Copa del Rey

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El Valencia evita el drama en un homenaje al fútbol

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Una oda a este deporte. Un partido sumergido en el despropósito. Una noria de la que el espectador neutral jamás quiso bajar. Un delirio constante a golpe de corneta. Heroicidad y catástrofe, con tintes de comedia barata. Maldita dicotomía. O bendita. Para el Rayo fue una del oeste en la primera parte, siempre con Clint Eastwood y su rifle cargado. Para el Valencia, “En la hierba alta”, “La cúpula” o “El resplandor” de Stephen King. Tras el descanso, el Valencia fue la caballería anillista de Rohan (Rohirrim) antes de la bajada al Abismo de Helm y los de Jémez atrás el “Hostal Royal Manzanares” de Lina Morgan. Una bellísima demencia esquizofrénica que acabó con el conjunto de Nuno clasificado para los octavos de final de la Copa del Rey.

A Paco Jémez siempre le gustó el alambre. De cobre, aluminio o espino. Y en él se maneja como pez en el agua para desvariar lo que a priori parecía un guión bien escrito y estructurado por los de Nuno tras la victoria en Vallecas (1-2). Siendo crítico con sus planteamientos suicidas en muchos instantes, ayer hizo que el sombrero saliera de mi cabeza sin despeinarme el tupé. Bravo por su Rayito –de suplentes- que trastornó Mestalla al descanso (1-3). Había volteado en veinte minutos el gol inicial de Paco Alcácer y una eliminatoria que, tras la ida, en Valencia se daba por finiquitada. Jozabed de cabeza, un golazo de Pozuelo desde la frontal y el escurridizo Pereira dejaron al valencianismo sin aliento, al borde del ictus.

Nuno, por su parte, continuó sembrando dudas con la revolución innecesaria desde el comienzo. Una cosa es la demanda de mayores jugadores de los que viene manejando en Liga y otra ponerlos todos juntos y al mismo tiempo. Las rotaciones masivas suelen ser sinónimo de fiasco. Por no tener ritmo, por no estar conjuntados y por carecer de automatismos que solo se logran con la suma de minutos. Cambios sí, pero pocos y en cada partido. No esperando a cambiar de competición. Más allá de la decisión del entrenador, Filipe Augusto, Cancelo, Carles Gil o Vezo desaprovecharon su oportunidad para convencer al técnico de Santo Tomé. Algunos por estar desatinados individualmente, otros por carecer de nivel. Nueva demostración de que en el fondo del armario hay pijamas de verano y camisetas de manga corta. Prendas totalmente prescindibles a las puertas de Navidad. Se necesitan abrigos, chaquetones y cuellos altos. De ahí que la llegada de Enzo Pérez se haya convertido en indispensable y forzosa.

El gol de  Jozabed Sánchez (Rayo) que abrió el marcador en Mestalla.

Hasta ocho goles se vieron en el Estadio de Mestalla

El triple cambio de Nuno tras el descanso, peligroso pero sin tener otra opción por el desaguisado que había que solucionar, mandó a Filipe, Cancelo y Carles Gil al butacón de reflexión y a Negredo, De Paul y Piatti a la batalla con cascos, lanzas y escudos. Solo necesitó un minuto Negredo para demostrar que su profesión es la de futbolista, escandaloso por cierto, no solo la de goleador, y servir a Piatti un balón como me gustaría que lo hicieran conmigo con los langostinos o el cabrito en cazuela esta próxima nochebuena. Su tiro lo interceptó Morcillo pero lo coló en territorio prohibido. Golpe de fortuna para el Valencia. Tenían los blanquinegros toda la segunda mitad para hacer un gol más y clasificarse, pero Embarba, en otro desajuste charanguero de la defensa local, cruzó al palo largo sin que Yoel pudiese impedirlo. Cinco lanzamientos hizo el Rayo, contando el gol anulado a Pereira, cinco goles encajó el gallego. Es joven y tiene margen de mejora, pero estando vivo el Valencia en solo dos competiciones, Diego Alves es un seguro impagable. 2-4 y solo veinte minutos para el final. Pero era la noche de la chirigota, del aguaducho de frenesí e insensatez. Rodrigo, que cuajó hasta la pelada de cables su mejor partido con la camiseta del Valencia, cabalgó sin cadenas pegado a la cal. Su velocidad sirvió para introducirse en el área y presentar un regalo que De Paul consideró ser carbón. Pero allí anduvo Alcácer, siempre milimétrico en su estancia y con el segundero repicando, para volver a inundar de fe a los suyos. Sensacional encuentro del delantero de Torrent que exige a Nuno cualquier malabar táctico para convivir con Negredo en el once.

El desenfreno siguió, hasta el 95, pero la polémica irrumpió sin llamar a la puerta. Un salto de Mustafi con el portero del Rayo, Cristian, fuera del área, convirtió Mestalla en un inmenso manicomio. Rodrigo empaló a la red el cuero y destrozó de un puntapié el banderín de córner en la celebración. Los jugadores del Rayo se comieron al árbitro reclamando una falta que parece que existió. De lo que no hubo duda es del penalti de Vezo a Baena en los últimos minutos. El central portugués, en un acto temerario, arrolló al centrocampista vallecano de forma intempestiva. Jaime Latre, árbitro del encuentro, dejó seguir, privando al Rayo del lanzamiento y regalando una cesta navideña a los de Nuno. Con Cava. El que pareció beberse Rodrigo antes de la ida de olla. El puntillón fue demasiado soberano como para que el policía no le sacara la roja.

El Valencia sobrevivió a una noche de truenos, relámpagos y rayos en una de esas eliminatorias que suelen quedar grabadas a fuego. Para el goce del espectador objetivo y cabreo morrocotudo para el subjetivo. El Valencia ya espera rival en octavos, aunque antes deberá visitar el psiquiatra.

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