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El Valencia de la ‘Selectividad’ golpea la Champions

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A pesar del encargo emitido desde dentro del vestuario, era una final. Y se jugó como tal desde el estreno. Recordó al momento de la ‘Selectividad’, donde uno deja despeñar presión hacia fuera, restando importancia a un examen, conocedor que existen más posibilidades para que la nota media acabe donde se ansía. Pero nada más lejos de la realidad. En el interior se ilumina ese juramento por corresponder al esfuerzo en cada parada delante de un pupitre. Sabedor que se trata de una auténtica prueba que marcará el devenir universitario. Así funcionó el Valencia ante el Sevilla. Con dos partes diferenciadas en cuanto a ambición y matices pero unificadas en el convenio final: pasar a los de Unai Emery en la clasificación y colocarse en puestos de Champions League.

Me gustó el porte del Sevilla con el balón. Y su personalidad. Jamás vivió a merced del rival ni resquebrajó sus opciones de sacar algo positivo de Mestalla pero se encontró con un muro defensivo, liderado por un todavía no blindado Otamendi, y con un Valencia vertiginoso al espacio que supo cómo encarar el partido en cada momento. Sin duda, los de Nuno mostraron un mejor rostro tras el descanso porque decidieron llevarse los bártulos de su propia área y levantar el campamento en el campo sevillista. Ahí todos cohabitaron mejor. El aire ya no cegaba y el fuego alzado con piedras alcanzó a más gente. En el primer acto el Valencia regaló demasiado campo al Sevilla. Vivió en todo momento incómodo y atrincherado esperando el error hispalense. El tiempo está demostrando que ese modus operandi, sin ser motivo de desorden, no atañe a un equipo de la envergadura del Valencia. La ocasión entre Negredo y Rodrigo servida con un pase excelso con el exterior de un fuera de serie como André Gomes y el contraataque maravilloso que supuso la segunda cornada para el Sevilla, fueron los únicos bombeos sanguíneos en ataque que mostraron los blanquinegros en la primera mitad.

Jaime Latre se empecinó en no estar a la altura de un partidazo por la Champions. Ciertamente se presuponía que era un encuentro muy difícil de arbitrar pero sus errores de bulto sacaron de quicio a todos. Dejó de pitar un penalti a Otamendi tras agarrón, a Rodrigo a los veinte segundos de la reanudación y señaló tres penaltis en cuarenta y cinco minutos, dos favorables al Sevilla y uno al Valencia. Dato inusual e histórico en Mestalla. El primero a Negredo fue claro, como el de Cancelo a Vitolo. Pero el que metió al Sevilla en el encuentro fue el de Parejo sobre Diogo. El lateral sevillista se venció antes de que Parejo entrara en contacto con él. Engañó al colegiado y hurgó en la herida valencianista sembrando unas dudas que hasta ese momento eran cosas del Power8. No fue penalti, pero si lo pitó, pudo sacar la segunda amarilla a Parejo, como cuando éste fue a celebrar con la grada el segundo gol valencianista. De esa también se libró Dani. Bacca le ganó la ceremonia a Diego Alves en el primer penalti, pero el portero que es capaz de parar el 50% de las penas máximas desde que está en España le adivinó el segundo y le dejó clarinete que por estadística se puede meter uno, pero dos no. Otra vez salvador en un momento cumbre. De nuevo Diego Alves lo volvió a hacer.

Más allá de Latre, con mucha menos gracia que Carlos, la segunda mitad entre Valencia y Sevilla estuvo a la altura de lo esperado. Fue altamente vibrante y emocionante. De ida y vuelta. Las individualidades centellearon e irradiaron con mayor frenesí. Javi Fuego, con golazo incluido desde la frontal, estableció una conexión perfecta con Enzo Pérez en la medular. Sincronizados en basculaciones. El argentino, que dejó un regalo extraordinario a modo de asistencia a Parejo en el segundo gol, hizo grandes minutos en la sombra. Ésa que cobija y se agranda cuando aprieta el sol de cara pero que parece insignificante cuando no se necesita. La misma paciencia que pido con Enzo la pedí con Rodrigo por la certeza de estar ante un fabuloso pelotero. Y va cogiendo forma.

El hispano-brasileño fue una culebrilla incisiva para los de Unai, partiendo desde la punta de lanza pero sorprendiendo con sus caídas constantes a ambas bandas. De ahí nació la bicicleta previa a la asistencia a Fuego. Tuvo tres ocasiones clarísimas y falló en la decisión final de pase a Negredo, pero no ha de ensombrecer su fantástica actuación. Hoy en día es el jugador más desequilibrante del equipo. Junto a Gayà. El ‘xiquet’ se está haciendo mayor. Inmenso su despliegue arriba y abajo durante todo el encuentro. Le sobró la entrada a Krychowiak aunque buscase el balón. El Valencia, una vez renovado a Paco Alcácer hasta 2020 y aumentado su clásusula hasta los 80 millones de euros, tiene la urgencia máxima de hacer la misma operación con el expreso de Pedreguer.

En el Sevilla, Deulofeu y Banega, siguieron dotando de velocidad y criterio en cada acción. Fueron los artífices de que el Sevilla no se desmoronase y continuase de pie a pesar de ir con 3-1. Eso y el poco tino de los delanteros valencianistas. Negredo volvió a no marcar pero sí a ser un manantial de prestaciones para su equipo. Un escándalo. Como el partido del capitán Dani Parejo desde la calma y el temple -con dos goles- y el guapo de la zancada poderosa. André Gomes es caviar de beluga. O de Riofrío. Con el tiempo mejorará sus desconexiones, pero cuando aparece es para dejarte la baba colgando del labio. El Valencia tiene oro blanco con el portugués. ¡Qué clase!

Al final, los puestos que dan acceso a la Liga de Campeones estarán bregados y combatidos porque el Valencia rivaliza contra muy buenos equipos, como lo es el Sevilla. El partidazo de ayer bendice nuestra Liga y clarifica que cuantos más equipos le planten cara al poder establecido, mejor nos irá a todos. Los de Nuno agrietaron la mesa con la victoria de ayer y ya son cuartos. A pensar en otra final. Competir y ganar fuera. En casa de un rival que borrarías definitivamente para la pelea europea. Málaga será otra asignatura de la ‘Selectividad’.

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