Baloncesto

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España VS Estados Unidos (IV): último tango en Brasil

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La ansiedad se apodera de un país entero. En 40 minutos, la generación más prolífica de la historia del deporte español se acabará para siempre. Los Juniors de Oro se irían para no volver a una cita olímpica nunca más. El cóctel de sensaciones hace estallar mi cabeza, el dolor por el adiós venidero contrasta con la alegría de ver una última vez a aquellos hombres. Sólo había una manera de decir adiós a éste equipo, y era ganando una medalla en Río. El bronce era nuestra última opción de salir victoriosos ya que, tras caer en semifinales contra Estados Unidos, toda opción de despedirse con un oro había desaparecido. Pero a España le quedaba un último rival al que dejar en la cuneta, Australia.

Sería una batalla durísima, los aussies venían de hacer un torneo extraordinario. Habían ganado a todos los rivales de su grupo, salvo a Estados Unidos, a quien dieron guerra hasta los últimos minutos, donde el cansancio, los malos tiros y el acierto de Carmelo hicieron el resto. Y en semifinales, de repente, desconexión total. Fueron humillados por Serbia, anotando 14 puntos al descanso, un récord negativo que no se veía desde los Juegos Olímpicos de 1972. Tamaña desventaja fue una losa demasiado pesada como para levantarla en 20 minutos. Serbia jugaría la final de las olimpiadas ante USA, reeditando así su última cita en el Mundial 2014.

Ricky-Llull-Rudy-Mirotic-Gasol; Mills-Delladova-Ingles-Baynes-Bogut. Los guerreros estaban preparados. El partido arrancaba con un excelso gancho de Baynes, el titán isleño. España no atacaba con orden, pero encontró en el rebote defensivo un botín extraordinario: Bogut empezaba a cargarse demasiado pronto de faltas. Y entonces, Pau empezó a dar cátedra. Balones al pívot de los Spurs, que hacía lo que quería. El acierto no era muy alto, a mediados del primer cuarto, el marcador iba 5-8 a favor de España. Pero las sensaciones era buenas hasta el momento, España cerraba bien su aro y en ataque seleccionaba muy bien las opciones, y cuando no podía, buscaba los tiros libres de forma clara. En el goteo final de tiros libres moría el primer cuarto, con los chicos de Scariolo venciendo por 17 a 23. Un gran Niko y un Pau superlativo marcaban el camino al bronce.

Arrancaba el segundo cuarto con España muy enchufada. Manteniendo una defensa extraordinaria y en ataque, la segunda unidad aportaba calidad y puntos. Claver y Navarro aportaban oro en sus minutos.  El nuevo fichaje culé metía manos, cambiaba rápido en los bloqueos y para colofón, castigaba desde el triple. El Claver que todos necesitábamos. El capitán, sin embargo, leyendo de maravilla el partido en ataque. La ventaja crecía hasta la máxima en el partido, 40-28 a falta de poco más de tres minutos para cerrar el primer acto del partido. Australia empezaba a notar las heridas, respiraba cada vez más acelerado, notaba como las medallas empezaban a alejarse un poco, y entonces, resurgieron. Se aferraron al parqué como si la vida les fuera en ello. Empezando por Dellavedova, el mejor guerrero del planeta basket. Parcial de 10-0 gracias a muy buenas defensas que maniataron a la selección y acierto desde el triple, cerrando el cuarto con unos libres de Andersen. 40-38 al descanso y el bronce seguía tan dubitativo como una hora antes.

La segunda parte fue una guerra cruel y despiadada. Australia subió el nivel defensivo (demasiado), y España aceptó el reto. Un bronce merecía mancharse el esmoquin. La igualdad fue la tónica del tercer cuarto. Nadie conseguía escaparse en el marcador. España se encomendaba a Pau y Mirotic en ataque. El 4 generaba para él y sino, sacaba el balón para que Rudy matara desde el triple. Mills respondía con una velocidad endiablada. Broekhoff estaba en el partido, cualquier mínimo despiste español lo castigaba sin piedad desde más allá del arco. Con una última asistencia de Gasol para Mirotic, España se iba 67 a 64 arriba al último y dramático cuarto.

De repente, el Chacho cambiaba el destino de 46 millones de españoles. El base canario comenzaba el último período metiendo un triplazo que ponía seis arriba a la selección. Spoiler, sería el héroe. De nuevo, en un partido tan igualado, la ventaja podría ser definitiva si eran capaces de mantenerla. Pero estos tipos son primos lejanos de Cocodrilo Dundee, amigos. Si se rendían, no volvían a Australia, o al menos sin poder garantizar su integridad. Balones a Baynes, contraataque y ya estaban de vuelta. 70-68 y todo por decidir.

Australia se crecía, hasta tal punto, que Brock Motum hacía la jugada del partido, deleitándose con un mate brutal en la cara de Pau. Empate, y las sensaciones cambiaban de bando. Tras dos o tres ataques muy atascados, España se entregaba definitivamente al acierto de Pau y Rodríguez. Y estos dos nunca fallan. Chacho bailaba el yoyó y ponía a España de nuevo por delante. Las muñecas se encogían y cada canasta costaba un mundo. A fata de cinco minutos para terminar, los australianos se ponían por delante, 77 a 76. Scariolo daba descanso a Sergio pero no a Pau, que seguía manteniendo la nave a flote. España por delante, luego Australia y después, otro empate. Era una locura, los nervios estaban a flor de piel. Sería tan cruel decir adiós a esta generación sin una medalla, que se nos encogía el corazón de sólo pensarlo.

Últimos dos minutos de campeonato. Gasol se colgaba del aro para hundir un balón que el Chacho había dejado en el aire, en el otro aro, Dellavedova asistía a Mills para que devolviera el mando a los suyos. De nuevo, España sacaba rédito de los tiros libres, mientras, cerraba mal el rebote propio y concedía segundas oportunidades que daban vida a los aussies. Dos libres para Gasol, que a falta de 28 segundos, ponía a España 86 a 87. Balón australiano, que tras un ataque con más miedo que orden, acaba en un gancho poco académico de Baynes, que sin embargo, tras besar el aro, entraba. Nueve segundos para decidir un bronce.

Balón en manos de Chacho que, valiente atacaba el aro y le sacaba la falta a Mills. Anotaba los dos libres. 88 a 87, con cinco segundos por defender y saborear la gloria. Andersen recibía tras el saque, y tras dudar unos segundos, entregaba el balón a Dellavedova, para el campeón de la NBA decidiera el futuro de su país, ya que la idea primaria de darle el balón a Mills había sido desbaratada por una buena defensa de Rubio, pero cuando el balón iba para el base, las manos de Claver se interponían y daban la gloria. Empujaba el balón lejos, lo suficiente como para que no quedara tiempo para más. Se acabó, eramos medalla de bronce en los Juegos Olímpicos de Río 2016. El final soñado para una generación irrepetible. Una medalla que cerraba un ciclo maravilloso, el final de un guión casi perfecto. La conclusión de una epopeya extraordinaria. Sólo las lágrimas de Delly empañaron un poco mi alegría.

Pero ahora os contaré lo que esconde la gloria, las lágrimas previas a este metal. Lo que nos hizo realmente leyendas.

De Londres a Río: el legado en peligro

Lo habíamos dejado en el cruel final que nos deparó la final olímpica de Londres 2012. Mejor no volvamos a ella. Aún me duele. Había que continuar con el éxito al verano siguiente, llegaba el Eurobasket de Eslovenia. España era la máxima candidata a revalidar por tercer torneo consecutivo el oro europeo. Pero las bajas en el banquillo y en la pista redujeron drásticamente la fe. Pau se bajaba del tren y Navarro, también. Para colmo, Scariolo dejaba la selección y aterrizaba Orenga, un tipo que sembraba tantas dudas como grises despertaba su forma de ser.

España hizo un gran torneo hasta semifinales, con Marc y el escuadrón madridista liderando a la selección con claridad. Pero en la penúltima cita, se caía contra Francia en una semifinal muy tosca, donde el desacierto español y la ineptitud de Orenga pusieron los últimos clavos en el ataúd. Nos tuvimos que conformar con el bronce que le arrebatamos a Croacia.

Si esto os pareció un esperpento, lo que vivimos el verano siguiente en nuestro Mundial lo superó con creces. La ilusión se respiraba por las calles del país, España organizaba el Mundial de baloncesto. Una oportunidad histórica de vengarnos tras los fracasos olímpicos contra Estados Unidos. Un tren que no podíamos dejar escapar. Tras una fase de preparación nefasta, España cuajaba un buen papel en la fase de grupos y se cruzaba con Senegal en octavos. Partido fácil, siguiente rival, Francia. El partido de la vergüenza.

Los días anteriores a la cita, Orenga consintió todo, dejando a los hermanos Gasol viajar de Madrid (donde se jugaba la fase final) hasta su casa, para ver al hijo recién nacido de Marc Gasol. El segundo de Orenga, Sito Alonso, recibió permiso del seleccionador para viajar a Bilbao a entrenar y finiquitar unos asuntos con su club, el Bilbao Basket. Una serie de desdichas que culminaron con el bochornoso 65 a 52, un partido lamentable de España, que veía como fruto de la mala preparación, una Francia solamente regular, les pasaba por encima (ojo, anotando 65 puntos, una broma de mal gusto). Orenga vivía sus últimos momentos de seleccionador. Gracias por nada, Juan Antonio.

L’Enfant Terrible

Eurobasket 2015. Un torneo con sedes en varios países europeos, pero que viviría su fase final en Francia. Los galos, máximos candidatos a revalidar el título. Pero amigos, el mejor jugador FIBA de la historia iba a aparecer en una semifinal que pasará al recuerdo como uno de los tres mejores partidos en la historia de la selección española.

España asaltaba Francia con un Pau inmenso, anotando 40 puntos, en un partido agónico donde la selección venció contra todo pronóstico a un país entero, marcando para siempre el destino de la mejor generación gala de siempre. La gloria tenía doble premio: lucha por el oro contra Lituania y plaza asegurada en Río 2016. Las cosas de Pau (y de Scariolo, que había vuelto a la manada). Lituania, suficientemente empachada con la medalla de plata asegurada y la plaza para Río, fue aplastada por un contundente 80 a 63. España volvía a ser la ama de Europa y Pau, se consolidaba como el mejor jugador FIBA de siempre. Bañados en oro. Una generación irrepetible.

Déjà vu y lágrimas en Brasil

Suena la bocina del Carioca 1 y la alegría inunda los rostros de cada jugador y miembro del cuerpo técnico de la selección española de baloncesto. En las gradas, un pequeño reducto de aficionados españoles termina por acallar a cada una de las laringes galas que se habían dado cabida en el recinto brasileño. La paliza es histórica, un repaso tan severo como definitivo, habíamos jubilado a varios héroes franceses, entre ellos a Tony Parker, el Charles de Gaulle del baloncesto francófono. Un tipo que ha liderado la resistencia del baloncesto europeo durante más de una década, con más sombras que luces, y que ayer sufrió la última gran derrota en su carrera con la zamarra nacional. ¿El causante? Los de siempre, los sospechosos habituales. Nosotros, España.

Si algo le gusta hacer a esta generación, es ejercer el noble oficio del funanbulismo. Es decir, caminar sobre el alambre hasta que el hilo de latón se acaba y sólo se ve un profundo y oscuro abismo. Volvieron a asomarse al vacío y vieron cientos de almas rencorosas y vengativas esperando con ansia su caída, para poner fin a una generación dorada y ejemplar. Rivales, aficionados y periodistas, un sinfín de enemigos a los que este grupo tenía que volver a superar una vez más.

La aventura por Río no comenzó de forma idílica precisamente. Tras dominar durante más de tres cuartos el choque inicial contra Croacia, España dejó escapar una renta de 14 puntos para acabar viendo como Saric colocaba un brutal tapón a Gasol, que nos dejaba con cara de sorpresa y la primera derrota en nuestro casillero. Después vino Brasil, que ustedes me perdonarán, pero tienen menos talento que un servidor tirando de tres. Físico, ganas y ese plus que a veces puede dar ser local. Pero el problema no fue nunca Brasil, fue siempre España. Partido aciago, horripilante y con el final que merecía, trágico. Tras coquetear con una igualdad agónica, un palmeo a pocos segundos del final dilapidaba a los chicos de Scariolo. Llull intentaba vestirse de superhéroe, pero el traje se le quedaba pillado con el pomo de la puerta. Un drama de Lorca.

Dos derrotas en dos partidos disputados. La situación era casi tan alarmante como la crisis de los misiles cubanos en 1962,  se avecinaban unos días de larga agonía esperando el siguiente partido y entre medias, haciendo cábalas. Llegaba Nigeria, sobre el papel el rival más fácil del grupo. Pues eso, sólo sobre el papel. A pesar de presentar más bajas que el equipo de Ernesto Alterio en ‘Días de fútbol’, los africanos pusieron muy complicado el primer partido a vida o muerte para la selección en Río. Tras más pena que gloria, España sacaba el partido adelante con el mono de trabajo puesto, y prácticamente negro del barro que había tenido que mover.

Con todavía más derrotas que victorias en su poder, España afrontaba dos finales más aún. Lituania y Argentina debían ser derrotadas si se quería seguir soñando con un metal en esta última. Y entonces, el espíritu de éste equipo campeón de todo despertó de su letargo. Dos palizas seguidas ponían a España segunda de grupo, obligando a jugarse las habas con Francia en cuartos, y USA en semifinales. Y a eso que fueron.

El odio es un motor tan potente como la ilusión o la juventud. El odio deportivo y el recelo personal que se tenía a la selección gala, y viceversa, hacían creer que el duelo sería una batalla memorable, resuelta en los últimos instantes, como la conquista española del pasado verano. No nos engañemos, así se disfruta más.

Pero España salió con el cuchillo entre los dientes, pelando cada balón en ambos lados del parqué y empezaba muy pronto a dejar el partido encarrilado. Del +13 al descanso, se pasó casi a un +30 en pleno tercer cuarto. Una locura. La selección hacía de un partido clave un amistoso de preparación, esos que cada verano nos saltamos a la torera, haciendo de la pesada ruta Ñ un sufrimiento sin paliativos. 92 a 67, así de clara era la sentencia de una generación que enterraba a otra. ¿Queridos enemigos? No, odiado enemigo.

Lo celebré con rabia, sí. Como es lógico, pero mi mente al momento empezó a poner como un PowerPoint la cara de cada uno de los integrantes del USA team, rivales del viernes (20.30 horas) en la lucha por el oro. Otra vez ellos. Los fantasmas del 84′, 08′ y 12′ volvían a mi cabeza. El 10-0 a favor de Estados Unidos contra España en partidos de Juegos Olímpicos pesa mucho, sí. Pero que le pregunten a Krzyzewski que pensó del cruce. Todavía tiene pesadillas con las finales de 2008 y 2012, donde su cabeza estuvo a punto de ser pedida por las altas esferas del baloncesto estadounidense si se hubiera consumado la machada. El peor equipo americano de la década (aunque candidatos al oro como primera, segunda y tercera opción), con un roster con más jugadores mediocres dentro de la NBA, que talentos indiscutibles como en los dos anteriores Juegos Olímpicos. Una defensa que dejaba opciones de ser atacada, un ritmo asequible de bajar para dominar el tempo de las posesiones, y una España que iba con las ganas de un adolescente al baile de fin de curso.

Cuando parecía que esta generación tendría un final impropio para sus hazañas pasadas, como el final de Cinema Paradiso, una cinta maravillosa que acaba algo triste, de repente la historia se volvía a presentar en nuestras vidas. Nos citaba una vez más, un último baile. Nos propuso una samba, por no desentonar con la parafernalia brasileña, pero le solicitamos un tango, se nos daba mejor y de paso, honrábamos la memoria de otra generación legendaria que en Río, y a manos de Usa vivió sus últimos momentos, Argentina. Rival y hermana.

Arrancaba así el último tango en Brasil.

Sin valor no hay gloria

En el baloncesto, todo nace y muere en Estados Unidos. Ellos marcan el devenir de todos. Son los mejores, ¿por qué?, simplemente, genética. Saltan más, son más fuertes, tiran mejor, pelean mejor. Son dioses y no se puede luchar contra los dioses. Pero la mente del hombre es tan maravillosa, que si llega a creérselo, es capaz de hacerlo.

Esta generación de jugadores ha ganado a los mejores, salvo a Estados Unidos. Un reguero de cadáveres infinito, que se han ido acumulando durante más de 10 años de gloria. Pero siempre les faltó ganar aquella final de Pekín o Londres, la estaca en el corazón de los juniors de oro. Precisamente por eso, esta semifinal era una bala para alcanzar la última gran gloria, la que cerraría un ciclo maravilloso. El hombre contra Dios.

Cuenta la leyenda, que la camiseta del USA Team está hecha del mismo material con el que se fabrican los sueños. Así que si queríamos alcanzar nuestras metas, debíamos hacer de esa camiseta nuestra forma de vida. Los guerreros en el parqué, el balón al aire y Carlos Gardel sonando con su maravilloso volver.

Empezaba el partido y DeAndre empezaba a sembrar el caos bajo los aros, mientras una España algo nerviosa no administraba todo lo bien que debía sus ataques. Klay Thompson se unía a la fiesta tras un torneo algo aciago, acertando desde el triple todos aquellos lanzamientos que todavía le reclaman desde Oakland. 14-7 y sólo Pau aguantaba en pie la nave. España empezaba a ajustar en defensa y acertar en ataque, pero el rebote ofensivo de Estados Unidos y las segundas oportunidades abrían brecha en el marcador. Cada posesión que defendíamos como perros de presa era castigada impunemente con un despiste defensivo que permitía a los americanos seguir sumando. Al final del primer cuarto, 26 a 17 para Estados Unidos y lo que era peor, las sensaciones eran abismales a favor de los americanos.

El segundo cuarto empezaba como terminó el primero, con España sin cerrar el agujero en su propio aro y con Estados Unidos bastante cómodo sobre la pista. Los árbitros tomaron partida y se cargaron el cuarto pitando técnicas a diestro y siniestro. La labor del árbitro es básica, lo tenemos todos bastante claro, pero el afán de protagonismo de ciertos colegiados rompe partidos, que digo partidos, oportunidades históricas. Pero a diferencia de Pekín, los colegiados no apartaron de la medalla a España. Scariolo quería basar sus cartas en defender muy bien para cortocircuitar a USA hasta la locura, pero Coack K aceptó el reto y fijó su objetivo en agotar a España hasta la extenuación. Y funcionó. La segunda unidad funcionó bastante bien, con Chacho, Willy, Navarro y Felipe dando descanso a los titulares y minutos de calidad, hasta el punto de colocarse a sólo tres puntos, 33-30.  Pero era el día de Klay y castigó y volvió a castigar desde el triple para darle un respiro a los suyos antes del descanso. Seis arriba para Estados Unidos al concluir los dos primeros cuartos (45-39).

Se reanudaba el partido y España seguía dentro de la pelea más por desacierto estadounidense que por acierto propio. Pero eso también vale. Con Cousins en pista y cargándose de faltas, España se reenganchaba al encuentro de nuevo. Regresó DeAndre a la cancha y la ventaja se disparó otra vez. Posiblemente, el center del USA Team con menos talento del siglo XXI, pero con una fuerza suficiente para hacer y deshacer a su antojo en el parqué. De nuevo, y a pesar mil esfuerzos, España se iba nueve abajo al final del tercer cuarto, 66 a 57. Y lo que era peor, no se palpaba que estuviéramos cerca de ganar el partido.

Los primeros dos minutos del último acto condenaron a España, con Gasol en el banquillo recuperando fuelle, España se despistaba y USA lo aprovechaba para irse 72 a 57 y dejar para la sentencia el último duelo generacional de estos soldados. Con el partido acabado en sensaciones y marcador, España se propuso morir con honor, como siempre lo había hecho ante Estados Unidos. Orden, defensa y mucho amor propio. El partido se iba y jamás en los 40 minutos se percibió un atisbo de esperanza, pero que mejor final que caer como has vivido toda una década, con el pundonor propio de un campeón. Una España que tiró de alma ante el mal día de Gasol, que sólo supo pasar bien el balón. A USA le valió con DeAndre, Klay y el genio de Melbourne, Kyrie Irving, quien te mataba sin hacer ruido. El 76 a 82 final retumbaba en al Carioca 1, otra oportunidad pedida, la última de nuestras vidas.

Desde la objetividad más absoluta, esta oportunidad era la mejor para dar la sorpresa, pero es en la que más lejos hemos estado. El marcador miente, las cifras engañan, pero las sensaciones sacan a la luz a una selección que murió de inanición y no de desesperación como en citas anteriores. Aún así, caímos con más orgullo que nadie en todo el torneo ante el el campeón. Quizás la oportunidad de oro fuera Atenas, pero nos pilló algo verdes. Pekín y Londres fueron dos Guerras Mundiales que estaban destinadas a ser perdidas. Y este partido, simplemente fue el guiño final a una generación dorada.

Gracias, de corazón. Por tantos años victorias y gloria. Nos habéis dejado ser participes de vuestro camino lleno de éxitos, habéis hecho crecer este deporte como nadie jamás lo hará. Del primero al último, desde Los Ángeles a Río. De ‘Epi’ a Pau, de Díaz-Miguel a Scariolo. Gracias. Jamás necesité que ganarais el oro para sentirme campeón.

Y ahora, volved. Ya adivino el parpadeo de las luces que a lo lejos van marcando vuestro retorno. Son las mismas que alumbraron con sus pálidos reflejos hondas horas de dolor.Y aunque no quise el regreso siempre se vuelve al primer amor. Gracias por toda una década de magia. Hasta siempre, chicos.

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