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El Shaarawy, auge y declive del efímero faraón

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Corría el 4 de noviembre del año 2011 de nuestra era y el todavía imberbe egipcio -al menos de origen, puesto que nació de madre alpina en la costa ligur- se presentó en sociedad en el prado de San Siro. Precisamente a causa del infortunio de otro joven conocido como Pato y que, casualmente, ya estaba recorriendo un camino singularmente paralelo al del aquí protagonista, Massimiliano Allegri dio la alternativa ante su gente a Stephan El Shaarawy.

Aunque ya había asomado la cabeza tres días antes en la sureña ciudad de Parténope y había superado con notable éxito -solo faltó la promoción a la élite- su curso de aprendizaje durante el anterior año al otro lado de la llanura padana, en Padova, su nombre empezó a resonar ya con fuerza entre el pueblo rossonero desde ese día. Asistido por ese hombre, a veces mago, a veces bufón, llamado Antonio Cassano, el nombre de El Shaarawy fue por primera vez coreado al, con su pie derecho, enviar un simple balón, no sin cierto suspense, a una red.

Su formación pareció completa al final de esa temporada, transcurrido día tras día junto a maestros mundialmente reputados como Filippo Inzaghi, Zlatan Ibrahimovic, Clarence Seedorf, Alessandro Nesta, Gennaro Gattuso, Gianluca Zambrotta o Thiago Silva. La abrupta marcha de todos ellos en aquel verano de 2012, que supuso el inicio de un decadente letargo del que la nación de la bandera roja y negra todavía no se ha despertado, obligó al pequeño El Shaarawy a dar un paso el frente. Por aclamación popular, fue nombrado faraón.

 

Pese a que las cosas no marchaban todo lo bien que por su Historia deberían ir, dadas las importantes bajas, el pequeño faraón sostuvo la moral y el tesón de sus compañeros a base de conseguir metas decisivas, hasta 14 en apenas cuatro meses, los últimos de ese, por lo demás, fatídico año. Todas las esperanzas y la confianza depositadas en su figura habían merecido la pena y estaban justificadas, tal y como reconocía también, primero el resto de la península itálica y luego el resto del continente. El Shaarawy era el elegido para reconstruir al egregio Milan sobre sus ruinas. Su exótico peinado marcaba el moderno camino a seguir.

Nada más lejos de la realidad, todo su derrumbó de nuevo al poco tiempo. Pese a que esa temporada acabó de manera positiva, El Shaarawy ya había perdido importancia. La llegada de un díscolo guerrero de apariencia nubia y rebautizado como Balotelli a su zona de influencia, fue sorprendentemente nociva para el todavía faraón, que en lugar de asociarse con él para crecer, comenzó a empequeñecerse.

 

Fue ese el punto inflexión que desencadenó su progresivo pero veloz declive, que se manifestó desde el siguiente verano, ya en 2013, forma de continuas lesiones, infortunios que, causal o consecuentemente le mantuvieron por los peores caminos. No llegó a la decena de apariciones durante esa temporada, apenas el doble la siguiente y última. Jamás volvió a ser decisivo y lejos quedaron esos efímeros cuatro meses en los que, con la estola rojinegra, el don de efectividad y la promesa de una esperanza, llegó a ser adorado por los suyos e incluso por sus rivales.

Ya olvidados sus tiempos de faraón, El Shaarawy necesitaba dar, según sus propias réplicas, un giro radical a su vida, que ya carecía de rumbo en Milán. El lugar elegido fue Mónaco: otro país, otra forma de pensar, de entender el fútbol, de nuevo junto al mar, a apenas hora y media de su Savona natal bañada por las mismas aguas. Tan cerca y a la vez tan lejos de lo que pudo ser, fue durante un breve lapso de tiempo y probablemente nunca será más. Un futuro difícil de augurar para quien, faraón, tan fugaz auge y caída disfrutó y sufrió.

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