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Experimentos, calamidades y pánico en Turín

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Cuando Ancelotti, en su primera gran cita, puso a Sergio Ramos de centrocampista en el Camp Nou tardó 45 minutos en rectificar. En el Juventus Stadium, con Sergio Ramos en la misma posición, no reaccionó. Ni en 45 minutos ni en 90. Supuso –erróneamente- que se precisaba músculo para contrarrestar el centro del campo de la Juventus. Subestimó a la “Vecchia Signora” creyendo la leyenda urbana por la cual todo equipo italiano, de raza o de ascendencia lejana, fía su suerte a la defensa, a las técnicas torticeras o a una suerte de mística legendaria que los convierte en argamasa impenetrable. No vio, por tanto, o no quiso ver, que la Juventus juega mucho, y bien, al fútbol.

Lo de Sergio Ramos, el error de confiar a ciegas en él para este encuentro y la inquebrantable terquedad de Ancelotti en su decisión, fue la espina dorsal de los males del Madrid. Pero no la única. Porque ni los mejores centrocampistas del mundo revividos en Turín hubieran calmado la batalla infernal en la defensa merengue por ver quién cometía el error más garrafal. Sobresalió, por encima incluso de Marcelo, que le discutió durante muchas fases el trono de la calamidad, Carvajal. Su penalti, infantil, puso por delante a la Juventus y una cuesta insufrible para el Madrid hasta el final. Incluso Varane, poco dado a las temeridades, se unió al concurso en el que solo Pepe (incluyan a Casillas en el bombo) puso algo de cordura.

Demasiadas concesiones para una Juventus que, a juzgar por las sensaciones, le sale más a cuenta morir que perder sus billetes a Berlín. Combinó intensidad y motivación con dosis de buen fútbol. Marcó Morata, que no lo celebró pero mostró una media sonrisa pícara, que vale más que cualquier festejo. Y casi marca Llorente, al final, cuando la Juventus ya ganaba, y que pudo sentenciar la eliminatoria. Fue tan claro, era tan evidente el gol –y más tratándose de Llorente- que sorprendió incluso a Casillas, quien no supo reaccionar ante el fallo de su colega y su parada siguió el esquema clásico narrativo: introducción, nudo y desenlace. Segundos agónicos de braceos y cabezazos para atrapar el balón que dan de sí para escribir una crónica aparte.

Maravillas del destino que, al final, el resultado puede darse por bueno. Con todo lo malo, debidamente repasado en las líneas anteriores, el Madrid solo encajó dos goles y fue capaz de meter uno y rozó el segundo en la cabeza de James. Lo hizo Cristiano, en la única jugada de elaboración manufacturera del Madrid, que cuenta en su cadena de mando con el supervisor James, quien es capaz de convertir un simple pase en una realidad paralela como Borges era capaz de escribir párrafos literarios hablando de las uñas de sus pies. El gusto sudamericano por engrandecer lo cotidiano, suponemos.

El caso es que el Real Madrid tendrá una nueva noche de remontada en el Santiago Bernabéu, estadio que, a fuerza de sobreexponer la maquinaria, acabará por gripar. También será consecuente revivir a Juanito o sacar del infierno el clavo ardiendo. O quizás sea el partido en que Ancelotti advierta que enfrente tiene a guerreros que recitan sonetos y decida apostar todo a aquello por lo que el Madrid se diseñó: para jugar al fútbol, sin especular. En 90 minutos de remontada obligada. Con Berlín en el horizonte

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