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El lugar en el mundo de Iago Aspas

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Reza el dicho que nadie es profeta en su tierra. Una teoría cuestionable que se desvanece a jirones cuando se menciona a la figura Iago Aspas. Un auténtico ídolo en su tierra. Paradigma de que como en casa en ninguna parte. ‘El Mago de Moaña’ (así le conoce la hinchada del Celta) se enroló en las categorías inferiores del club vigués con tan solo nueve años. Llevaba al Celta en la sangre; esa sangre caliente que, en ocasiones, le ha jugado alguna que otra mala pasada en su trayectoria deportiva. Un guerrero con un carácter irreductible que derramó, por el celeste de su corazón, cada gota de sudor que supuró su desgarbado cuerpo hasta convertirse en emperador del celtismo antes de hacer las maletas en el verano de 2013, cuando se marchó traspasado a la Premier. Iago Aspas se fue en cuerpo, pero en Balaídos quedó su alma, porque hay jugadores que nacieron para vivir eternamente en su hábitat, y en Vigo siempre quedó perenne su estela.

No le sentó bien el ‘red’ a Iago, el celeste es su color | Getty

Pocos por aquel entonces dudaban de la calidad de Iago Aspas. El Liverpool apostó fuerte por él y le convenció para dejar toda su vida atrás. Pero, contra todo pronóstico, se topó con la intransigencia de Brendan Rodgers, quien fue relegándole a un segundo plano hasta caer prácticamente en el ostracismo. Seamos justos. Tampoco ayudó que coincidiera con la mejor versión de Luis Suárez, una máquina de hacer goles aquella temporada. Aspas se mantuvo a merced del uruguayo y de un emergente Sturridge durante toda la temporada. Nunca se aclimató a Anfield, aunque el clima pudiera recordarle al Vigo más desapacible. Entonces apareció el Sevilla un verano después, pero la calidez de la capital hispalense tampoco fue con él. O quizá nunca tuvo la oportunidad de demostrar sus credenciales. Era debilidad de Monchi, y Emery quería un tercer delantero que supiera moverse por todo el flanco de ataque. Móvil. Que buscara los espacios. Blanco y en botella, pensaron los rectores sevillistas. El gallego era la guinda a una delantera de muchos quilates. Pero tampoco cuajó. Carlos Bacca fue titular indiscutible y los minutos restantes fueron propiedad de Gameiro, quien rentabilizó cada segundo con goles. Otra vez a la sombra. Su estancia en la grada del Sánchez Pizjuán, o en el banquillo, en el mejor de los casos, colmaron su paciencia. Iago necesitaba jugar. Divertirse. Siempre tuvo alma de niño.

Por eso regresó al Celta en junio de 2015, a pesar de contar con mejores ofertas. Porque Iago es un enfermo del fútbol. De esos futbolistas que cada vez quedan menos. Un apasionado de su profesión. Un romántico que antepuso volver a sus orígenes, allá donde siempre fue feliz, para hacer lo único que le llenaba: jugar al fútbol. Así de simple. Y miren cuál fue el resultado. Ha recuperado el nivel de antaño, ese que se le presuponía desde que emergió en la élite y que permaneció adormecido mientras estuvo lejos de los suyos. Aspas volvió a despertar, a sonreír, nada más aterrizar en Vigo. Y con él el sueño de un Celta que enamora con su fútbol y que camina con paso firme con el objetivo de instalarse definitivamente entre la nobleza del fútbol español. ¿Qué hubiera ocurrido si hubiera coincidido con dos entrenadores amantes del juego asociativo como Klopp en Liverpool o Sampaoli en Sevilla? Nunca lo sabremos. Y a Iago intuyo que tampoco le importa ya. Está en casa. Con su gente. Donde sonríe por inercia. Bendita suerte.

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