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Escudo y sentimiento para conquistar la salvación

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El valencianismo languidece en el filamento. Sufre ataques de ansiedad cada vez que mastica la situación que vive su equipo esta temporada. Entra en convulsión cuando 1986 aflora en la memoria. Como el que tiene pánico a las aglomeraciones o a los espacios reducidos. Es sabedor de la desidia que le rodea deportivamente desde el pasado verano y consciente del pésimo grado de actuación de su máximo accionista. Lo distingue, sí. Aun siendo todo extremadamente angustioso. Ver el bochorno y el encogimiento en la cara de compañeros de trabajo, amigos o familiares a los que el escudo les parte el alma es motivo más que suficiente para echarlo todo por el sanitario. Pero no pueden. Sienten el Valencia CF como parte de su vida, se trata de un fragmento de corazón, un sentimiento que, ahora, les impide cenar, reír o conciliar el sueño. Partido tras partido evidencian que ni el entrenador ni la mayoría de los futbolistas son dignos de portar ese murciélago, el suyo, en una camiseta manchada día sí y día también. Y por si era poco, el descabello en Barcelona acabó por enterrarles el orgullo y avivarles la vergüenza ajena. Una humillación que no se acomodaba en el sofá de sus casas desde el 2 de noviembre de 1993 en Karlsruhe. Aquella tarde de Telecinco.

El Valencia lleva 12 partidos sin ganar en Liga, nueve con el británico de entrenador, o lo que viene a ser lo mismo, más de tres meses sin levantar los brazos tras el pitido final. Una minoría de la afición considera que el camino para el cambio es el insulto y la descalificación a los jugadores, han vuelto las guerras intestinas, los ataques de importancia y la inmolación desmembradora. Todo muy propicio para la autodestrucción. El clima social es un auténtico vertedero. Y con todo ello, el Espanyol inspecciona Mestalla el próximo sábado con media permanencia en juego. Ya vendrá el tiempo de quirófano y bisturí, ya llegará el momento de exigir responsabilidades, si se logra lo que desde hace muchas semanas es el objetivo -aunque les haya costado a algunos- ya se dispondrá de muchas horas para inmiscuirse en la búsqueda de soluciones. Ya se gritará a Peter Lim para que cambie el nefasto, nocivo y trágico modelo deportivo. Todo eso ya comparecerá.

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Ahora es momento de pensar en el escudo, en los 97 años de historia, en Puchades, Claramunt, Mestre, Mundo, Kempes, Ayala, Baraja o Villa. Seguro que ellos disfrutarán, algunos desde el firmamento, si se coge el remo con determinación. Es período de manos entrelazadas, de empuje, de aliento y familiaridad. Solo desde la alianza se puede voltear una situación más que delicada. Es minuto de convicción, de saber que #ElValenciaSiempreSeLevanta y arrastrar ese espíritu al teatro de los sueños de la Avenida de Suecia. Llegó el día del abrazo colectivo. Afición, medios de comunicación y futbolistas han de respetar y honrar un club histórico que como reza su himno “es un equip de primera”. No hay otro sendero que el de la unión para salir del matadero. Desde ahora y hasta final de temporada el valencianismo ha de aparcar las guerras de guerrillas y centrarse en esas franjas verticales rojas y amarillas con un cuero central que reposan bajo un manto horizontal azul y donde, desde el minarete, son vigiladas por un sempiterno murciélago con ganas de volar de la zona peligrosa.

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Mestalla ha de estar hasta la bandera, tiene que ser esa caldera de las grandes noches, un infierno para todos los rivales donde no haya un asiento libre. El jadeo y resuello de cada uno servirá para que los protagonistas desbloqueen sus miserias y rompan las cadenas mentales que les mantienen atenazados. La confianza es muy importante para ganar partidos y cambiar dinámicas. Y ese empellón lo ha de conseguir su gente desde la grada. Llego la hora de la verdad, el tiempo para valientes. Bramar unidos es el único antídoto para combatir el miedo y lograr la salvación. ¡Amunt Valencia!

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