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La mejor España de Clemente (parte II): la EURO ’96

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La selección se plantó en Inglaterra sin perder un encuentro desde los cuartos de final de USA, contra Italia. Y se volvería a casa, igualmente, sin haberlo perdido con el balón en movimiento. En el grupo de clasificación finalizó primera, dominando la tabla de principio a fin. Sus rivales fueron Chipre, Macedonia, Armenia y las viejas conocidas Dinamarca y Bélgica.

Contra las tres débiles cosechó sólo victorias. Dinamarca salió tocada en la ida, recibiendo un tres a cero en tierras españolas, y pudo arañar un punto como local. Bélgica, eterno enemigo que nos borrase las ilusiones en cuartos de final de la Copa del Mundo de México ’86 desde el punto de penalti, cayó goleada por resultado 1-4, siendo posteriormente la única que sacó un empate en España.

26 puntos finales dieron el liderato a la Selección, seguida por Dinamarca con 21. España había dejado a Bélgica fuera de la Eurocopa, devolviéndole el flaco favor diez años después. Ya clasificados, el bombo echó a rodar. El azar encuadró a España en el segundo de los cuatro grupos de la EURO ’96. Las compañeras de viaje en ese grupo B serían, cuando menos, atractivas. A mediados de los noventa, Bulgaria y Rumanía eran las dos sensaciones a nivel internacional tras sus propuestas futbolísticas, la categoría de muchos jugadores y los excelentes resultados en el mundial norteamericano.

Rumania, con Anghel Iordanescu en la dirección, expuso un fútbol exquisito y venció en USA, entre otras, a la Argentina entrenada por Basile, cayendo luego en cuartos de final contra otra de las alegrías inesperadas, la Suecia goleadora de Brolin y Dhalin, en un trepidante partido que acabó 2-2 y llegó a los lanzamientos fatídicos. Uno de los mejores medias puntas del gran Steaua de Bucarest de final de década, Gheorghe Hagi, era todavía el crack del combinado centroeuropeo, aunque sus flojas aportaciones en la liga española y los 31 años con los que ya contaba, hacían presagiar que su carrera daba sus últimas bocanadas.

La participación de Bulgaria en el Mundial fue incluso mejor, siendo frenada únicamente en semifinales por la Italia de Arrigo Sacchi y un estelar Roberto Baggio, que hizo doblete y permitió la victoria por dos goles a uno. Finalizaría cuarta al perder contra el verdugo rumano, la propia Suecia, en el partido por el tercer y cuarto puesto. La estrella búlgara seguía siendo Hristo Stoichkov. El intenso delantero había ganado el Balón de Oro en 1994 (tomando el testigo de Baggio) y sido el máximo goleador de la Copa del Mundo, junto al ruso Salenko.  Ya en la treintena y como en el caso de Hagi, los dos años distantes entre Mundial y Eurocopa habían calado hondo en su rendimiento, que menguaba a gran velocidad desde su salida del FC Barcelona. Ahora formaba parte del Parma y no era en el Calcio ni la mitad de importante que fue poco tiempo atrás. Aun así, marcaría los tres goles (uno por partido) que el combinado dirigido por Dimitar Penev conseguiría en el torneo.

Bulgaria fue, precisamente, quien dejó a la selección gala fuera de la participación en la Copa del Mundo de 1994, imponiéndose por un gol a dos en tierras francesas en el partido crucial. Volverían a cruzarse sus caminos.
Francia era la cuarta selección del grupo. Aime Jacquet, quien relevase a Gerard Houllier en el banquillo tras el desastre de noviembre de 1993 en el Parque de los Príncipes, pretendía reverdecer laureles. Para España se trataba, una vez más, de revancha. Los franceses los alejaron de la Euro de Suecia ’92 (con Platini de entrenador) y también ellos les arrebataron la última Eurocopa que tuvieron a su alcance, venciendo en la final de París en 1984 por 2-0 (con Platini de goleador) al buen grupo entrenado por Miguel Muñoz y con jugadores de la talla de Arconada, Gallego o Santillana, para dejar el trofeo en territorio galo.

La Francia que acudía a Reino Unido era un equipo potente, pero aún en reconstrucción. Poco tiempo después dominaría el fútbol mundial. Desailly, Deschamps, Zidane o Djorkaeff ya eran líderes en sus respectivos clubes, pero hasta 1998 no comenzarían su reinado en los torneos de selecciones. Pese a ello, se trataba de un grupo de futbolistas tremendo, al que sólo pudo frenar el único penalti mal pateado de la tanda, en la semifinal contra la República Checa.

El devenir del grupo

España 1-1 Bulgaria (9 de junio de 1996, Elland Road-Leeds)

España, en 4-2-3-1: Zubizarreta; Belsué, Alkorta, Abelardo, Sergi; Hierro, Amor; Caminero, Guerrero, Luis Enrique; Pizzi

Bulgaria, en 4-4-2: Mihaylov; Kishishev, Hubchev, Ivanov, Kiriakov; Lechkov, Yankov, Kostadinov, Balakov; Stoichkov, Penev

Propiciado por la ausencia de Nadal, que arrastraba dos partidos de sanción, Clemente propuso el equipo más técnico del que disponía, apostando por Guillermo Amor y no por Donato para formar el doble pivote junto a Hierro. El equipo jugó sin extremos, siendo los interiores Caminero y Luís Enrique los encargados, junto a Julen Guerrero, de hacer llegar el esférico nítidamente a Pizzi que, como era esperado, dejó en el banquillo a Salinas y Alfonso. Amor y Julen, dentro. Lo mejor que tenía para moverla. Atrás, los que venían siendo inamovibles defenderían el arco del jugador más veterano, el insustituible para Clemente, Andoni Zubizarreta.

Apostó por el talento, pero la cosa salió mal. Amor no se hizo con la manija y sólo Hierro estuvo a su verdadero nivel, siendo el jugador del partido. El juego fue muy lento, y eso lo castigó Stoichkov. En el minuto 48 le anularon un gol legal, pero en el 64′ haría el 0-1 de penalti. Cuando la situación se torció la técnica pasó al banquillo. Guerrero en el 52′, Amor en el 70′ y Caminero en el 81′ dejaron sus puestos a Amavisca, Alfonso y Donato respectivamente. El partido no se había dominado, tocaba el juego directo. El fútbol para el que Clemente estaba preparado. Por fortuna, los cambios salieron a pedir de boca. Alfonso marcaría el empate en el minuto 74, y pese a las expulsiones de Pizzi y Hubchev el partido acabaría de manera amistosa y satisfactoria, con un punto para cada escuadra.

Francia 1-1 España (15 de junio de 1996, Elland Road-Leeds)

Francia, en 4-3-3: Lama; Angloma, Desailly, Blanc, Lizarazu; Deschamps, Karembeu, Guerin; Djorkaeff, Zidane, Loko

España, en 4-3-3: Zubizarreta; Otero, López, Abelardo, Sergi; Alkorta, Hierro, Luis Enrique; Caminero, Amor Alfonso

Difícil de saber si por lo visto en el primer partido o por el rival del presente, o quizá por la mezcla de ambos, Clemente revolucionó el once. El dibujo fue similar, con cuatro atrás, dos en la dirección, un mediapunta y un delantero. Pero las características de los jugadores usados tenían poco que ver. Como se preveía, el rendimiento de Amor y Guerrero no había convencido al míster. Y con la imponente línea de tres formada por Deschamps, Karembeu y Guerin, los delicados centrocampistas ganaban enteros para salir.

Guerrero fue suplente, actuando Caminero en su lugar, de enganche. El multiusos Luís Enrique pasó de la izquierda a la derecha y su lugar en la siniestra lo ocupó Amor, que finalmente, aunque fuera de sitio, se salvó de la quema y permaneció entre los titulares para blindar el centro en posicionamiento defensivo y dejar libre, en progresión, el carril zurdo a Sergi Barjuán, que venía lanzado. Alkorta jugaría por primera vez en el doble pivote como marcador de Djorkaeff, y en el centro de la zaga lo haría López. Rafa Alkorta acabó no viendo el esférico y siendo el más flojo del partido y López despejando todas, convirtiéndose en el mejor.

Todo ello fue con un sentido: reforzar la zona media y desconectar a Zidane y Djorkaeff. Javier Clemente hizo un once en función del rival, como en tantas ocasiones. El partido no fue bueno, pero se consiguió el resultado. Además de no participar del juego de los suyos, Alkorta no supo frenar al gran Youri Djorkaeff, que en el minuto 47 adelantó a los franceses. Nuevamente el entrenador español encontró la solución desde el banquillo. Kiko y Manjarín debutaban en el campeonato, sustituyendo a Otero y Luis Enrique en los primeros minutos de la reanudación. Alkorta retrasaba su posición, Juanma López pasaba así a la derecha, y el ataque quedaba para los recién ingresados. Imperó la lógica.

A diez minutos del final el juego de la Selección Española había mejorado ligeramente y la sensación de peligro era mayor. Salinas salió por Alfonso, juntándose a Kiko en la punta de lanza. Y llegó el gol en el 85′. Los cambios defensivos de Jaquet, con las salidas de Thuram y Roche, quedaron en nada cuando Caminero empató el encuentro. Dos partidos y dos puntos para los de Clemente, que se jugarían todo en la última jornada contra la selección de los Cárpatos, ya eliminada al cosechar una nueva derrota frente a Bulgaria. Francia, clasificada.

Rumanía 1-2 España (18 de junio de 1996 Elland Road-Leeds)

Rumanía, en 4-2-3-1: Prunea; Petrescu, Prodan, Dobos, Selymes; Popescu, Galca; Stinga, Hagi, Raducioiu; Ilie

España, en 4-2-3-1: Zubizarreta; López, Alkorta, Abelardo, Sergi; Hierro, Nadal; Manjarín, Kiko, Amavisca; Pizzi

Iordanescu, pese a estar fuera del torneo, alineó a sus mejores hombres, con el único cambio importante de Prunea, que relevó a Bogdan Stelea. Hagi volvería a hacerlos jugar e Ilie y Raducioiu bregarían para el gol.
Por parte de España, otra vez multitud de variaciones. Tantas como para que ya hubiesen disfrutado de minutos todos los convocados, a excepción de los porteros reservas. Por tercer partido el lateral derecho no tuvo dueño. Ni Belsué ni Otero, López se ganó el puesto en esta ocasión tras su exhibición como central contra Francia.

El retorno de Nadal permitió a Clemente alinear su clásico mediocentro físico, con la dupla formada con Hierro. En gran medida, esta seguridad permitió que por primera vez jugasen los dos extremos, dando un cariz atacante, quizá el mayor posible, al combinado nacional. Amavisca y Manjarín sustituían así a dos de las estrellas del equipo, Caminero y Luís Enrique, que pocas veces habían dado con sus huesos en la banca. Kiko, tras su influyente debut, jugó de inicio para servir a Pizzi, que se asentaba tras su sanción. El partido fue muy bueno por ambas partes. Tramos de dominio para cada uno y peligrosidad tanto en la meta de Zubi como en la defendida por Prunea.

Por primera vez España comenzaría ganando, con un tempranero gol de Manjarín. Pero por tercer encuentro necesitaría marcar para conseguir el objetivo. Raduciou empató la contienda en el minuto 28, lo que obligaba a los españoles a hacer un segundo gol si pretendían pasar de fase. Francia, por su parte, daba una lección de integridad a Europa y echaba una mano a sus vecinos, venciendo por un gol a tres a Bulgaria y ahuyentando los fantasmas de un posible empate pactado que clasificaría a ambas.

Pero el empate no llegaba. Como en el anterior encuentro se conseguiría agónicamente, a sólo cinco minutos del pitido final. Y nuevamente, gracias a los cambios. Alfonso sustituyó a un Pizzi poco acertado. Amor entró por Abelardo mediada la segunda parte, pasando Nadal a la defensa. Guerrero volvía a jugar, saltando al campo cinco minutos después que Guillermo, ante la floja participación de Amavisca. Esta vez, a diferencia del debut, la calidad esperaba su momento, fue usada y acabó por decidir. La aportación de los dos primeros cambios fue determinante. Amor daba la victoria a la selección española en el 84´, tras trece tiros a puerta que parecían no servir de nada. España estaba clasificada como segunda de grupo. Esperaba en cuartos de final la anfitriona, la Inglaterra de Gascoigne y Shearer.

Un nuevo empate, y a casa en cuartos

Inglaterra 0-0 España (22 de junio de 1996, Wembley-Londres)

Inglaterra, en 4-4-2: Seaman; G. Neville, Adams, Southgate, Pearce; Platt, Anderton, McManaman, Gascoigne; Sheringham, Shearer

España, en 5-2-2-1: Zubizarreta; Belsué, Alkorta, Nadal, Abelardo, Sergi; Hierro, Amor; Manjarín, Kiko; Salinas

Inglaterra venía exultante, tras ganar todo lo jugado, golear por 4-1 a la potente Holanda de Guus Hiddink y Dennis Bergkamp, y contar con un público absolutamente entregado. Éste, pensaban, sí sería su año. Paul Gascoigne sumaba exhibición por partido y Shearer era capaz de marcar goles casi involuntariamente (acabaría de máximo artillero con cinco). Terry Venables parecía haber dado con la tecla: orden atrás, talento arriba y la pasión transmitida por el ambiente que lo amasaba todo. El mediocentro que equilibraba el mágico ataque de Gascoigne, Paul Ince, faltaba, por acumular tarjetas. La primera pata, el orden, sin duda se resentía.

Clemente volvió a adecuar el dibujo. En esta ocasión fueron cinco defensas, prescindiéndose de la banda izquierda. Nadal retrasó su puesto para ejercer de líbero, actuando Alkorta y Abelardo de centrales, pendientes del dúo británico ofensivo. Belsué regresó a la titularidad y Amor al mediocentro. Caminero y Luis Enrique siguieron esperando su momento y en la vanguardia se mantuvieron Kiko y Manjarín, siendo Salinas quien desbancó a Pizzi.

Paradójicamente, el once más defensivo posible, el de mayor repliegue y salida, fue el que más dominó al rival. En gran medida gracias a un espectacular Sergi Barjuán, que por el flanco izquierdo hacía de defensa, de constructor y de percutor arriba. Fue el mejor jugador del partido y el mejor lateral del torneo. A pesar del ambiente, que quemaba, España no se amilanó, jugó su mejor encuentro y uno de los más bonitos del campeonato pese al resultado. Inglaterra tenía pólvora. Shearer estuvo a punto de batir a Zubizarreta, pero falló incomprensiblemente bajo palos en la ocasión más clara de las generadas. Los estilos, las propuestas eran similares. La pelota cayó del lado español pero las ocasiones se sucedían con gran ritmo en ambas porterías.

Saltaron al verde Caminero, Alfonso y López por los peninsulares. Venables aguantó a sus titulares hasta el final y sólo realizó las sustituciones cuando el partido necesitó dos mitades más. Barmby, Stone y Fowler se despojaron del peto y formaron un nuevo ataque, dejando a Shearer como único superviviente. Hubo varios conatos de penalti, pero no llegaron los goles, ni en los 90 minutos ni en las ampliaciones. A Julio Salinas le fue anulado uno por fuera de juego inexistente, eso sí. El Gol de oro tampoco se dejó ver y Marc Batta hizo sonar el silbato que indicaba, ahora sí definitivamente, el final del cuero en movimiento.

Con el 0-0 se llegó a los drásticos lanzamientos de penalti. Ni Seaman ni Zubizarreta, porteros de estilo ortodoxo y tradicional, en los que primaba la colocación y el liderazgo sobre los reflejos, ofrecían reales garantías. Quizá David Seaman algo más. Zubizarreta no pudo detener ninguno, marcando sus disparos Shearer, Platt, Pearce y Gascoigne. Seaman tampoco estuvo excelente, pero Hierro en el segundo chut, lanzándolo al travesaño y Nadal en el cuarto y definitivo, que repelió el portero inglés a su izquierda, dejaron en nada los anotados por Belsué y Amor. 4-2 y de vuelta a casa.

“Cuando jugamos bien, nos eliminan. Nos pasó e Méjico, Italia y Estados Unidos, y nos vuelve a pasar”  Julio Salinas.

“Me voy con la satisfacción de haberlos barrido. Por desgracia vuelvo a casa, como en Estados Unidos, tras un gran partido” – Javier Clemente.

Inglaterra caería en semifinales contra la victoriosa Alemania, desde los once metros, siendo éste el mismo desenlace que esperaba a Francia en la eliminatoria paralela. Los hermanos Laudrup no pudieron evitar que la vigente campeona Dinamarca acabase fuera a las primeras de cambio, dejando el pase del grupo D a dos buenos combinados, el de Portugal con las figuras de Figo o Rui Costa y una Croacia donde Boban, Suker y Boksic seguían sin perder la ilusión ganada dos años antes.

Pero la gran decepción fue Italia. La actual subcampeona del mundo entrenada por Sacchi, que con una plaga de futbolistas de primer orden internacional como Maldini, Costacurta, Albertini, Di Livio, Del Piero o Zola no pudo clasificarse en el grupo C, quedando únicamente por delante de Rusia. Precisamente ese grupo resultó ser el más potente, al pasar de fase las, a la postre, dos selecciones que se disputarían la copa en una duelo de infarto.
La buena Alemania dirigida por el ex jugador teutón Berti Vogts ganaría en la final a la revelación del torneo, la República Checa de la generación de Nedved, Berger y Poborsky.

Un suplente, hasta entonces poco valorado, llamado Oliver Bierhoff anotaría los dos goles alemanes, el que empataría el partido y el que realmente, y no por su denominación, valió oro, que daría el 2-1 definitivo, permitiendo así que otros míticos veteranos como Kopke, Sammer, Hassler o Klinsmann levantasen el merecido trofeo. La de Inglaterra fue una Eurocopa poco goleadora, pero sin lugar a dudas dejó una variedad de momentos, detalles y sensaciones indelebles en la Historia. Entre ellos, el haber visto a la mejor selección española de la era Clemente.

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