Fútbol italiano

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El banquillo del Inter sufre cambios necesarios

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Los rumores de ruptura entre Roberto Mancini y el Inter venían de lejos y las abultadas derrotas de pretemporada ante el Bayern y el Tottenham han sido las gotas que han colmado el repleto vaso para la rescisión del contrato del técnico italiano y la contratación de Frank de Boer hasta 2019 como sustituto a menos de dos semanas del inicio del curso.

¿Qué deja Mancini?

Una huida hacia adelante de veinte meses de duración. El despido de Walter Mazzarri para volver a echarse en brazos de Mancini fue un error que ni por asomo logró el afán que tenía el Inter de rememorar los Scudetti que el técnico de Jesi había conseguido años atrás y que, ni siquiera, pudo materializar el acceso a la Champions League en su segunda intentona, el objetivo primordial e insatisfecho de los nerazzurri. Un camino que este verano había adquirido ya todos los visos de volver a repetirse.

Continuar invirtiendo en talento futbolístico con Roberto Mancini como entrenador hubiese supuesto poco menos que tirar el dinero o peor aún, depreciar las inversiones realizadas por futbolistas de provecho. Nada más y nada menos que 21 jugadores son los que el Inter ha contratado a lo largo de los casi dos años que Mancini ha estado al frente del equipo. La mayoría de ellos, a excepción de los llegados en este mismo mercado estival y de las certezas Miranda y Murillo, no han alcanzado el nivel de expectativa, siendo varios peticiones expresas del ya exentrenador del Inter. Véanse Felipe Melo y Kondogbia como máximos exponentes.

Mancini no sólo fue convirtiéndose de hombre ilusionante por su pasado a líder apático sin remedio sino que deja tras de sí un erial futbolístico que sólo adquirió cierto sentido, sobre todo resultadista, cuando su equipo parecía poder enlazar hasta el final de la temporada exiguas victorias por 1-0 fundamentadas no en la táctica, sino en el mejor Handanovic de su carrera y en la buena pareja de centrales del equipo, tal vez lo mejor en términos deportivos que el Inter puede sacar en claro de la segunda etapa de Mancini al frente del club.

La incapacidad para hacer crecer y mejorar a sus pupilos y la ruleta rusa táctica han sido las constantes vitales de un Inter que se ha dedicado a enfatizar su versión más física sin ningún tipo de argumento a favor y que se ha negado a dar pasos hacia la búsqueda de una mejora plausible en su juego. Y es que hasta para hacer cemento hace falta tener claro cómo hay que hacerlo y colocar al mismo tiempo a Melo, Medel y Kondogbia para “gestionar” tu equipo no da garantías de nada, tampoco en la parte defensiva.

Mancini cercenó el juego entre líneas, dejó a su eficaz nueve casi siempre aislado y la improvisación conservadora ante cada traspiés fue la metodología empleada. El que era el entrenador mejor pagado de la Serie A hasta la reciente renovación de Allegri con la Juventus deambuló entre infinitos sistemas sin asentar con ninguno unas nociones útiles de control de juego, ni de organización estructural a través de la pelota, ni de combinación fluida y profunda para saber atacar al rival.

¿El 4-3-1-2 deja de ganar partidos por la mínima? Pues se refuerza más aún la defensa con un 3-5-2. ¿Qué no se rescata el eficaz orden defensivo con el nuevo sistema? Pues se apuesta por Biabiany y coloco extremos abiertos. ¿Que se continua sin tener juego interior? Pues rescato a Jovetic del ostracismo para colocarlo por detrás de Icardi en un 4-2-3-1. Y así sucesivamente. La herencia que recibe de Boer para la reconstrucción es una deuda que le obliga sin remedio a comenzar de cero.

¿Qué trae de Boer?

La llegada de Frank de Boer a escasos días de que dé comienzo la temporada suena a improvisación. Y lo es. Solamente así se entiende que el encargado de tomar las riendas de un equipo ideado para Mancini sea un perfil tan contracultural con la más defensivista y contragolpeadora historia de un Inter que todavía sigue tratando de olvidar la época dorada de José Mourinho. Un volantazo estilístico en toda regla obligado por las circunstancias que despeja los planes del Inter de intentar la contratación de Simeone el verano próximo, tal vez la razón principal por la que Mancini continuaba al frente del equipo.

Frank de Boer, que debutó en el banquillo del Ajax ganando 0-2 en San Siro contra el Milan en 2010, es un representante ortodoxo del juego de toque típicamente holandés y tiene, claro está, el 4-3-3 como linterna. Tras ganar cuatro Eredivisie consecutivas en los seis años que pasó como técnico ajacied después de siete años sin títulos ligueros en las vitrinas del gigante de Ámsterdam, el exfutbolista del Barça acusó los automatismos finitos de su definido modelo, las bajas sensibles y continuas de futbolistas y no acabó del todo bien en el Ajax con su salida tras la pérdida del pasado campeonato en la última jornada, a lo que sumó un mal endémico: la total incapacidad competitiva en competición europea con la que su Ajax siempre denotó cierta candidez táctica.

Pese a ello, las ideas que tratará de inyectar en el Inter son cristalinas y el cambio, fuese cual fuese, es necesario a todos los efectos. Frank de Boer tratará de implementar un modelo de fútbol asociativo muy canónico. Salida rasa y pausada para ir escalando con el balón como medio indispensable, laterales largos, interiores incisivos, dinamismo e intercambio de posiciones, paciencia para profundizar, juego abierto y presión alta como buen alumno de la escuela oranje y circulación alta y fluida como fiel y confeso admirador de Guardiola y de su recetario.

Unos objetivos sumamente ambiciosos para la escasa carga de trabajo previo al inicio de la Serie A que podrá realizar con el plantel y dada la poca capacidad de maniobra del Inter para conseguir refuerzos que sean del gusto del nuevo entrenador y confirmar las salidas de los varios nombres que no casan con sus opuestas nuevas ideas. Y es que con Éver Banega, tal vez Jovetic y puede que Ivan Perisic como únicos representantes claros de su forma de ver el fútbol no basta para paliar el galopante déficit a cubrir en la parcela ancha.

El reto de construir un Inter atractivo sin apenas cimientos es, por lo tanto, mayúsculo para un de Boer cuya única experiencia en la élite ha sido en el club que lo ha criado. Dadas sus intenciones tan sumamente propositivas como supuestamente innegociables, necesitará una mayor cintura que la demostrada hasta ahora, al menos en principio, para hallar soluciones sin dejar de lado el cariz de su propuesta y su meta fundamental: hacer del Inter un equipo que cree por fin un volumen de juego que se traduzca en un flujo elevado de ocasiones y le permita mandar sin temor en la mitad de cancha rival durante la mayor parte del tiempo y en cualquier escenario.

¿Será el técnico holandés quien de una vez por todas fije a Mourinho en el recuerdo y se erija en el arquitecto del nuevo proyecto del Inter del gran capital chino o está condenado desde el mismo momento de la firma de su contrato a ser una mera transición que salga por la puerta de atrás el próximo verano? El tiempo dictará sentencia. Lo que está claro es que el Inter no pierde nada de la nada que dejó Mancini con el cambio por Frank de Boer. Ni en fútbol, ni en intenciones, ni en perfil, ni en perspectivas, ni en ambiciones. Mejorar no resultará complicado por tanto, pero… ¿será suficiente el ‘frankdeboerismo’?

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