Tenis

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En días como hoy

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No hay que irse a Sídney. La ópera está en Melbourne. Sobre el tapiz azul afina su arma y desata el clamor que reverbera en el lugar que tiene por nombre el de un mito. La atmósfera que se crea es expedita. El áurea envuelve al respetable en una sinrazón que anula lo consciente y le imbuye al son de la música.

Abajo, tras la red, el director de orquesta dirige su particular concierto de reveses con todo tipo de efectos técnicos y ritmos perfectamente acompasados con pasión. Mira desafiante y se da la vuelta para inclinarse al graderío tras hora y media de recital. Algunos se levantan porque son conscientes de que cada vez quedan menos representaciones a la altura del que las firma.

Ver jugar a Federer en días como hoy no es apto para la vista. No, no lo es. No lo es porque dentro de ti te sientes pequeño. Un ser inferior; acomplejado; enmudecido. Ver jugar a Federer en días como hoy te hace dudar. Dudar de (casi) todo. Ver jugar a Federer en días como hoy será inexplicable para las nuevas generaciones que pregunten, dentro de unos años, quien era ese suizo capaz de hacer lo imposible. Porque aún hoy verlo jugar así lo parece.

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Es tercera ronda. No es una final. No es tampoco un viaje en el tiempo a la pasada década pero lo recuerda. Quizá es que el tiempo escapa entre recuerdos. O quizá es que nosotros estamos tan acostumbrados que ya nos parece normal. El deseo por detener la marcha del destino es una quimera. Quisiéramos congelar la brújula para que dejara de indicar el camino y nos perdiéramos en la utopía onírica. Pero el destino es el que es aunque sea difícil asumirlo; aunque haya pruebas para pensar lo contrario; aunque no vuelva a ganar otro Grand Slam. Solo queremos seguir siendo afortunados por haber nacido en esta época y escuchar su melodía. En días como hoy, el tenis gana nuevos adeptos musicales.

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