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El Valencia reserva billete para cuartos de final

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Domingo ORTIZ – Trabajo hecho. O casi liquidado. El Valencia fue un martillo pilón para el Ludogorets durante los noventa minutos. Un moscardón incómodo en época estival que genera irritación en quien solo piensa en aplastarlo. El zurriagazo de Barragán nada más comenzar, la delicatesen entre Alcácer y Fede en el segundo y Senderos de cabeza tras la pizarra de Pizzi, dejan más que encarrilados los octavos de final de la Europa League. Incluso jugando con 10 más de una hora tras la expulsión de Keita. El malí atropelló dentro del área con rueda gorda de tractor y el francés Clement Turpin no dudó en señalar el punto fatídico y la roja directa. Interpretó que era ocasión manifiesta de gol pero el castigo fue excesivo. Pero emergió y prorrumpió Alves con su especialidad. Otro penalti parado por el brasileño para engordar su currículum ya goloso.

“Mucho respeto” es lo que Juan Antonio Pizzi pidió a los suyos antes de salir al verde de Sofia. El Ludogorets estaba haciendo una temporada casi inmaculada y no quería sorpresas de ningún tipo. Caló el mensaje. Desde el primer momento el Valencia quiso ser protagonista con la pelota –uno de los puntos fuertes de los búlgaros- y se encontró de forma vertiginosa con el primer regodeo. En el cuarto minuto y, tras una falta lateral de Vargas, Barragán atacó la bola como si no hubiera un mañana. Con la confianza que ahora dispone, fue osado para no rumiarlo ni un instante. Su latigazo fue bárbaro y el cuero consciente del destino, de su arrumaco a la red. Se ponía todo de cara para un Valencia que era juicioso de lo importante que es anotar como visitante.

Sabedores los búlgaros de lo que supone encajar tan rápido, buscaron la portería de Alves sin descanso, aunque se toparon con varios muros de hormigón. Mathieu y Senderos marcaron ralla. Aun así, pasado el ecuador, Keita arrolló inconscientemente dentro de la grande y solo quedó el encomendamiento -otra vez- al instinto felino de Diego Alves. Bezjak lo lanzó abajo y el brasileño estuvo al corriente. Se arrastró, cual colúbrido, para atajar la posibilidad más seria del Ludogorets de conseguir el empate.

Pasada la media hora vino la acción más bella del encuentro. Vargas, Fede y Alcácer se pusieron el mono blanco y la gorra y creyeron conveniente que era el momento de sacar la paleta con la amalgama de colores. Decoraron con pintura acrílica, la utilizada en zonas húmedas como Sofia, decapantes y espátulas la primera mitad del Valencia. Comenzó con una doble pared entre el chileno y Cartabia y acabó con una asistencia asombrosa de Paco Alcácer. Fede, según vio llegar el esférico y sin mirar portería, giró con el único objetivo de llegar a empalarlo. Vaya si lo conquistó. Cruzó lejos de Stoyanov y dejaba los cuartos a punto de caramelo.


Fede Cartabia está firmando una Europa League espectacular | Getty Images

El Valencia tras el descanso tenía muy marcada su línea a seguir. Bien arropadito atrás y esperando alguna contra expedita o algún balón parado. Y así llegó el tercero y definitivo. La pizarra de Pizzi tenía anotada una jugada para dinamitar el choque. El balón peinado y prolongado por Mathieu al segundo palo lo esperaba Vargas impaciente. Éste vio a Senderos en el centro que solo tuvo que colocar el balón cerca del palo. 0-3 y a pensar en Anoeta.

Se igualaron las fuerzas tras la expulsión directa final de Juninho Quixada por una presunta agresión a Joao Pereira. La raza del portugués y su forma de interpretar el fútbol lo mantuvo más preocupado en trifulcas y actos vulgares que concentrado en el partido. Solo faltó la guinda del teatro. Este deporte es para pillos según defienden. Puede ser, pero el cuento es trampa y no me gustan los fulleros. Pudieron Vargas, Feghouli y Fede alargar la goleada, pero el partido murió con la hegemonía valencianista. Con la reserva del billete a cuartos y con las sensaciones intactas.

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