugar en la Nazionale como oriundo y una auténtica leyenda del Napoli, club donde milito ocho años como jugador y al que, como entrenador, llevó a ganar una Coppa, la de 1962, cuando el equipo partenopeo estaba en la Serie B. Apodado Petisso, hasta su muerte en mayo comentaba la actualidad del Napoli. Pero este extranjero nacido en Nápoles, como él mismo se definió, consiguió su mayor logro en Florencia. En esa temporada 1968-1969.

La plantilla tenía calidad. En el cuadro de honor figuraron hombres como Ferrante o De Sisti. Pesaola había conseguido colocar al Napoli segundo el año anterior. Hasta la segunda vuelta la capolista estuvo disputada por Milan, Cagliari y Fiorentina. Pero la viola se quedaría sola a partir del 9 de marzo, cuando una victoria suya vino acompañada de pinchazos de sus rivales. A partir de ahí no perdería un partido hasta la conclusión a finales de mayo. El 11 de mayo, con una victoria sobre el Torino la Fiorentina cosía en su palmarés su segundo Scudetto. Sólo perdió un partido en toda la temporada, contra el Bologna. Su delantero, Mario Maraschi, con 14 goles, fue el máximo artillero del equipo, tercero de la Serie A tras Riva y Gianni Biu.

Curiosamente, el Scudetto llegó en un verano en el que por temas financieros la Fiorentina se propuso mantener los pies en el suelo y no tirar la casa por la ventana. La directiva pensó en hacer dos fichajes importantes y tres ventas: Albertosi y Brugnera fueron vendidos al Cagliari, decisión que no sentó bien en la apasionada hinchada viola. Peor fue la reacción, incluso, cuando se produjo la venta de Bertini al Inter. Sus reemplazantes (Mariani, Del Fabbro, Bertogna, Stanzial) no causaron ninguna ilusión en la Toscana. Para más inri, Amarildo, una de las estrellas, amenazaba con dejar el equipo si no se le mejoraba el contrato. Si, ese tipo de tácticas no son fruto de la modernidad.

En septiembre solo Pesaola confiaba en el grupo, hasta tal punto que llegó a decir tras un amistoso que si no se ganaba el Scudetto se metería a fraile. No bromeaba. Y no tenía ni la más mínima intención de vivir en un convento. La única derrota del campeonato vino pronto, en la quinta jornada contra el Bologna. Fue la catarsis. A partir de ahí el grupo se unió en torno a su entrenador, hizo oídos sordos a las críticas y olvidó el difícil verano. Superchi, el portero, fue un muro inexpugnable. En defensa, Ferrante, Brizi, Rogora y Mancin ayudaban a su fiel portero para mantener intacta la portería viola. En el centro del campo, el inagotable y mítico Di Sisti era el nombre más conocido. A su lado, Esposito, ambos sosteniendo y rigiendo a la viola. Rizzo o Chiarugi se alternaban el otro puesto mientras el trequartista, en una época donde aún se les valoraban, era Merlo. Los goles corrían a cargo de Amarildo y Maraschi.

La Fiorentina se proclamó campeona con varias jornadas de antelación y además, una vez ya coronada, se dio el gustazo de derrotar a la todopoderosa Juventus. El recuerdo de aquel Scudetto sigue vigente en las callejuelas de la ciudad más hermosa del mundo. Una ciudad que sueña con arte, historia y cultura en cada esquina. Una ciudad que empieza a soñar de la mano de Paulo Sousa y sus chicos. ¿Y por qué no? También parecía imposible construir la cúpula del Duomo y ahí está, inmensa, soberbia, marcando el perfil de Florencia desde siglos.

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