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El Real Madrid gana una Décima de 10

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Alejandro CENTELLAS La poesía también es lucha de extremos. La final se forjó sobre esa figura, sobre el antagonismo de estilos, la superposición momentánea de una concepción del fútbol. También en la poesía hay dramas, trágicos vuelos primerizos que acaban por determinar un partido entero; también hay heroísmo en la remontada. Todo eso fue la final: una fiesta de teorías en el fútbol. El control de Ancelotti y los latidos de Simeone. Eso se vio desde el inicio del partido, las figuras literarias que cada equipo iba a utilizar. El Madrid el balón, cuando se pueda, y el Atleti la contra, el espíritu del sacrificio como equipo.

Da Luz fue una macabra paradoja para un hombre acostumbrado a bailar entre finales. Casillas vio la oscuridad en una salida bien intencionada pero mal ejecutada. También los santos se pinchan con las espinas. El portero, el ángel de la guarda del Madrid, anduvo dubitativo por Lisboa; tanta la ansiedad, tanta la presión. En esos momentos el fútbol estaba en tierra de nadie, tímido en la elección de un compañero. No fue falta de espectáculo, fue estrategia táctica, retaguardias, frentes y flancos. Con Khedira en el campo y sin Illarrameni, Ancelotti buscó el físico. Justo lo que Khedira no ha alcanzado todavía. Ahí se desinfló por momentos el Madrid, con la superioridad de Koke, titularísimo internacional, y se vio por debajo del marcador. Quizás nadie mereció ir perdiendo, pero en el fútbol, como en la vida, los errores se cometen y las oportunidades se aprovechan. Godín no desmereció el favor y contempló cómo a Casillas se le venía el mundo encima mientras corría hacia el balón, en dirección a su portería, maldiciendo a la naturaleza por no haberle brindado isquiotibiales de acero. Antes de todo eso se demostró que las placentas de yegua servirán para muchas cosas pero no para milagros urgentes. Diego Costa se retiró y Adrián ocupó su lugar. Su alineación fue una temeridad y la consecuencia una dura certeza. Luego lo de Casillas y el gol de Godín. Y antes, como una premonición infernal, Bale fallaba estrepitosamente una contra que acabó en un laberinto de piernas y un cruce de neuronas. El tiempo se consumió como los hielos al sol, al Atleti el final de la primera parte se le hizo eterno, al Madrid le pareció un pestañeo. Y además sin noticias de Cristiano.


La celebración blanca tras la premiación | Getty Images

La apuesta era clara: a la salida del vestuario, el Atleti echaría el cerrojo; el Madrid era quien tenía la presión y los minutos en contra. Isco y Marcelo entraron al campo, y el Madrid tuvo frescor de piernas y de ideas en los menudos futbolistas. El Atleti hizo de gala de su defensa, más por acumulación que por rigor táctico, más por entramado de piernas que colocación estratétiga. Esto hizo que el partido se llevase al fango, con intermitencias en el juego entre faltas y pillerías. El paso del tiempo se alienó con el equipo rojiblanco, pero de forma relativa. Aguantó y aguantó. El Madrid tuvo la ocasión, varias de hecho, de remontar antes. Pero la poesía, como decíamos, convertida en futbol, guarda el heroísmo para el final de la obra. El Atleti pensó que fue un descuento excesivo, un soplo de aire a un Madrid volcado. Y de nuevo, en un escenario ya de sobra conocido, Sergio Ramos puso, a falta de un minuto para el final de un sueño, la inyección oxigenada en los pulmones blancos. Desde ahí ascendió el Madrid, y comenzó a morir el Atleti. Consciente, el equipo rojiblanco, de que su físico estaba mermado, de que una prórroga era mucho castigo para unos gemelos debilitados. Así, en la prórroga llegó la sentencia de muerte del Atleti. Bale, el hombre de las finales, adelantó al Real Madrid de cabeza. Lo celebró con rabia, con la sensación de haber expiado los pecados cometidos minutos atrás. La psicología del Atleti se desvaneció, ni siquiera Simeone pudo impulsar a sus pupilos en esa faceta. El físico también fue una losa. Y llegó el reguero de goles, quizás demasiado rimbombantes para la circunstancia real, de Marcelo y Cristiano, que utilizó la transformación del penalti para hundir un poco más a las barrigas cerveceras y los pechos-espalda. Al final fueron cuatro, pero la Décima estuvo en el gol de Ramos, primero, y la confirmación de Bale. Ahí entendió el Atleti que iba a pasar a la historia como un digno rival, pero poco más que eso.

Todos los miedos y fantasmas volaron junto a las águilas lisboetas. El Madrid se sintió aliviado y el Atleti conforme. La celebración estuvo dentro y fuera del campo. Se celebró mirando a Xabi Alonso, el gran ausente, y a Ancelotti. El hombre tranquilo navegando por los mares de la gloria europea. Ganó a la furia interior de Simeone. Pero, sobre todo, la lucha, la honestidad física y el derroche de pasión tuvieron su hueco en Da Luz. Estilos antagónicos, final bella. Corazón y carácter. La Décima pone rumbo a Concha Espina.

 

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