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El nuevo horizonte de la Vecchia Signora

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El pago de la casi centenaria cantidad de millones de la cláusula de Gonzalo Higuaín al Napoli, supone un antes y un después para la Juventus. Y también para la historia del Calcio, no sólo reciente.

Nunca antes un mismo club ha ganado en Italia seis Scudetti de forma consecutiva y la Vecchia Signora, con la guinda que supone la adquisición del ‘Pipita’ capocannoniere en forma de uno de los traspasos más caros de todos los tiempos, prácticamente se asegura no tener rival de cara a la Serie A 2016/2017. Y quién sabe si lo tendrá para la siguiente, y la siguiente, y la siguiente…

La estrategia de despojar de sus mejores jugadores a sus rivales más o menos directos por el título, sigue los pasos de lo que ha venido haciendo el Bayern de Múnich en Alemania -especialmente con el Borussia Dortmund– para así marcar y remarcar su hegemonía. Una superioridad igual de manifiesta en Italia durante los últimos años, tanto en títulos ligueros como en distancia de puntos respecto a sus perseguidores, que tiende hacia contextos de diferencias propias de una liga como puede ser la griega pese al nivel global más elevado.

Y es que siendo sinceros, ¿cuál es el equipo que puede siquiera aspirar con fundamentos a batir a una todopoderosa plantilla como es la de esta Juventus que no contenta con su pentacampeonato sigue sumando más talento y competitividad para ampliar cuanto más mejor su distancia con el resto?

¿Puede el Napoli de Hamsik e Insigne aun con 90 millones de euros por gastar en sus arcas? ¿Quizá la Roma de Salah y Perotti? ¿Puede que el Inter de Perisic y Banega o tal vez el Milan de Bonaventura y Donnarumma? La realidad es que un lustro en fútbol es poco menos que una dictadura. Y, para colmo, no tiene ningún tipo de atisbo de rebelión ni, por tanto, de fin. Situarse a rebufo del actual proyecto bianconero es, a día de hoy, quimérico por muchos yuanes chinos que prometas inyectar en los fondos de tu club.

El terreno conquistado por la Juventus en su país en estos cinco años es lo que cualquier club gigante y, por lo cual, con tendencias hegemónicas, desearía: no dejar de ganar nunca y sentirse poco menos que imbatible dentro de sus fronteras. La Vecchia Signora está muy cerca, si no lo ha logrado ya, de conseguir lo que siempre ha anhelado: convertir Italia definitivamente en su particular latifundio. Un lugar en el que no permitir rechistes de nadie y donde mitigar con mano de hierro -y si es necesario, tierra quemada- toda posibilidad de bicefalias pasajeras de cara a la conquista del título doméstico para centrarse en la lucha contra los más grandes en el vasto terreno continental.

Y con los otros dos gigantes transalpinos -Inter y Milan- sumidos en una siesta con tintes infinitos y apariencia comatosa, todo le ha resultado un poco más sencillo. Ni ellos, ni Roma o Napoli pueden competir con sus plantillas ante una Juventus que incluso colmando su once de habituales suplentes durante las treinta y ocho jornadas de la Serie A, ganaría de igual modo el Scudetto. Ni siquiera aunque, como el Napoli el año pasado, firmes la temporada soñada y la Vecchia Signora se sume en una irregularidad crónica que dure más de media vuelta del total de la competición. Ni así.

No sorprendería a nadie que el apabullante dominio anacrónico de la Juventus se extendiese en el tiempo por otros cinco años en un nuevo lustro teñido de blanco y negro en plena época del color ultradefinido y tridimensional. Además, es el propio club turinés el que conoce mejor que nadie su labrado estatus de intocable.

Sabe que haciendo un curso merecedor de una nota de suficiente raspado, el Scudetto volverá a ser suyo por una histórica sexta ocasión consecutiva. Sabe que en el último lustro le ha sacado, de media, prácticamente veinte puntos a sus dos rivales más inmediatos, Roma y Napoli. Precisamente, los dos equipos a los que ha despojado recientemente de sus dos mejores respectivas piezas y en el caso partenopeo, de su única esperanza de Scudetto conocida en más de un cuarto de siglo de vida.

El nuevo horizonte que la Juventus se ha marcado bebe en parte de la colosal operación Higuaín y, al mismo tiempo, no lo hace porque podría haber sido por cualquier otro o sin necesidad de nadie. Y aunque el ‘Pipita’ no repita, como seguramente no vaya a hacer, la temporada de su vida que ya hizo el año pasado, habrá valido la pena dejar más atrás, más desolado y más impotente a otro contrincante, al subcampeón, herido además de despecho y traición. El modus operandi de los bianconeri combinado con su modus vivendi de competitividad histérica en vena le ha permitido crearse para sí una magnitud inabordable en Italia.

La mirada del club piamontés se posa ahora, y con descaro, en la Champions League. A ella se encaminan las nuevas variantes tácticas que Allegri únicamente pudo inyectar con cuentagotas el año pasado con motivo de la remontada triunfal edificada sobre la solidez de un sistema interiorizado hasta la médula y a ella también se encaminan todas y cada una de las incorporaciones realizadas este verano. Incluso aunque Pogba termine saliendo del equipo.

La Juventus, consciente de ese plus de calidad y caudal ofensivo que hace falta en la pura élite del Viejo Continente para dominarlo, se ha dotado de todo lo necesario para acometer la hazaña europea, esa que se le escapa desde hace dos décadas y que rozó en 2015 aunque de una forma muy distinta: con el trabajo solidario y la riqueza táctica como únicas guías y en una clarísima desventaja en cuanto a elementos decisorios de puro talento en sus filas. Mañana Higuaín y Dybala compartirán ataque y no hace falta mencionar todo lo que tendrán detrás.

Ahora mismo hay pocas plantillas más completas que la juventina en toda Europa y sus intenciones pasan por situarse todavía a cola pero un poco más cerca del Real Madrid de Cristiano, Bale y Benzema; del Barça de Neymar, Suárez y Messi; del gran Bayern que deja Guardiola y recoje Ancelotti y del Atleti de Griezmann y de la intensidad y la fe incombustibles de Simeone para, al mínimo despiste de todos ellos, oler las mieles del triunfo y no dejar pasar una nueva oportunidad de gloria. La gloria que, asegurada en casa, quieren y necesitan conquistar también fuera.

La Juventus sabe que el prestigio y también el dinero están allí, en Europa, y su nuevo horizonte pasa por completar al fin el camino que quedó por recorrer tras la final de Champions perdida en 2003 y el descenso originado por el estallido del Calciopoli en 2006 para volver a los días de los noventa en los que cada año se dejaba intuir la posibilidad del cetro continental. Con una diferencia: actualmente, no tiene la competencia interna que por entonces tenía en el Calcio.

Una competencia que, para colmo, no termina de encontrar su rumbo. Y en parte gracias a ello, el gran reto, el lugar hacia donde se ha encaminado el bagaje de todos estos años, la gran inversión de este verano y la histórica ambición ilimitada que está eclosionando completamente, es la Champions League. Y es ahora, justo ahora, cuando más visible se hace ‘La Orejona’ en el nuevo horizonte que la Vecchia Signora ha pasado a tener delante de los ojos. Al alcance de su mirada.

 

 

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