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El último 10 xeneize

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Si alguien quiere escribir mi biografía

no hay nada más sencillo.

Dispone de dos fechas solamente:

La del día en que te conocí

y la del día en que te fuiste.

Lo que ocurriera antes, lo olvidé.

Lo que suceda ya, carece de importancia.

Epitafio del enamorado, Juan Bonilla

 
 

Nico MEDIAVILLA | Era un domingo cualquiera. Sin campeonato como es habitual en verano, las únicas preocupaciones del argentino futbolero medio eran la playa, la pileta, el asado y algún que otro partido interesante de alguna liga europea. Todo indicaba que iba a ser un domingo más en la historia de los largos veranos ausentes de fútbol donde el mejor quiebre de cintura lo podíamos ver esquivando a una suegra de algún mandado, la mejor simulación era hacernos los dormidos para no jugar con hijos/sobrinos a las paletas y la charla más intensa no era la del entrenador en el entretiempo del partido de nuestro equipo, si no la de un cuñado cualquiera calentándonos la oreja en la parrilla, lugar de culto del cual no podíamos escapar.

Todo apuntaba a que así como empezó el día, acabaría, sin pena ni gloria pero no fue así. Caía la noche y en entrevista para ESPN, uno de los mitos en activo del futbol argentino, dueño de un palmarés envidiable y poseedor de una magia y un tempo de otra época, anunciaba su retirada del futbol a los 36 años, con 591 partidos y 148 goles a sus espaldas, dejando helado a todo aquel que se iba enterando de tal desgraciada noticia.

Se retiraba en Argentinos Juniors y no en el club de sus amores por discrepancias con la directiva boquense actual. Sintió que le debía una al club que lo vio nacer cuando volvió y como ya estaban en paz se va. “No puedo jugar en contra de Boca” afirmó en sus últimas declaraciones.

Posiblemente el último 10 de Boca, y tal vez del fútbol mundial, el que justificaba la frase de “la pelota siempre al 10”, el que te tiraba un caño tanto en un partido intrascendente como en un partido decisivo frente a River por la Libertadores (si no pregúntenle a Yepes), el que veía más allá de lo que el ojo de cualquier jugador/aficionado veía y te ponía la pelota para que la empujes y celebres, el que acariciaba la pelota, la mimaba, la trataba con suavidad y dulzura, colgaba los botines.

De repente los enamorados de Román tenían la sensación de que su primer amor les estaba rompiendo el corazón. De repente los detractores no eran tan detractores…

Y es que la figura de Román siempre vino acompañada de antagónicos. Riquelme es al fútbol lo que Borges es a la literatura. A Borges o lo amas o lo odias. O te lees hasta lo que escribió en una servilleta o saltas en defensa de María Kodama (la Yoko Ono argentina) al oír pronunciar el nombre del artista. Hay quien afirma que si no te gusta Borges es que no estás preparado para entenderlo. Lo mismo pasa con Juan Román…

Esa especie en alto riesgo de extinción, esos jugadores del siglo pasado, poseedores quizás de la verdad más absoluta, iluminados desde el momento que compartieron vestuario con leyendas tales como Diego Armando Maradona o Enzo Francescoli, jugadores e hinchas a la vez, se nos agota. Y para los que amamos el fútbol eso es sinónimo de tragedia. Nos abandona Román y nos sentimos un poquito más huérfanos.

Llegaron despedidas de todo el mundo. Compañeros de equipo, de selección, admiradores, mitos del fútbol y hasta enemigos dentro de la cancha quisieron homenajearlo con un mensaje, una foto o un gesto de admiración. Nada es suficiente. El día de mañana seremos conscientes de lo que hace un par de días acabamos de perder. Tendremos que recurrir a YouTube para demostrarle a nuestros hijos que existía un fútbol diferente en nuestra época y con la mirada más nostálgica les diremos: “Yo vi jugar al último 10… Yo vi jugar a Juan Román Riquelme”.

#GraciasRomán

 

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