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El senador Romario

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Romario de Souza es hoy un senador prominente de la república del Brasil, presidente de la Comisión de Cultura y Deporte de la cámara y azote de la corrupción en su país y de las discriminaciones a las personas con discapacidad y en riesgo de exclusión. Sin embargo, fue un futbolista brutal, delantero extraordinario, que vivió del gol, a quien consideró su mejor amigo, y que jamás fue insolidario con sus compañeros ni enamorado de los clubes en los que militó, entre ellos, el Barcelona: “llego, saludo, trabajo y me voy” fue su forma de vivir, tan válida de declaración de intenciones como de epitafio.

Fue tal su irrupción en el Barça que el entonces entrenador, Johan Cruyff, amenazó al presidente Núñez con no asistir a la presentación del equipo si en ella no estaba Romario. Su llegada al club vino precedida de una fama de personaje mezquino, esquivo y malcarado. Algo que tuvo en cuenta en su primer discurso como nuevo barcelonista, en el que expresó como única promesa que demostraría que no era tan mala persona como se decía en Holanda. Precisamente allí, en su etapa en el PSV Eindhoven, un directivo le lanzó una guía telefónica a la cabeza para provocar alguna reacción en Romario, lo que no logró ni con la agresión, dado que el brasileño siguió con su rutina en el vestuario sin inmutarse. Allí conoció a Bobby Robson, más tarde técnico azulgrana, a quien siempre definió como tan mal entrenador como buena persona, y también en Eindhoven discutió con sus compañeros sobre el césped para lanzar un penalti, a los que, después de marcar, se quitó de encima cuando se le acercaron para abrazarle.

(Getty)

Holanda se familiarizó con el mundo de las enfermedades tropicales gracias a Romario, quien aparentemente las sufrió todas en su época cada vez que prolongaba su estancia en Brasil. Una vez hizo que le publicaran una fotografía en los periódicos dentro de la cama en un hospital de Río, según la información, aquejado de dengue. Se trata de una enfermedad que entre otros síntomas lleva a una palidez exagerada, desacorde con su rostro tras un mes de playa. Repitió continuamente que a un holandés no se le podía decir nunca la verdad porque se trata de un pueblo muy impresionable. En cambio, con Cruyff todo fue diferente porque, según el futbolista, su comportamiento era el de un catalán, pese a lo cual tuvo sus diferencias hasta el punto de decirle que no era su padre y que por tanto aparte de la multa por llegar tarde no le consentía ninguna arenga ejemplarizante. El entrenador le envió a una consulta con un doctor de su país, a lo que el atacante respondió que si se lo mandaba iría, le saludaría, se haría una fotografía con él y volvería a Barcelona pero que aquel hombre no le pondría una mano encima.

Romario solo vivió en hoteles en su corta estancia barcelonesa. Se doctoró en la soledad, y siempre expresó sus preferencias con el ejemplo de los tigres. Decía que era como uno de estos magníficos animales, que esperan con paciencia para atacar a su presa. Hasta donde él sabía, los tigres eran bestias solitarias. Solo le faltaba averiguar si también eran nocturnas.

La noche fue su gran aliada. Salió mucho pero nunca bebió alcohol ni fumó. La directiva del Barcelona le puso un detective (“si lo encuentro se van a enterar él y la directiva”) con el que finalmente se topó: le explicó que la noche le saldría muy cara si tenía previsto seguirle y le propuso invitarle a la última consumición antes de mandarlo a casa. Una noche, se presentó en la emisora en que yo trabajaba sin avisar y un compañero me llamó a casa pasadas las doce: le encontró sentado en el suelo de la recepción firmando autógrafos en un fajo de folios para las señoras de la limpieza. Algo similar pero más ingenioso realizó en un viaje con el club, en el que una multitud asaltó el vestíbulo del hotel. Firmó un papel, se lo dio al recepcionista y le encargó que hiciera cien fotocopias y las repartiera entre la turba antes de salir corriendo a su habitación.

(Getty)

Sus relaciones con los medios de comunicación tampoco fueron ejemplares. Una pareja de enviados especiales viajó desde Francia para entrevistarle tras concertar la cita a través del club. Les hizo esperar dos horas y, cuando llegó, fue recriminado por su demora. Se fue a dormir y les informó de que iban a esperar otras dos horas por haberle gritado. La entrevista no se hizo hasta meses después, cuando medié para que recibiera a otros dos informadores de aquel medio. Fue en Arabia Saudí, y quedamos a las siete de la tarde: “subo un momento al cuarto y ahora bajo”. A la una de la mañana se marcharon mis amigos sin haber hablado con él. Me quedé en el bar para acabar mi refresco y ahí apareció Romario preguntando por mis amigos, con seis horas de retraso.

Al contrario de lo que pasa con la mayoría de futbolistas, para referirse a esta figura, capaz de decir de Pelé que era un poeta cuando estaba callado, todavía se puede utilizar el presente de indicativo. A Romario le echaron del Mundial de Francia sus seleccionadores por ser el único futbolista del mundo capaz de disolver cualquier grupo humano, según los personajes. Pero uno de sus compañeros en aquel torneo confesó en privado que, cuando vio que aquel se marchaba de la concentración, supo que Dios no quería que Brasil fuera campeón del mundo. Por otra parte, también dijo que lo entendía porque les había hecho de todo a los entrenadores. Romario, el jugador incapaz de retirarse y compartir días enteros con su familia sin hacer nada, ha optado por servir a su país, con compromiso y conciencia social. El senador Romario fue, pero sigue siendo, uno de los últimos héroes de Brasil.

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