Sudamérica

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El pibe inmortal vuelve a dibujar sonrisas

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Regresó. Cuando muchos pensábamos que la alegría se había apagado para siempre. Un año después de la lesión y con miles de recuerdos en la palma de la mano. Liviano, como si guardara el retrato de Dorian Gray en el trastero de su casa, acomodado cerca del sillón de su papá. Con la misma cara de niño, sin degenerar, con la fragilidad que recordaba de aquellos maravillosos años en la ciudad de las flores. Sin su melena maradoniana pero con la misma luz que esplendió a astros de la talla de Zidane, André Gomes o el mismísimo Lionel Messi. Me instalé erguido. Como un pino. Sentí un nudo en el estómago. Un latigazo de sensaciones que me llevó al Valencia de las ligas. Al mejor Valencia de la historia.

Pablo César Aimar volvía a jugar a fútbol. Mi cerebro fue el de Proust con el evento del té y la magdalena. Recordé el sabor de su talento, de sus caños memorables, el de la finura y sofisticación de su repertorio. Aquél misil de Tenerife, la rabona ante el Levante, el insulto prolongado a Stam y Roy Keane el día que se plantó por primera vez la camiseta blaquinegra ante el Manchester United. Demasiadas muecas de felicidad. Jamás tuvo un físico heroico, nunca fue superior al de su lado por músculo y arena. Aimar era solo un niño con unas aptitudes bárbaras para jugar al balón. Su destreza te ponía en sobre aviso. Si se ponía en contacto con la esfera sabías que nada convencional iba a pasar. “Es distinto” me dijo Fabián Ayala cuando jugaban juntos. Y vaya si lo es. Mi adolescencia transcurrió hermanada con Pablito. No fue el más determinante ni el más regular. Pero nadie me dibujó tantas expresiones de placidez en el rostro.

 

14 años, 5 meses y 14 días después de su último partido en River ante Lanús (17-12-2000) volvió a ponerse la millonaria en su Monumental ante Rosario Central (31-5-15). Para que sus hijos supiesen, no solo por oídas, que un día llevó la remera de su equipo del alma. Con treinta y cinco años apura las últimas gotas de perfume en su casa. La que le vio crecer desde que Daniel Pasarella llamara por teléfono a su padre para que lo llevase a las divisiones inferiores. Ese mismo recinto que supo desde el 11 de agosto de 1996, su debut, que estaban delante de un generador de ilusión.

Siempre seré del ‘Payaso’. Debates efusivos pintaban mis días siempre que se ponía la valencianista. Era su lasitud y blandura el argumento de los ciegos. O que la dicha del ‘Cai’ respondía al ecosistema que le rodeaba. Jamás se pararon en seco a reflexionar sobre su naturaleza. Era el perito que todo equipo necesita. Un ilustrado que marcaba los tiempos del partido con esa pisada prominente. Messi se alzó a la deidad enalteciendo a la máxima potencia todas las habilidades que vislumbraba en el de Río Cuarto. Aimar es poesía. Épica, dramática y bucólica. Recita sus últimos versos en el patio de su casa que siempre será particular. Con ese aroma medroso y timorato fuera de los campos no fue consciente de lo que significó para los que supieron descifrar sus códigos. Pablo Aimar dejaba la vergüenza en la caseta para que todos fuéramos partícipes de su liturgia. Desaliñado, enclenque, irregular pero siempre con esa peca por bandera. Y su linda sonrisa. La que conseguía dibujar en todos los que amamos su fútbol. Difícilmente la gloria volverá, pero siempre será el pibe inmortal productor y fundador de sonrisas. Gracias por tanto, ‘21’.

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