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El mejor que ha habido y el mejor que habrá

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Gonzalo DE MELO“The best there ever was. The best there ever will be”. Al igual que la estatua en Chicago a Michael Jordan, a Federer se le debería erigir una en todas las pistas del planeta.

Con independencia de si son de mejor o peor recuerdo (su jardín de Wimbledon será el que la reciba con los brazos más abiertos por los 7 títulos y las 9 finales disputadas), nadie ha demostrado la pasión que siente Federer por el tenis. Siendo padre de 4 hijos y con otras y obvias prioridades, el suizo sigue jugándosela con tenistas a los que le saca, como mínimo, un lustro de vida.

La final de ayer es un monumento. Un canto al deporte. Un ejemplo de lo cortas que se pueden hacer cuatro horas de deporte del máximo nivel. Es el aplauso casi enrabietado en el tie break del primer set de una pista que presume de tradición y alta clase. Es el silencio en la grada cuando el mejor de la historia comete algún error, poco comunes en el día de ayer.

Porque Federer apenas se equivocó; le condenaron las dos 'P', implacables al paso del tiempo: piernas y pulmones. Y si delante tienes a uno que va sobrado de las dos P, además de ser un fantástico competidor y tenista, lo tienes crudo.

La final de ayer es el resumen de los últimos años de carrera de Roger. Gano, pierdo dos sets, me rompen el servicio en el que podría ser el cuarto y decisivo… Y me levanto. Me entierran. Djokovic hizo lo que otros muchos hicieron en el pasado: darlo por muerto. Pero los mitos no mueren, y menos fuera de la pista.

El quinto y definitivo set fue implacable. Demasiado riguroso con los que caminan elegantemente hacia una retirada eterna y benévolo con el más joven, consciente y con el cuchillo en los dientes para levantar ese segundo Wimbledon para el serbio.

Espectacular partido el que nos regalaron Nole y Roger | Getty Images

El tiempo, juez sin escrúpulos que acabará con todos. Es ley de vida. Hoy son los Federer, y el propio Djokovic o Nadal, y mañana vibraremos con Raonic, Kyrgios, Janowicz o Dimitrov.

Aquí, servidor, será de Dimitrov, apodado como ‘Baby Federer’ por su enorme parecido en la manera de jugar. Vibraremos, aplaudiremos, nos levantaremos, reiremos y lloraremos.

Pero yo no voy a volver a vibrar y a aplaudir como lo hice ayer. Yo me retiraré, lo veré desde la distancia y diré que como él, nadie. Que prefiero verle derramar una lágrima en la ceremonia de trofeos, con casi 33 años y 4 hijos, que a cualquier otro.

Que el tenis sin él será como el vacío que dejó Jordan en el baloncesto o el de Pelé o Maradona en el fútbol. De momento, danos un hasta luego y no un adiós, Roger. Por favor.

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