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Eso que llamamos “deportes minoritarios”

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Los “deportes minoritarios” merecen todo nuestro respeto y consideración, empezando quizá por plantear si es correcta su propia denominación. Por convención social, para entendernos, solemos utilizar esta expresión, pero ¿reparamos en cuál es su verdadera definición? ¿Qué significa “deporte minoritario”? ¿Cuáles son los rasgos distintivos que permiten discernir entre lo que es mayoritario y lo que no? ¿Se trata solo de algo numérico? Y si es así, ¿en qué ámbito? ¿O directamente tiene que ver con la cultura deportiva de cada territorio y, por tanto, es un concepto relativo y cambiante? Veamos.

Si acudimos a los diccionarios DRAE y CLAVE, la voz “minoritario” es un adjetivo que aparece con dos acepciones principales: ‘perteneciente o relativo a la minoría’ (‘en un todo, parte menor de sus componentes o miembros’) o ‘que está en minoría numérica’, es decir, estaríamos hablando de aquellos deportes que son practicados por poca gente. Por tanto, teniendo en cuenta este criterio, no podrían ser considerados como “minoritarios” deportes como el voleibol, uno de los que cuentan con un mayor número de licencias federadas del mundo, o el atletismo, cuya federación internacional (IAAF) integra 212 federaciones nacionales, 3 más que el número de asociaciones que tiene la FIFA.

Puede, de hecho es lo más común, que lo más minoritario aquí no lo sea en otro país; es, en cierto modo, un concepto ligado a la cultura deportiva de cada territorio, a la tradición y raigambre que tenga una disciplina en la historia de cada sitio. Así se explica, por ejemplo, que en España el waterpolo, pese a los notables éxitos internacionales conseguidos en las últimas décadas, se encuentre dentro de la Federación de Natación, mientras que en otros países como Australia o Serbia tengan organismo federativo propio. Igual acontece con el fútbol sala, que en España, potencia mundial de la disciplina, tiene rango oficial de especialidad al encontrarse dentro de la Real Federación Española de Fútbol, mientras que en otros como Brasil ambos deportes están claramente diferenciados dentro de sus respectivas confederaciones.

Y si nos centramos solo en España y atendemos al criterio numérico que marca la definición de los diccionarios, ¿por qué el ciclismo o el tenis no tienen la consideración de “minoritario” si en realidad, y según los datos oficiales del Consejo Superior de Deportes correspondientes a 2014, poseen menos licencias federadas que modalidades como el judo o el montañismo? La definición del diccionario resulta así insuficiente para delimitar el concepto que nos ocupa, ya que este se refiere más bien al grado de percepción social y cultural que tiene un deporte u otro en la medida en la que aparece, con mayor o menor frecuencia, en los medios de comunicación. De esta forma, la catalogación de “minoritario” solo tiene en cuenta el deporte de élite o de alta competición y se olvida de las estructuras federadas en su conjunto, muy especialmente del deporte de base. No necesariamente tiene que ser lo menos practicado aquello que no es visible mediáticamente.

Sabido es que las modalidades de las que más se ocupa el periodismo son el fútbol y, en su segundo nivel de prioridades, automovilismo, motociclismo, baloncesto y tenis. Luego el ciclismo y, en función de la celebración de las competiciones, golf o balonmano. ¿Y el resto de modalidades? Salvo contadas excepciones, sobre todo en los Juegos Olímpicos, donde se anhelan medallas independientemente del deporte del que se trate, están infrarrepresentadas, muy por debajo de la importancia de los resultados y éxitos conseguidos. Esto, por un lado, impide que sean conocidas por parte del gran público y, por otro, que deportistas y clubes ‘invisibles’ tengan más complicado promocionarse para acceder a apoyos oficiales o espónsors privados.

Por todo ello, decir “deporte minoritario” resulta impreciso al no definir con exactitud a ese elevado número de modalidades (la mayoría de las 66 que tienen federación propia en España) que, a pesar de no salir a menudo o casi nunca en los programas y páginas de Deportes, cuentan con un número considerable de licencias y clubes, incluyendo las categorías de edad inferiores, así como una masa social de aficionados que está detrás luchando también por lograr una mayor atención. No es extraño que esos colectivos de deportistas, técnicos, árbitros o seguidores puedan sentir que bajo esa denominación que habitualmente empleamos los periodistas subyace un matiz de minusvaloración o, al menos, de falta de reconocimiento.

Más recientemente algunos medios y periodistas han comenzado a emplear como alternativa la expresión “deportes emergentes”, que borra ese matiz ligeramente despectivo y con el que se trata de definir mucho mejor la esencia de estas modalidades. A este respecto, los diccionarios señalan “emergente” como aquello ‘que destaca o sobresale’ o ‘que nace, sale y tiene principio de otra cosa’. Desde luego, en los últimos años los éxitos en deportes menos habituales en los medios han sido numerosos y, en el caso del deporte practicado por mujeres, la progresión ha sido sobresaliente en competiciones internacionales de balonmano, waterpolo, natación, fútbol o rugby, junto con otras más modalidades consolidadas como el baloncesto.

En este sentido, podría considerarse como apropiada esta expresión especialmente en aquellos deportes donde de pronto se cosechan éxitos, con suerte sonados, y se va abriendo camino a generaciones venideras gracias a la aparición de deportistas excepcionales, como el caso de Carolina Marín en bádminton y como en su día lo fueron Ángel Nieto o Severiano Ballesteros. La historia del deporte y, con ella, el lenguaje están por escribirse.

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