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Final de una fiesta que aún no empieza

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Salir campeón del torneo chileno se ha desvalorizado profundamente en los últimos años, por el bajísimo nivel del fútbol local. Si bien en la temporada 2015-2016 la Primera División bajó el número de equipos a 16 (como era antes) y los campeonatos bajaron de 17 a 15 partidos, el título se ganó con una progresiva baja de puntos obtenidos. Cobresal fue campeón del Clausura 2014-2015 ganando solo 34 puntos de 51 posibles. Eso es 10 partidos ganados de 17. Colo Colo fue campeón al semestre siguiente del Apertura 2015-2016 ganando 33 de 45 puntos posibles, y ahora Universidad Católica se acaba de coronar como nuevo campeón del fútbol chileno, obteniendo el título del Clausura 2015-2016 con apenas 29 puntos de 45 totales. Y después pretendemos que estos magros campeones, más los apuntados en los distintos y enredados sistemas para clasificar a copas internacionales, salgan a competir continentalmente y más encima se les pide ganar. Con qué, cómo! Incluso cuando Universidad de Chile fue campeón del Apertura 2014-2015 con un 86% de rendimiento, terminó siendo ultimo en su grupo de Copa Libertadores. Una decepción absoluta que marcaba cruelmente la gigantesca diferencia y atraso de nuestra liga respecto no solo de las históricamente grandes como Argentina y Brasil, sino que muy por detrás, por ejemplo, de Paraguay, Colombia y México, y luchando con dificultades cuando se enfrenta a equipos peruanos o bolivianos, que históricamente caían con cierta facilidad frente a los chilenos.

El fútbol de Chile no sólo es pobre por el escuálido nivel de su despliegue en cancha, sino también por los limitados recursos con que cuentan sus clubes o las pésimas decisiones deportivas en la elección de refuerzos cuando se puede contar con un poco más de dinero. El lema es siempre comprar barato, vender rápido y ojalá caro, reinvertir poco y pretender altos resultados cuando ni siquiera se tiene un proyecto deportivo. A esto, muy poco ha ayudado la modalidad de campeonato corto que comenzó a copiarse de la experiencia argentina a final de los ´90, solo creyendo que porque se imitaba a los argentinos íbamos a ser como ellos. Luego se copió el sistema mexicano, con playoffs, que quizás daba más participación a equipos más pequeños, pero que en la fase regular previa a la liguilla final, hacía que a los equipos les diera lo mismo llegar primeros u octavos, porque incluso si eras el ultimo clasificado, luego con seis partidos más te bastaba para ser campeón. Aquello, sumado a la quiebra de los clubes y la llegada de las sociedades anónimas, dio paso a lo que siempre he llamado “la fábrica de salchichas”, sistema sobre el cual me he expresado aquí en mis primeras columnas y que solo ha logrado destruir al fútbol chileno. Especialmente a los clubes de provincias, algunos manejados por dirigentes inescrupulosos y confabulados para buscar sólo el crecimiento deshonesto de su propia billetera. Prueba de esto es el drama que explotó ahora con Deportes Concepción, club desafiliado del fútbol profesional, saqueado por piratas de carrera que recibieron préstamos que jamás llegaron al club y que han pasado la vida impunes con demasiadas licencias por parte de aquellos que les han permitido ejercer cargos importantes en el fútbol chileno.  

Ahora, tanto la nueva dirigencia de la ANFP como el SIFUP (Sindicato de Futbolistas Profesionales) están intentando efectuar cambios que incluyen, por ejemplo, una unidad de fiscalización financiera y volver al sistema de campeonato largo, en año calendario, respetando así también los derechos laborales, vacaciones de verano y contratos de los futbolistas. Yo espero que esto sea aprobado, porque al final es darle la razón a un sistema que nunca debió haber sido modificado, que le da más continuidad deportiva a los equipos; a los jugadores, más posibilidad de identificarse con un club; a los técnicos y dirigentes, la consolidación de un estilo que, de ser exitoso, puede mantenerse y reforzarse al momento de salir a la arena continental.

 

Respecto a la nueva estrella de Universidad Católica, si bien el Clausura fue un campeonato de pocas luces y puntaje, este título es largamente merecido y un alivio inmenso para los cruzados, por su historia, por la institución y por las crueldades vividas en estos seis años de eternos segundos lugares. Yo destaco dos cosas en esta campaña de la UC, a pesar de la baja cosecha de puntos: La capacidad que tuvieron para remontar varios partidos en los que comenzaron perdiendo y la convicción para hacer de los jóvenes y formados en casa -como Kuscevic, Maripán, Rojas, Carreño, Manzano, Vargas, Castillo- el núcleo del equipo y la famosa “columna vertebral” que cada equipo debe tener.

De manera especial menciono a dos hombres que merecen más que nadie estar disfrutando ahora sus vacaciones de campeón: Los capitanes Cristián Álvarez y Cristopher Toselli. No hay dos miembros de este plantel que tengan más acumulación de técnicos, caídas, penas, frustraciones y fracasos. Cayeron una y otra vez de cara al pavimento, semestre tras semestre, pero siempre se levantaron, aún con el pecho lleno de balas, sin darse por vencidos, aún vencidos. Ellos son emblemas de este título y su desahogo el día de la coronación, liberó una  maldición de seis años que parecía no tener antídoto.  

“La 11” debió llegar antes, mucho antes, pero es tarea de la dirigencia cruzada sacar lecciones, planificar e invertir para subir el nivel de competencia tanto en la defensa del título como en los dos torneos internacionales que se vienen. Porque a Copa Sudamericana y Copa Libertadores un campeón no va para ser comparsa de los rivales ni relleno de grupo.

Ahí está el guante. Si lo recogen, es una fantástica oportunidad.

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