Baloncesto

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El ocaso de un Dios

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23 de noviembre de 1997. Palau Blaugrana, Barcelona. Debutaba frente al Covirán Granada con 11 puntos el tirador más letal de la historia del viejo continente, Juan Carlos Navarro. Hoy, el ocaso de la deidad barbuda está más cerca que nunca.

Los años no pasan en vano, las lesiones ya no curan cómo cuando inicias la veintena y el acierto no es el mismo que tenías cuando no peinabas canas, pero sigue siendo él, La Bomba. Sus únicos ‘pecados’ han sido ser contemporáneo del ‘monstruo’ llamado Pau Gasol y volverse de la NBA tras una buena temporada en lo que a estadística personal se refiere, por no querer tirarse años acumulando 50 derrotas por curso.

Uno le ve saltar al parqué y siente mariposas en el estómago. Cómo cuando ves al chico que te gustaba en el instituto, pero ahora con ese puntito que tienen los maduritos interesantes, un no sé qué, que qué se yo. En campo de ataque le ves pedir el balón cuando este le quemaría hasta a las ‘manos inocentes’ de la UCL, le ves corriendo esquivando bloqueos como el niño que en clases de gimnasia juega al pillapilla y evita las manos de sus compañeros, y al final, se encuentra con sus dos mejores amigos, la línea del triple y balón naranja, recibe y se levanta… ¿y el resultado? Casi siempre el mismo, 3 puntos más para ‘los suyos’. En defensa la cosa tampoco ha cambiado, la labor defensiva sigue siendo su punto negro, usa la falta al menor atisbo de desborde rival y aquello de perseguir él a los tiradores es ya una tarea que se le hace demasiado cuesta arriba. Los compañeros deben hacer un esfuerzo extra en defensa para echar una mano a Juanqui en defensa. Se lo ha ganado.

El líder silencioso de una generación irrepetible | Getty

El líder silencioso de una generación irrepetible | Getty

El público espera su jugada, la que le ha hecho mito y leyenda. Su ‘bomba’. Balón para el 11, inicia la penetración y delante de él sólo se ven gigantes con intenciones contrarias a las suyas, el resultado parece evidente, tapón a la vista. El baloncesto es un deporte de gigantes en el que mandan los ‘bajitos’, y Navarro hizo de esta frase su reino. Rodilla derecha arriba, pie izquierdo ligeramente elevado del parqué y suelta el balón con cariño, como quien deja de dar la mano a un ser querido pero apura hasta el último dedo para sentir su piel, le desea buena suerte, el balón se eleva con majestuosidad y ante la impotencia de los rivales el balón baja directo al aro. Cuantas ‘bombas’, cuanta gloria. Nunca machacó un aro. Nunca le pusieron un tapón.
Su juego ha madurado, como él. Ahora lee más el partido y mueve más el balón buscando a sus compañeros, y pone en marcha su segunda faceta más prolífica, la de asistente. Reinventarse para seguir siendo decisivo.

Los partidos los ganaba él cuándo y cómo quería, salía en el primer cuarto, metía una serie de 4 triples seguidos y dejaba el partido finiquitado con casi 30 minutos por jugarse. Una barbaridad. Pero eso a él le parecía demasiado sencillo, le gustaba sentir la presión, la responsabilidad de tener en sus manos la victoria. Esos últimos minutos de partidos en los que nada más recibir, una manada de lobos le acechaba para hacerle falta y llevarle a la línea de tiros libres, y uno en casa respiraba, diciéndose a sí mismo ‘’Es Navarro, mete los dos con la gorra’’. Y así era.

Navarro es esa clase de genio que empezaba una final olímpica como la de 2012 con un 3+1 en los morros de la mayor máquina baloncestística jamás vista, Estados Unidos. Ese tipo que en el partido más importante del baloncesto español, la final de 2006 contra Grecia y ante la ausencia de Gasol, metió 20 puntos para hacernos tocar la gloria. Éramos campeones del mundo. MVP del europeo de 2011. Otro oro en 2009. Dos platas olímpicas, otra en europeo. Mundial Junior de 1999. Dios hablaba castellano y jugaba en nuestra selección.

Navarro, el 3 que siempre deja cariacontecidos a sus rivales | Getty

Navarro, el 3 que siempre deja cariacontecidos a sus rivales | Getty

Pero la cosa en el Palau siempre fue más épica. Que le retirarán la camiseta y la colgarán junto a los grandes héroes del templo culé se da por hecho, un gesto simbólico minúsculo comparado con sus hazañas. Para nosotros, los culés, es el mejor de nuestra historia y siempre lo será. Su palmarés nos ha hecho gigantes y nos ha quitado los complejos de encima a golpe de triple.

Una carrera de canastas decisivas, títulos, confeti y reconocimientos a título personal. Su sombra ha sido y es tan alargada, que aún hoy, los jugadores y entrenadores rivales le destacan como el mayor peligro a pesar de su edad y su incipiente final. Han sido demasiadas ‘víctimas’, demasiadas muescas en su revólver. Rivales por todo el globo y respeto por doquier. La viva imagen de los valores del deporte: respeto y humildad.

Su tiempo comienza a agotarse, se aproxima el final del mito y no podemos más que disfrutarle el tiempo que le quede en las canchas. Contigo crecí, Juan Carlos. Me hiciste saltar y llorar de alegría tantas veces que jamás podré devolverte ni una décima parte de lo que me has dado como aficionado. Prometo estar en tu último partido, con la zamarra con el 11 a la espalda. La levantaré y diré que ‘’Yo vi jugar a Navarro’’. Larga vida, mito. El ocaso llama a tu puerta. No abras, ya volverán a llamar. Río te aguarda.

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