Fútbol inglés

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El niño de Bradford o el éxito del fútbol inglés

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El último contrato firmado de derechos televisivos o la siempre emocionante FA Cup han vuelto a provocar la sana envidia por el fútbol inglés entre el público español. Independientemente de lo que ocurre en el terreno de juego donde se ven buenos y malos partidos en todas las grandes ligas nadie puede negar que el fútbol inglés como producto es un total éxito de crítica y público. A la hora de conseguir la millonada en derechos televisivos es obvio que cuentan factores en los que es complicado comparar Inglaterra con España puesto que la situación económica británica es bastante mejor que la española.  Con un 50 por ciento más de población y un PIB que es casi el doble en Inglaterra pueden tener 15 millones de abonados.  Además es evidente que es una ventaja el idioma inglés o que la inversión en marketing ha sido clave para conseguir lucrativos negocios de venta de derechos al extranjero.

Pero el éxito del fútbol inglés no puede limitarse a una cuestión de dinero. Este derroche ha sido la consecuencia lógica de cuidar una cultura futbolística hasta el extremo, la consecuencia de mimar el fútbol hasta el último detalle hasta que cada pequeño pasito ha contribuido a hacer de la Premier la competición más famosa y admirada.  El dinero manda pero en Inglaterra son conscientes de que el ser humano es un ser emocional y sobre esa piedra han edificado su “iglesia”, una “iglesia” que no deja de ganar adeptos para beneficio de sus bolsillos.

Desde siempre, el fútbol inglés fue concebido para el disfrute de todas las personas, de todos los aficionados, de todos los clubes. Un fútbol en el que contasen todos los equipos.  Simplemente, un niño que nazca en Bradford tiene más posibilidades de ser del equipo de su ciudad que cualquier niño nacido en España que lo más seguro es que acabe eligiendo entre Madrid y Barça y si sale un poco raro quizá se haga del Atlético de Madrid. Ese niño inglés no está predestinado genéticamente para hacerse de tal o cual equipo. Ese niño inglés es igual a un niño español o italiano o austriaco. A ese chaval como a todo el mundo le gusta ganar. Porque esto es así, a todos nos gusta ganar en el fútbol.

Somos aficionados leales, sinceros, fieles hasta la extenuación y acompañaríamos a nuestro equipo hasta las catacumbas de las categorías inferiores si fuera necesario. También somos seres emocionales, nostálgicos y nos gusta un drama bien montado por lo que la derrota puede convertirse en un orgullo y en una filosofía de vida como muestran los miles de aficionados al Oviedo que siguen acompañando al equipo carbayón en Segunda B o la explosión de rabia y orgullo del juventinismo ante el descenso a la B. Pero a pesar de esto es evidente que nos gusta ganar. No hay diferencia entre el aficionado del Madrid y el del Bradford en eso. Todos, dentro de sus posibilidades, esperan ganar. El madridista soñará con la undécima pero el chaval del Bradford soñará con derrotar un día al Manchester United y al día siguiente ir con la camiseta a clase y saber que lo que siente en ese momento sólo está al alcance de los aficionados de un equipo humilde.

 

 

La cultura futbolística inglesa ha conseguido un producto más atractivo y más bonito que vender porque ha conseguido que todos los aficionados de todos los equipos sientan que pueden ir a clase o al trabajo con orgullo de su camiseta, les ha permitido soñar. Ese es el gran triunfo del fútbol inglés. Conseguir que el más pequeño pueda soñar a lo grande. El Bradford, el equipo de nuestro imaginario niño, va a disputar en los próximos días los cuartos de final de la FA Cup que es, quizá, la competición más emotiva de todo el fútbol mundial. Todos los años hay historias de ese tipo, de equipos totalmente desconocidos que pululan por categorías inferiores que de repente hacen un torneo copero magnífico y acaban protagonizando titulares hasta en Kuala Lumpur.  La Fa Cup y su formato de partido único beneficia que estas proezas sean más fáciles de hacer. Para un equipo humilde español el doble partido lo desanima hasta el extremo.

Para el Bradford, obviamente, ganar la FA Cup es una quimera, pero no tanto para otros equipos que están lejos de ser un grande como le pasó el año pasado al Hull que estuvo ganando la final durante buena parte del partido. En España, con dos equipos como Madrid y Barcelona sería todavía más complicado pero el sistema de la FA Cup permite que pasar de ronda sea un extraordinario premio para equipos que en España nunca importan. Permite soñar al niño de Bradford.

Un niño al que le resulta más fácil acudir al campo, además, por los ya muy mencionados temas de dinero, horario y cuidado al espectador en los que Inglaterra es claramente superior a España. Un niño que desde pequeño nota en los medios de comunicación que la hazaña de su equipo, elija el que le elija, es igual de importante que otros. Que no es un aficionado de segunda por haber elegido el Bradford y no el Chelsea.  Que sus glorias, que son un pase a cuartos, una promoción de ascenso, un goleador que llame la atención a un equipo más grande, también pueden ser portada de un medio o acaparan minutos en las televisiones. Minutos que en España son gastados por el último peinado de Cristiano o la última polémica ficticia generada alrededor del Barça. La afición de ese niño al Bradford es cuidada a tal extremo que la franja horaria de los partidos de las 16:00 no se televisa para que nuestro pequeño protagonista y el resto de los aficionados acudan a los partidos locales. Un gesto simple y sencillo que fideliza al aficionado a su club y que ha tenido como consecuencia campos llenos en cualquier categoría.

Ese ambiente futbolero envidiable que se respira en Inglaterra se basa en hacer las cosas bien, sencillos pequeños pasos a lo largo del tiempo. Incentivar y favorecer el acudir a los estadios, el trato justo a todos los equipos en medios de comunicación o un formato de copa que permita una competición diferente que sirva de contrapunto a la Liga y pueda suponer que haya más variedad de ganadores.  Con ese aire de fútbol de siempre han conseguido modernizar totalmente su estructura y hacer ver que su fútbol parezca incluso mejor de lo que es.  No son medidas caras, ni imposibles de realizar, ni drásticas. Mientras el fútbol les mira con envidia ellos se enriquecen con algo tan simple como permitir a los niños de Bradford soñar. Al fin y al cabo, el fútbol, como diría Humphrey Bogart, debería estar construido con el material con el que se fabrican los sueños.

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