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Cuando la Champions valía 210 euros

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No había botas multicolores ni los balones se analizaban científicamente. Al césped no se le calificaba de “alfombra” porque muchos se asemejaban más a un lodazal. Era 1959 y por aquel entonces el Real Madrid ya guardaba tres Copas de Europa en su museo. Fue la temporada en que se fichó a Puskas, Cañoncito Pum, y a Di Stéfano le premiaron con su segundo Balón de Oro. También, la temporada en que Atlético de Madrid y Real Madrid se enfrentaron en Copa de Europa, el primer y último duelo antes de Lisboa.

En aquella época, 1958-1959, las diferencias entre equipos eran abismales. No era extraño ver 13 goles en un partido, los que marcó en total, entre la ida y la vuelta, el Atlético de Madrid al Drumcondra FC irlandés. O el 3-10 con el que terminó la eliminatoria entre el Ards FC inglés y el Stade de Reims de Francia, equipo que precisamente disputaría aquella temporada la final de la Copa.

El caso es que esa temporada, decíamos, fue la del enfrentamiento en semifinales entre los dos equipos punteros de la capital: el Real Madrid, como ganador de la competición en el año anterior, y el Atlético de Madrid, segundo clasificado en Liga. El Real Madrid ganó el primer asalto por 2-1 con los goles de Rial y Puskas, el flamante fichaje, de penalti, que remontaron el gol inicial de Antonio González ‘Chuzo’. En la vuelta, en el ahora nostálgico para muchos rojiblancos Estadio Metropolitano, el conjunto colchonero ganó 1-0 al Real Madrid en un partido jugado a las 5 de la tarde. Se pueden imaginar. Algo tan asimilado hoy en día era impensable por aquel entonces: la luz artificial en los estadios.

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Entonces, ya está. Si el Atleti fue capaz de marcar un gol en campo contrario y el Real Madrid no, ya tenemos finalista. Se equivocan. En 1959, la regla por la que los goles en campo contrario, en caso de empate, valen doble no figuraba en las normativas. Hasta los años 60 esta regla no se comenzó a usar. Tampoco había penaltis en los desempates. Para determinar quién pasaba a la siguiente fase, se jugaba un partido de desempate en un terreno neutral, este caso en Zaragoza, en La Romareda. Di Stéfano adelantó al Madrid, Collar igualó y Puskas decidió que debía ser el Real Madrid quien estuviera en la final. Por cierto, en aquel partido, Peiró falló un gol prácticamente cantado y que hubiera llevado al partido a la prórroga. Entendemos que, quizás en esos años, se comenzó a forjar el concepto que durante tanto tiempo acompañó, y que en los últimos tiempos suponemos ya enterrado, al Atlético: el “pupas”.

Aquella final, curiosidades, también se jugó en Alemania, como en la edición actual, pero en esa ocasión no fue Berlin, sino Stuttgart, a unos 510 km de la capital. El Neckarstadion fue el escenario. 70.000 espectadores. 3 de junio de 1959. El Real Madrid jugó con un, atención, 3-2-5. Gento, Rial, Di Stéfano (máximo goleador de la competición con 6 goles), Mateos y Kopa eran los punta de lanza de aquella formación, a juzgar en la actualidad, poco menos que extraña. El Stade de Reims, el otro finalista, era ya un viejo conocido. Estaba liderado por el francés (aunque marroquí de nacimiento) Just Fontaine, que en 1958, tan solo un año antes de la final de Copa de Europa, anotó 13 goles en la Copa del Mundo de ese año. A día de hoy, a sus 81 años, todavía se le recuerda por aquello y nadie ha conseguido igualar su proeza.

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El Real Madrid, con goles de Mateos y Puskas, se proclamó, por cuarta vez, Campeón de Europa. Gracias a aquella victoria, cada jugador de la plantilla se llevó 35.000 pesetas, aproximadamente, como prima por ganar. O lo que es lo mismo: 210 euros por alzar la orejona. Lo recordó tiempo después un protagonista de aquella plantilla, José Emilio Santamaria: “Quiero recordar que por la victoria ante el Stade Remis nos dieron a cada uno 35.000 o 40.000 pesetas. Lo celebramos por todo lo alto y al terminar el partido, en el vestuario, Bernabéu nos dijo: ¡sois cojonudos!”.

Nada queda ya de lo que antes, en aquellos gloriosos tiempos, había. Sin marketing, sin intereses puramente económicos, con anécdotas de futbolistas que, a pesar de su importancia, eran cercanos, vecinos, amigos. Cuando el Atlético de Madrid y el Real Madrid se enfrenten en Champions, ya por tercera vez, nadie recordará los años en los que el dinero, aquellas 35.000 míseras pesetas, no sustituía el orgullo de sentirse, por unos momentos, invencible.

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