Fútbol francés

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El precio de defender a Balotelli

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Durante las doce temporadas en las que jugué en las peores categorías de Cataluña, fui un central de vocación, un lateral de emergencia y, ante todo, dado lo escaso de mi envergadura, un centrocampista defensivo de profesión. Creo que es por eso por lo que, ya retirado de los campos, me paso media vida vociferando sobre las virtudes de los expertos defensivos de cada escuadra. Comparto sueño con la mayoría de ellos: levantarme del suelo con la cara llena de barro y la tranquilidad de haber convertido un balón dividido en una posesión para mi equipo.

Pero quién no conoce a algún abstemio al que una noche le dio por beber y acabó en una ambulancia. Balotelli para mí es eso, una mancha en mi historial de futbolistas ordenados. Es mi borrachera más sucia, más avergonzante. Es el vómito que se puede ir de la chaqueta, pero no de la retina de una madre que va a buscar a su hijo adolescente a urgencias. Es el tema que siempre flota en el ambiente, pasen los años que pasen, cuando rememoras batallitas con tus amigos. Y es que no puedo hablar con nadie de fútbol sin que salga ese maldito nombre. Pero qué vas a decir tú, que confiabas en Balotelli.

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Balotelli ha protagonizado algunos episodios peculiares, como lanzar al suelo en un acto de desprecio la camiseta del Inter ante sus hinchas, como incendiar su casa, como casi pegarse con Mancini o como tener a Gerrard al borde del colapso. Historias de éstas acumula muchas ‘SuperMario’. Pero algo tendrá como para que, pese a todo esto, haya jugado a sus 26 años en Inter, Milán, Liverpool y Manchester City. Por no hablar de sus 33 internacionalidades con la selección italiana, combinado que le dio la responsabilidad del gol en una Eurocopa cuando Balotelli sumaba sólo 22 primaveras. No respondió mal ante tal reto: llevó a los azules a la final tras cargarse a Alemania con aquel célebre doblete.

Y me voy a detener en la más recordada de aquellas dos anotaciones. ‘SuperMario’ recibe en carrera mientras le persigue Philipp Lahm, llega presionado a la frontal, pone un trallazo directo a la escuadra de Neuer y se quita la camiseta mientras tensa todos sus músculos. No hace nada más, se queda allí quieto disfrutando de una gloria que quizás no sabía efímera. Balotelli es esa misma jugada, le definen esos segundos. Es un delantero que combina fuerza, potencia, rápidez, olfato de gol y una capacidad soberbia para la definición. Y hasta su fichaje por el Niza era también una persona tan egocéntrica como desequilibrada. Jugar al fútbol, como demostró el domingo, no se olvida; la excentricidad, tras comprobar lo fugaz del éxito, veremos. De ahora en adelante solo deseo que Balotelli no me lo ponga más difícil, que defenderle no me cueste la credibilidad.

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