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Esas cosas (vergonzosas) del fútbol

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Por alguna extraña razón, en un estadio de fútbol, ya sea de categoría regional o de una liga de la élite balompédica mundial, se aceptan comportamientos que son inimaginables en otro entorno social. Nadie imagina a un cliente insultando al panadero porque la baguette está poco horneada, pero es habitual ver a un hombre adulto insultando gravemente al árbitro ante la atónita mirada de su hijo, que será reprochado en su casa si escupe algún vocablo malsonante durante la cena. En un partido de fútbol base, algunos padres, alarmantemente enfurecidos, lanzan todo tipo de improperios hacia el colegiado, jugadores del equipo rival e, incluso, al entrenador de su propio equipo si toma una decisión que ellos consideran incomprensible. Esos padres, que no tienen título de entrenador ni experiencia como monitores, dan lecciones de cómo debe dirigirse un equipo desde la impunidad que regala el recinto deportivo. Y lo que es peor, están lanzando un mensaje inequívoco a sus hijos: todo está permitido alrededor del campo de fútbol. Ahí, en la base del fútbol, en los cimientos de la educación, los valores deportivos crecen viciados.

En los grandes escenarios, gracias al anonimato que ofrece la multitud, la valentía de unos cuantos crece exponencialmente.  Se pueden escuchar insultos graves sin fundamento hacia la mujer de un futbolista, desear la muerte de algún familiar de un jugador rival, recordarle a un futbolista su sanción por dopaje eternamente o entrometerse en un proceso judicial de supuesta violencia de género. Dicen algunos que hay que apechugar con eso, que eso ya entra en el sueldo de los profesionales, que no se puede privar a la afición de mostrar lo que piensa, que ‘son cosas del fútbol’.

Una de esas ‘cosas del fútbol’ que tanto defienden los adalides del todo vale son las muestras públicas de racismo. Samuel Eto’o encendió la mecha del debate el día que, harto de sufrir vejaciones de tipo racista, amenazó con abandonar el Estadio de La Romareda. En una reciente entrevista, el camerunés recuerda aquel incidente: ‘Cuando quise marcharme del campo, Ronaldinho y Deco me dijeron que si yo me iba, ellos también. Entonces Rijkaard me hizo ver que si esa gente había pagado para ver jugar a unos monos, vamos a enseñarles qué bien juegan los monos al fútbol. El árbitro estuvo impresionante, increíble. Dijo que si yo no estaba en disposición de seguir, se paraba el partido’.

Aquel gesto de Eto’o no fue una reacción baladí. Fue la semilla de la lucha frente a la lacra del racismo. Muchos profesionales del fútbol se han se han rebelado frente a estos comportamientos inadmisibles.

El guineano Kevin Constant, entonces en el AC Milan, decidió plantarse después de escuchar los insultos racistas por parte de un sector de los aficionados del Sassuolo. Hizo lo propio Roberto Carlos cuando jugaba en el Anzhi ruso y le lanzaron varios plátanos desde la grada. Otros como Dani Alves o el camerunés Carlos Kameni decidieron tomárselo con buen humor, pelando el plátano y dándole un mordisco, dejando en evidencia a quien intentó ofenderles sin éxito.

Cada jugador reacciona de manera diferente ante esta misma situación. Yo mismo soy un exponente claro del tipo de jugador, alejado de  los grandes focos mediáticos, que ha recorrido campos de hierba artificial a lo largo y ancho de la zona mediterránea de este país.  En uno de esos partidos, en la provincia de Valencia, me ocurrió algo inesperado. He sufrido varias agresiones verbales racistas, pero ninguna como aquella. Un nutrido grupo de aficionados de un club que no mencionaré por respeto a la entidad, se aventuró a proferir gritos de mono cada vez que mi compañero, colombiano, o yo mismo tocábamos el balón. Así durante toda la segunda parte. Mi compañero, con larga trayectoria profesional en la élite, ni se inmutaba. Así que decidí tomar ejemplo y seguir a lo mío. En una jugada, mi compañero y yo cruzamos las miradas y nos sonreímos incrédulos por lo que estábamos viviendo. No se me ocurrió otra cosa que decirle en tono de broma: ‘Hermano, tú eres más negro que yo. Esos gritos van para ti.’ Se rio a carcajadas. Nos reímos juntos. Entonces lo entendí: el problema lo tiene el que insulta no el que tiene la piel más oscura. En ningún momento se me ocurrió tomar cartas en el asunto, porque  no ofende quien quiere, sino quien puede al fin y al cabo. Pero pude haberme plantado y estoy convencido que todos me hubieran arropado.

En la mayoría de casos, el futbolista agraviado recibe el apoyo de su entorno. Sin embargo, el pasado fin de semana se vivió una escena doblemente lamentable. Emmanuel Emenike, delantero nigeriano del Fenerbahçe mandó fuera un mano a mano ante el portero rival. Su propio público empezó a increparle de manera ostensible. Esos reproches desembocaron en gritos racistas hacia el jugador, que ya había sufrido esa situación durante su estancia en el fútbol ruso. Emenike decidió que su aportación al Fenerbahce se había terminado y decidió abandonar el terreno de juego. Entonces se produjo algo aún más grave. El cuerpo técnico, lejos de dar el apoyo moral que su futbolista necesitaba, le obligó a volver al terreno de juego en un gesto carente de solidaridad y empatía. Siguió Emenike deambulando sobre el césped hasta que terminó la primera parte. Ya no salió en la segunda. El cuerpo técnico del Fenerbahce no lo había entendido, pero la paciencia de Emenike se acababa de agotar. El nigeriano vivió, otro vez, esas cosas (vergonzosas) del fútbol.

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