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Éver Banega, el epicentro de un nuevo Inter

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“La posición de Banega dependerá del resto de fichajes”. Las declaraciones de Roberto Mancini siendo lógicas, debido a la evidente influencia que tendrá el entorno sobre el fútbol que pueda desplegar el exsevillista, destilan un aroma a indefinición en la mente del técnico respecto a la posición exacta que Éver Banega tendrá en su sistema.

Unas dudas que emanan de la falta de capacidad demostrada por Mancini a lo largo de su trayectoria como entrenador para gestionar de forma eficiente y sacar el máximo nivel posible de esa tipología de futbolistas dotados de una calidad especial y de un talento inventor que como el de Banega, depende en gran parte de la inspiración -difícilmente constante- y de la confianza que le rodee.

Pese a que Mancini siempre se haya caracterizado por ser un técnico que enfatiza el orden colectivo y lo físico por encima de la calidad individual y la frescura ofensiva, Éver Banega está destinado a ser el portador de las llaves del próximo Inter. Y tiene que serlo. Porque ese es el tipo de futbolista que es ‘El Tanguito’: o se convierte en el dueño del equipo o su paso por el Inter no será triunfal. Y para que lo sea tanto para él como por fin para Mancini en esta su segunda etapa, dependen el uno del otro.

La duda principal para su rendimiento, tras su fantástica etapa en el Sevilla, no reside en Éver si no en Mancini. Si el técnico de Jesi, que tiene ante sí una prueba definitiva como entrenador, es capaz de sacar todo el jugo de talento de Banega, como sólo ha conseguido Unai Emery cuando el fenomenal centrocampista rosarino parecía despedirse de la élite, el jugador le responderá sin ambages. La fuerza de su alianza será decisiva, tanto que de su entendimiento mutuo pende el éxito o el fracaso de ambos y el crédito en recesión y la continuidad futura de Mancini al frente del Inter.

El escenario más posible a día de hoy es que Mancini continúe con el 4-2-3-1 con el que acabó la temporada pasada, aunque sin demasiado aplomo ni brillo, tras pasar por un sinfín de sistemas que nunca terminaron de calar ni de funcionar. Es esa idea voluble, volátil y falta de seguridad la que, sumada a un ecosistema inestable, hace surgir las dudas sobre el papel de Banega como capataz y epicentro nerazzurro en la posición de diez puro cuando, paradójicamente, hubiese casado mucho mejor con el fútbol de Sampaoli de haberse quedado en Sevilla.

Banega no es ni interior ni mediapunta. Es más bien un regista adelantado. Una posición y una parcela demasiado amplia y demasiado específica, al mismo tiempo. Uno que combina ser el primer receptor con ser el último pasador. Todo eso, a la perfección, lo ofrece Banega si se siente cómodo y líder y si tiene caminos y una estructura sólida que le dé los mecanismos suficientes para influir en todos sus compañeros y le haga sentir una confianza a ultranza para seguir siendo la viga maestra incluso si durante tres partidos seguidos no logra incidir a la altura de sus capacidades.

Requerimientos contraculturales para el actual Inter que aunque posee talento por explotar que puede actuar por los costados (Perisic, Jovetic, Brozovic…) y que son ideales para dar múltiples opciones a Banega y a ello añade a un rey del desmarque como es Icardi (si se marcha necesitarán otro nueve de ese perfil), presenta un hándicap evidente en el doble pivote para darle a Banega el empaque necesario por detrás que tenía en Nervión con un iniciador como Krychowiak, perfecto mezclador de entregas en salida de balón y de un sentido táctico sobresaliente que ni Melo, ni Kondogbia, ni Medel aúnan. Esto es, solidez y técnica en aleación en líneas generales para que el equipo le ofrezca apoyos cercanos, no se parta y permita que Banega pueda abarcarlo todo.

Si el Inter no ficha a alguien idóneo para esa posición, la defensa se verá obligada a saltar la zona de la medular constantemente para hallar a Banega que gusta, por norma, de estar un poco más adelantado para ser determinante, acercar al equipo al área sin perder nunca la pelota ni los nervios, armar ataques posicionales, filtrar y con todo ello, ver el gol antes que nadie, ser el nexo perfecto entre zaga y delantera y erigirse en un lanzador de contragolpes letal como ya demostró en Sevilla.

Nunca ha sido el Calcio un paraíso para los mediapuntas pasadores. Y tampoco lo es, ni mucho menos, un entrenador del corte de Mancini. Banega es, de once jugadores, el que juega a otra cosa y tiene la grandísima cualidad de imponer su ritmo si los demás se dejan orquestar y así, es capaz de elevar por sí solo a todos los que le rodean. Un jugador que hace mucho tiempo que el Inter no tiene, tal vez desde Sneijder aunque el holandés tiraba más de pegada que de terciopelo.

De lo que no hay duda es que el fichaje a coste cero de Banega es un gran golpe por parte del Inter. Un movimiento de mercado interesantísimo y de una influencia que debe ser necesariamente transformadora. Su llegada se estaría valorando muchísimo más si el Inter hubiese conseguido arrebatárselo al Sevilla por un traspaso cuantioso y no por haber acabado contrato, más allá de lo acertado o no de la decisión personal del futbolista de elegir al conjunto lombardo entre todas las opciones disponibles.

Sin embargo, no es menos cierto que la presión se cierne sobre él casi en exclusiva por sus dotes y sólo después del foco que se posa sobre Mancini antes que encima de nadie. Del técnico interista depende que Banega cumpla con las altas expectativas. Esas que dicen con tino y objetividad que con el argentino como clarividente guía sobre el césped, el Inter está mucho más cerca de regresar a la Champions League más de un lustro después: la gran obsesión, obligación y necesidad del nuevo proyecto chino de los nerazzurri.

Banega es el estilista contratado expresamente para cambiar la estampa de juego gris y plano que el Inter ha venido esbozando durante los últimos años. El piloto del nuevo Inter, el encargado principal y casi único de acelerar, pausar, frenar, cambiar de dirección, ordenar, juntar, lanzar, pensar, ver y ejecutar siempre con juicio acertado y sereno aunque la presión del rival parezca asfixiarle. Siempre y cuando Mancini se lo permita, el Inter 2016/2017 tiene que crecer a partir de él, de sus botas y de su fútbol. Y si no, otro año más, difícilmente lo podrá hacer.

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