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El León indomable: homenaje a Samuel Eto’o

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17 de mayo de 2006. Tras casi 76 minutos de partido disputados, el Barça va perdiendo la final de la Champions League frente al Arsenal por 1-0 en el Stade de France, en el municipio galo de Saint Dennis. Yo, un niño de 10 años (hacía los 11 en diciembre), lloro de manera desconsolada. De nada sirven los intentos de mi padre por tratar de calmarme, haciéndome ver que aún quedaba mucho partido, que en el deporte no hay nada escrito hasta el final.

Mis esperanzas empezaban a desvanecerse, como las del Coronel de García Márquez esperando la retribución por su servicio en la Guerra de los Mil Días. Pero no llegaba. Los minutos volaban, el segundero avanzaba sin compasión, como el Enola Gay surcando los cielos de Hiroshima aquel fatídico 6 de agosto de 1945.

Y de repente, se hizo la luz. Iniesta metía un balón al espacio maravilloso, para que Henrik Larsson, con el rostro iluminado y un sutil toque con el interior de su pie derecho, dejase franco el esférico para que apareciera él, Samuel Eto’o, aquel león indomable salido de la calles de Duala (Camerún), quien se pasaba el balón de la bota izquierda a la derecha, para fusilar a Almunia, desatar la locura en la parroquia culé y dar la vuelta a una final que se había puesto muy cuesta abajo.

Ese era Samuel Eto’o en su esencia más pura, todo corazón. Un soldado de la calle que había encontrado en el fútbol su refugio más bello, un lugar donde poder huir de las penurias que rodeaban a su país, Camerún y a su hogar, África.  Una filosofía de vida tan descarada como real ‘Correr como un negro, para mañana vivir como un blanco’. Ese también es Eto’o, sin pelos en la lengua. Le gustaba que la gente que fuese como él: fiel, sincera y trabajadora.

Su vida nunca fue fácil, y sus comienzos en el mundo del fútbol, tampoco. Empezó jugando en Kadji Sports Academy, club camerunés. Algo vio el Real Madrid en él, pues lo ficho para su filial, el Castilla. Allí, no tuvo mucha suerte, ya que el segundo equipo blanco descendió de categoría y a él lo mandaron cedido al Leganés para la temporada 1997/1998. De regreso a la capital y sin apenas minutos, se marcharía de nuevo cedido al Español, club donde tampoco jugaría mucho más que un puñado de amistosos.  Harto de su situación, en el año 2000, es traspasado al Mallorca.

Allí estuvo cuatro temporadas maravillosas, donde se dio a conocer al mundo entero. Tuvo el honor de trabajar dos de las cuatro campañas bajo las órdenes de Luis Aragonés, su entrenador fetiche. Nunca tuvo problema en reconocer que el mejor hombre y técnico que ha tenido jamás fue el Sabio. No me hago una idea del dolor que tuviste que sentir cuando se marchó. Unos registros goleadores que fueron creciendo exponencialmente año tras año, coronados por una Copa del Rey en 2003, donde el León marcó 2 de los 3 goles de la final, dedicados a su amigo Marc-Vivien Foé, fallecido 48 horas antes del partido. Honor entre leones.

Su buen hacer en las Islas Baleares le granjeó un billete de ida para Barcelona, más en concreto para el Camp Nou. Allí pasaría los siguientes cinco años de su vida. Y de repente, aquel León dominó por completo la Sabana del fútbol mundial.

Fue la guinda a un proyecto ganador que había echado andar la temporada anterior con Ronaldinho como buque insignia. Un gol suyo dio la Liga al Barça en el Ciutat de València, sinónimo de una carrera llena de oportunismo y olfato goleador. Daba igual el partido, el rival o las circunstancias, Samuel siempre estaba preparado, concentrado como ningún otro en todo el terreno de juego. Atento a cada jugada, para echar a correr, pedir el balón, encarar al portero y rugir una vez más. Una afición entregada a sus pies, con ese punto polémico que tanto te gusta cuando viste la camiseta de tu equipo, y que tanto detestas si es el rival.

Tal fue su paso por el Barcelona, que hasta la explosión de Leo Messi, el camerunés ha sido con diferencia el mejor goleador que ha vestido la zamarra culé. No en dígitos, pues hay mitos que por antigüedad le superan en goles, pero si en calidad goleadora. Siempre marcaba el gol clave, como en París y en Roma (final Champions League 2009 vs Manchester United). La sensación de saber que por muy fea que se pusiera la situación, aparecería él, era impagable. Caminábamos por la senda del fracaso agarrados a sus manos, pues nadie ejercía el oficio la supervivencia mejor que él. Su torso atlético y delgado, era el mejor retrato de su vida. Un atleta que corría para sobrevivir, un León que mataba por instinto. Un delantero sin igual.

Fue el gran escriba de la historia azulgrana, vivió en los tiempos del Rey Ronaldinho y dejo paso al Dios Messi, nadie más puede decir eso. Cuando su relación con Guardiola se deterioró hasta caducar, puso rumbo a Milán, donde ejerció de lateral derecho, derrochando energía y sacrificio en favor de un Inter que logró el triplete. El segundo en dos años para él. Brutal.

Los años fueron pasando, y al contrario que su instinto, su velocidad y anticipación fueron menguando considerablemente. Tras su paso por el Anzhí ruso, vino un periplo británico en Chelsea y Everton, y después, un breve romance tragicómico con Massimo Ferrero, propietario de la Sampdoria, club dónde sólo estuvo unos meses. Actualmente hace las delicias de los aficionados del Antalyaspor turco.

Un día en la vida del Rey de la selva

20 de noviembre de 2004. Cae la noche en Barcelona, y las estrellas iluminan a un Camp Nou vestido de gala, esperando al eterno rival, el Real Madrid, en un clásico que pretende ser un punto de inflexión para la nueva jerarquía culé en la Liga española. Apunto de cumplirse la primera media hora de partido, Ronaldinho da un pase que tiene como destinatario a Eto’o, pero el envío es demasiado largo y la grada vuelve a sentarse ante la imposibilidad de vivir una ocasión clara de gol.

Pero él sabe que si corre más, si se deja un poco más el alma, algo puede rascar. Y allá que va. El León se pone a cuatro patas, y echa a correr acechando a Roberto Carlos, su presa. El brasileño empieza a notar la tensión en sus enormes gemelos, siente la presencia del chacal detrás suya, le tiene en jaque. La respiración de Eto’o se funde con la epidermis de su espalda, y fruto del nerviosismo, entrega un mal pase a Iker Casillas, quien no se lo espera y sale con las piernas por delante, craso error.

Los dos (Iker y Roberto Carlos) saben que no hay nada que hacer, que les ha ganado la batalla. Y antes de que el balón contacte con el pie del guardameta, aparece insaciable el camerunés para llevarse la pelota por las bravas, recorriendo el área como un carnívoro, para después empujar la bola con un cariño impropio en él.

Marca, y el delirio estalla en las casi 100.000 almas que se habían congregado bajo el mandato de su majestad selvática. Ese era su modus operandi, y nos encantaba.

Gracias, Samuel. Por tantos años de sacrificios, de carreras innecesarias, de brega y lucha sin igual. Nos enseñaste que con humildad y ganas de triunfar, se puede llegar hasta el infinito. Nunca un balón por perdido, siempre una sonrisa en la cara. Al final lo conseguiste, corriste como un negro, pero acabaste viviendo como el más adinerado de los blancos. Un palmarés que es motivo de envidia para cualquier mortal. Cuatro Champions League, dos Copas de África y un sinfín de títulos nacionales. Un gladiador que jamás se sació.

Larga vida al Rey León.

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