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Fútbol italiano

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El maestro de la ingravidez

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Cuando la pelota era recibida en audiencia por su tacto, parecía que tanto su pie de orfebrería como el cuero se posaban sobre un lienzo de seda que nadie había visto nunca hasta entonces sobre el césped alrededor de ningún otro jugador. De pequeño, Andrea debió parapetarse frente al reloj de pared de su casa y preguntarse: ¿Puedo detener el tiempo? Y aquel insulso reloj algo debió decirle porque observando la mirada de ese niño convertido en adulto en esos precisos momentos en los que convertía el prado en un bálsamo, descubrimos que el canal a través del cual iba a poder disponer de toda la eternidad se llamaba fútbol.

Y sí, fue capaz de hacerlo. Un poder en exclusiva. Detener el tiempo y también marcarlo con su metrónomo, su cadencia y su sello de nobilísima casa heráldica-balompédica. Y así lo ha hecho durante los noventa minutos en los que se acota la pura competición y durante los tres lustros de apabullante hegemonía de estilo en el Calcio. Cada pase por alto, cada cambio de juego, cada saque de esquina o cada majestuoso tiro libre lanzado por Pirlo generaba en el espectador la sensación posterior y surreal, pero al mismo tiempo vívida, de que el balón se había mantenido, de manera inexplicable, flotando en el aire durante muchísimos más segundos de lo habitual, en una suerte de poltergeist divino, si es que algo así pudiera existir, como si  Andrea estuviese jugando a gravedad cero en un planeta alejado del que poblamos el resto de los mortales, incluidos los otros veintiuno que estaban pisando, en el mismo lapso temporal, el mismo suelo que estaba pisando él y a los que era capaz de poner a girar alrededor de su órbita con uno solo de sus desplazamientos.

Andrea Pirlo of Juventus FC during the UEFA Champions League  final match between Barcelona and Juventus on June 6, 2015 at the Olympic stadium in Berlin, Germany.(Photo by VI Images via Getty Images)


Con Pirlo no había lucha de clases posible. Nunca la habido. Él era una y todos los demás, otra diametralmente diferente
. De impasible gesto, de ademán introvertido y de mente desbordante, para Andrea siempre ha sido como si ni un ápice de toda aquella hipnotizante magia tuviese que ver con él, como si él mismo se viese en plano cenital desde una entidad extracorpórea sin el más mínimo interés. “Ah sí, mira lo que he hecho. Lo de siempre, vaya”. Y lo de siempre era toda una sinfonía en un solo toque de balón. Una sinfonía que parecía ideada para sonar en bucle hasta el infinito por el puro placer estético pero que estaba diseñada, simple y llanamente, para ganar, ganar y ganar.

El fútbol echará de menos a Andrea como el torno al alfarero, como la paleta al pintor o como una orquesta a su director. Un jugador en las antípodas del clásico eslogan estereotípico del rudo y táctico Calcio del carattere, gambe, grinta e cuore pero, al mismo tiempo, tan sumamente esplendoroso allí arriba, a tantos kilómetros por encima del manido cliché, que solo existe un motivo por el que ha podido triunfar tan rotundamente en él: por la razón por la que los genios se convierten en genios a pesar de no encajar en la concepción vital de sus respectivas contemporaneidades, esto es, por su propia, absoluta e imbatible genialidad que brota de manera desbordante y natural, arrasando a su paso con toda la historia escrita con anterioridad e instaurada como canon reinante hasta entonces y con todos los vestigios de prejuicios, necedad y sinrazón provenientes de bocazas que acabaron por declararse conversas. Una revolución en mayúsculas en plena dictadura de las medulares superpobladas de contención.

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El legado de Andrea es tan vasto que es difícil imaginar que el recurrente parangón “el heredero de Pirlo”, al que su ausencia nos someterá tarde o temprano, pueda aplicarse en un futuro, ni cercano ni lejano, fuera de un contexto de banalidad precipitada e hiperbólica. Sin embargo, al propio y genuino número 21 nunca parece haberle importado un rábano absolutamente nada de todo esto, como decíamos, y es ahí precisamente donde reside buena parte de la impronta de su grandeza. Él simplemente daba acogida a la pelota, a su pelota, y al volverse, levantaba la cabeza y la hacía emerger hasta flotar alegre de manera, al menos aparentemente, innata. Fácil. Para él sólo, claro.

Habrá otros futbolistas de aspecto desconfiado, de mirada vaga y falsa sensación de dejarse llevar, otros mediocentros con barba y media melena que sumen estas características personales a una capacidad técnica fuera de lo común y que, incluso, también porten el dorsal 21 a la espalda y no tengan la necesidad de dar un solo grito, propinar una sola patada y realizar un solo sprint en toda su carrera para lograr ser una estrella, pero lo que nunca jamás volverá a haber es un hombre capaz de hacer levitar a un balón, como si se tratase de su títere particular, por puro arte de magia. Porque eso es imposible. Y, sin embargo, todos nosotros lo hemos visto.

El enésimo y definitivo regalo que nos hace Pirlo tras su marcha de Italia y del fútbol de primer nivel es que ni siquiera su despedida es un adiós sino un hasta pronto que nosotros, huérfanos de su cátedra, tenemos la posibilidad de deshacer cuando nuestro resorte de los recuerdos firmados por su inconfundible rúbrica salte con una nutrida serie de fotografías mentales en las que el balón salido de su preciosista bota seguirá rodando y manteniéndose por encima del firme como un dirigible de inagotable combustible. Y además, como suplemento, podremos deleitarnos contando a todos aquellos que no hayan tenido la suerte de verlo y vivirlo en su máximo apogeo, todas y cada una de sus múltiples bienaventuranzas. Evangelízalos también en el nuevo mundo, Sant’Andrea de Brescia. Evangelízalos porque aquí no has dejado ni un solo descreído.

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