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Entre incongruencias y volantazos, mucho vértigo

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Empecemos por lo que sabemos. El FC Barcelona ya no corona la cima mundial. Ya no entretiene como antes, pese a que las estadísticas de asistencia al estadio sean ligeramente superiores a las de las dos últimas temporadas. Xavi e Iniesta, por mucho que sean leyendas y futbolistas venerados por la afición, ya no están física y mentalmente para vertebrar uno de los mejores equipos del mundo. Son complementos de oro, pero no vigas robustas porque, de lo contrario, el conjunto azulgrana seguiría impartiendo cátedra y no habría bajado del pedestal. El argumento manido de “el equipo mejora cuando Xavi entra en la segunda parte” es tan recurrente como sesgado. Y eso no quita que sea un jugador importante y que contribuya a fraguar un Barça todavía mejor.

Luis Enrique ha aterrizado con gesto torcido y desafiante, y no ha parado de dar volantazos en las alineaciones. Antes, el equipo azulgrana era un paisaje armónico, colorido y acompasado, cultivado por los centrocampistas. Ahora, se mueve por terrenos abruptos y pedregosos, que propician un juego escalado, vertical, de riesgo, sólo apto para funámbulos del balón (Messi y Neymar), y depredadores capaces de adaptarse a terrenos inhóspitos y sobrevivir donde apenas germina el fútbol verde (Suárez).

Sigamos. El club se perpetúa en la inestabilidad institucional y la falta de legitimidad de la directiva. La política de fichajes ha vuelto a ser errática y se ha movido entre fiascos de rendimiento inmediato como Douglas y Vermaelen, y aciertos de respuesta rápida y fiable como ter Stegen y Bravo. Rakitic, el símbolo de la supuesta transición, aguarda la confirmación de su rol como patricio o plebeyo. Fichar a Suárez no entra dentro del acierto. Si el poder adquisitivo lo permite, es un fichaje de videojuego, al alcance de cualquier aficionado con una mínima noción.

Más elementos para radiografiar al Barça actual: Dani Alves es un lastre, un futbolista calamitoso que cuenta por escasos sus aciertos y por incontables sus errores. Además, la mayoría de sus acciones culminadas con éxito (pocas y casi todas irrelevantes) es fruto de la acumulación, es decir, de las posibilidades infinitas que tiene de poner centros o asistencias, dado que se pasa los partidos actuando como extremo, en un equipo como el Barça que maneja posesiones del 70-80%.

Y lo más grave es que Alves sigue como titular después del recital que dio Bartra como defensa derecho (y lateral en la segunda mitad) ante el PSG. Bartra es más intenso, sacrificado, enérgico y comprometido que el brasileño. Comulga con unos colores. Además, su aportación defensiva es superior, así como también su juego aéreo e incluso su facilidad para entregar el balón. Pero Bartra es otro de los expedientes X del Barça, un jugador que nunca termina de afianzarse con ningún técnico, pese a rendir de forma notable en todas sus participaciones.

Es un caso digno de estudio. Como también lo es la repentina desaparición de Sandro Ramírez del primer equipo, y más teniendo en cuenta sus cifras y brillantes aportaciones como revulsivo. Y, para más inri, quien sí sigue convocado es su compañero del filial, Munir El Haddadi, diluido tras su primera aparición fulgurante ante el Elche (incluso, ante el Córdoba, Luis Enrique no aprovechó el tercer cambio ni para meterlo en el terreno de juego con 4-0 a favor). Si seguimos ahondando en las incongruencias que dejó ese partido, debe recalcarse que Douglas y Bartra se quedaron en la grada, y Montoya, defenestrado toda la temporada por Luis Enrique sin saber demasiado bien el porqué, fue titular tras su “recital” ante el Huesca.

Aun así, y pese a las críticas realizadas (algunas de ellas incontestables), el partido ante el PSG permitió apreciar una versión del Barça que invita a la confianza. Principalmente, porque jugaron con una pasión inusitada, demostración poco visible en las últimas temporadas funcionariales. Se percibió pasión, mordiente y voltaje en el estadio. Y esto, unido al fervor y talento infinitivo del trío maravilla, dejó un poso de convencimiento de que el Barça opta a todo. Eso sí, un poso no compartido de forma unánime por la afición, dividida y a vueltas con el estilo. Y dejó otra conclusión: el Barça será lo que Messi quiera, pero ésta ya la conocíamos.

Este Barça no será el equipo más armónico, ni más dominador, ni más regular. Pero si Luis Enrique encuentra la senda y perfecciona sus diferentes variantes, el conjunto azulgrana mejorará su ejecución y permanecerá más o menos fiel al estilo que le permitió gobernar. Porque seamos sinceros, para jugar exactamente como antes, se debería alterar el reloj biológico de Puyol, Alves, Xavi e Iniesta o tener otros futbolistas que permitan imprimir las mismas dosis de presión, ambición, voracidad y velocidad en la circulación, además de talento superlativo.

Como esto no es posible ahora mismo, el único camino que queda es explorar la imprevisibilidad, promover la intervención y optimizar los recursos de la plantilla sin alterar demasiado la esencia. Lo que precisamente plasmó Luis Enrique ante el PSG, sin haber practicado antes el dibujo (imaginaros si se practica). Ése es el camino, convincente, apasionado y también atractivo. Lógicamente, con necesidad de ser mejorado y perfeccionado a propósito de tender a la excelencia.

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