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El legado de Steve Nash, un héroe sin anillo

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Legado, del latín legatum: 1. Disposición legalmente formalizada que de un bien o de una parte del conjunto de sus bienes hace el testador a favor de alguien y que debe ser respetada por el heredero o herederos. 2. Aquello que se deja o transmite a los sucesores, sea cosa material o inmaterial.

¿Qué abarca el legado baloncestístico? Un equipo deja un legado en base a los títulos conquistados, las eliminatorias superadas, los registros numéricos, las rachas de victorias, y, en tintes románticos, el juego practicado. El legado de un jugador en particular es algo más complejo. Sí, un palmarés que llene vitrinas forma parte de él, es indudable. Sin embargo, en este caso, a modo individual, en la NBA el legado tiene que ver con aquello que dejas tras tu paso; ese segundo asunto que contagias, lo inmaterial.

Cuando veo a equipos practicando el “run & gun”, o un quinteto bajo en una cancha, me vienen a la mente aquellos Suns de la segunda mitad de la década pasada. Así, cuando un base prioriza el bien colectivo, mejorando a sus compañeros, rememoro a Steve Nash. Aparte, un gran número de recursos y actitudes sobre el parquet también me lo recuerdan. Desde los picks and rolls de Tony Parker hasta el orden de Chris Paul, desde el instinto de Kyrie Irving hasta la determinación de Russell Westbrook, desde la visión de Rajon Rondo hasta el vértigo de Damian Lillard. Todo eso, en mayor o menor medida, lo hemos contemplado antes en la figura de “Nasty Nash”. El propio Stephen Curry, jugador de moda e ídolo de las nuevas hordas que se aficionan a la mejor liga del mundo, no oculta que el canadiense siempre ha sido para él una fuente de inspiración.

El legado, asimismo, es la impronta que deja un deportista en lo que está por venir, su condicionamiento del juego tras su paso por el mismo.

Steve Nash y Dirk Nowitzki cuajaron una gran amistad en Dallas

En 1996, Phoenix Suns disponía de la decimoquinta elección del draft. En Syracuse destacaba un poderoso alero de algo más de dos metros, que había promediado en su último curso universitario más de 22 puntos y casi 9 rebotes por partido, y respondía al nombre de John Wallace. El equipo de Arizona estaba decidido, pero Donnie Nelson, quien acababa de llegar ese verano al estado del Gran Cañón como asistente, sabía de un chico blanco de una universidad menos conocida, Santa Clara. Había estado trabajando los años anteriores en los Warriors, y la cercanía le permitió asistir a encuentros de los Broncos, de modo que puso toda la carne en el asador para atendieran su petición. Jerry Colangelo, al frente de los Suns, pidió garantías. La respuesta de Nelson fue tajante: “Si Steve no es una estrella puedes quedarte con mi puesto de trabajo”.

Steve ya había vivido esa situación antes. La de ser opción y no preferencia. Ian Hyde-Lay fue entrenador de Nash en el High School. El base promedió durante su estancia en St. Michaels casi un triple doble (21,3 puntos, 9,1 rebotes, y 11,2 asistencias), pero existía un problema que limitaba mucho sus aspiraciones. Lo hacía en Victoria, capital del estado de British Columbia, en Canadá. Canadá no es Estados Unidos, y los ojeadores no se dejan caer por esos lares. Hyde-Lay envió cartas recomendando a su pupilo a más de 30 universidades. Arizona, Duke, Villanova, Indiana… respondieron de manera similar: “Gracias, pero…” A mí una vez alguien me dijo que lo importante de una frase siempre va después del pero, así que imaginad. Otras candidatas, como Washington, muy próxima a Victoria, ni siquiera contestaron. Siendo jugador de instituto, cuando tu visibilidad es alta, puedes llegar a recibir más de 300 cartas tratando de reclutarte. Eso no sucede al norte de la frontera. Solo Santa Clara, universidad situada al sur de San Francisco que no alcanza los 4.000 estudiantes, mostró interés en el joven. Steve apenas la conocía. Por fortuna para él, Scott Gradin, entrenador asistente, obtuvo una cinta con jugadas del muchacho. Dick Davey, coach de los Broncos, entró en la sala de vídeo justo cuando su ayudante estaba visualizando su contenido. En ese mismo instante decidieron que tenían que ir a verlo en directo. Tras el primer partido, Davey fue claro: “Defensivamente eres el peor jugador que he visto, pero te quiero en mi equipo”. Está claro que debía ser muy bueno en el resto de facetas. Y poco a poco lo fueron descubriendo sus rivales. Era el mejor jugador del que nunca habían oído hablar.

Puede que todo estuviese en contra, que el destino pusiera trabas al éxito de Nash. Llegó a Estados Unidos desde Canadá, pero que estuviese allí también había sido consecuencia de algo inesperado. Steve nació en Johannesburgo, Sudáfrica. Sus padres se habían conocido en un club de Londres. John, su padre, compaginaba su trabajo con su carrera como jugador al fútbol. Jean, su madre, era asistenta en una empresa de corretaje de valores. El día que a John se le presentó la oportunidad de crecer como profesional, no dudaron en desplazarse a Sudáfrica. Sin embargo, cuando Steve tenía dos años (nació en 1974), tomaron una decisión. El país estaba dividido por el apartheid. Los Nash estaban en contra, y contemplaban a diario cómo los sudafricanos blancos educaban a sus hijos bajo el pensamiento de que aquel régimen estaba justificado. No podían continuar allí, en un lugar donde el racismo se vivía a diario. De modo que cruzaron el océano rumbo a Norteamérica.

Steve aterrizó en 1996, con 22 años, en un equipo que contaba con Kevin Johnson, y que adquirió a Jason Kidd a mitad de temporada. Dos all stars en el puesto de uno. El joven Nash apenas alcanzó los 10 minutos de media en los 65 partidos que pudo disputar su primera temporada, y algo más de 20 en la segunda. A pesar de que Johnson se retiraría antes de que comenzara el tercer año en la liga de Nash, el puesto de titular estaba asignado a un Kidd que gozaba desde sus primeros pasos, en Dallas, de estatus de estrella. Así que al canadiense no le costó mucho hacer el camino inverso al de su entonces compañero cuando se le presentó la oportunidad.

Los Mavericks se habían hecho con los servicios de Don Nelson, padre de Donnie, como entrenador jefe. El hijo partió con él, y volvió a apostar por Nash. Convenció a su progenitor de que Steve era el hombre que necesitaban. En Texas siguieron su consejo. El primer año de Nash en Dallas fue un desastre. Firmó sus peores porcentajes en tiros de campo de su carrera (último año, ya en Lakers y condicionado por sus dolencias, aparte), pese a ser titular en cada encuentro, jugando más de 30 minutos por noche. El segundo año tampoco fue el esperado, siendo relegado al banquillo en 29 de los 56 choques que disputó. Los otros bases del equipo eran Robert Pack y Hubert Davis. Así estaban las cosas. Nellie no entendía que ocurría, hasta que el canadiense se sinceró: “Soy un creador de juego. Yo quiero pasar, es mi naturaleza”. La respuesta del coach fue tajante: “Está bien, pero para convertirte en un jodido jugador dominante debes tirar también. Quieres ser generoso, pero a veces, cuando no tiras, eres egoísta. Una cosa complementará a la otra”. A partir de ese momento Nash empezó a crecer.

Junto a Dirk Nowitzki y Michael Finley relanzó el baloncesto en Dallas. Y durante los siguientes 4 años los Mavs fueron candidatos a todo. Codeándose con las potencias del oeste, en 2003 tuvieron su gran oportunidad. Compartieron mejor balance global en Regular Season con San Antonio Spurs, a quienes se enfrentarían en finales de conferencia. Tim Duncan (28 puntos, 16,7 rebotes, 5,8 asistencias, 3 tapones y un 57% en tiros de campo de media en la serie), daría portazo a sus aspiraciones. En 2004 volvían a figurar entre los conjuntos a tener en cuenta, pero era un grupo depresivo. Otro equipo que pudo ser grande y se quedó a las puertas, los Sacramento Kings de Rick Adelman, certificarían la muerte deportiva del binomio Nash-Nowitzki. Había llegado la hora de hacer las maletas.

En Dallas amaban a Nash, pero cuando se convirtió en agente libre, Phoenix Suns volvió a por él, ofreciéndole 65 millones por 6 años y el timón de una nave que capitaneaba Mike D’Antoni. El año anterior ya parecían estar preparando el hueco a llenar por Nash, al decidir traspasar a mitad de campaña a Stephon Marbury, el point guard titular durante 3 años en Arizona. D’Antoni, que se había hecho cargo del equipo a mitad de la temporada anterior, asegura que “ni siquiera sabíamos cómo íbamos a jugar. En Italia había probado un sistema basado en lanzar pronto a canasta, pero tenía cierto reparo a la hora de hacer esto en la NBA. La gente me decía que iba a acabar con mis jugadores y que sería despedido”. En una reunión con los Colangelo, Bryan, hijo de Jerry, le diría a D’Antoni que jugara con los mejores 5 jugadores disponibles, algo que este deseaba escuchar. Amar’e Stoudemire y Shawn Marion pasaron a ser la pareja interior más versátil de la liga. Y con Joe Johnson y Quentin Richardson en las alas, Nash tuvo total libertad a la hora de tomar decisiones. Tras contemplar como Steve aprovechaba la situación, logrando a partir de su creación que Phoenix superara los 110 puntos por partido (primeros del torneo) y liderasen la liga en tiros de 3 intentados, convertidos, y en acierto desde más allá del arco, el entrenador calificó esto como “la explosión del juego”. Jugando un baloncesto basado en el “run & gun”, los Suns registraron el mejor récord de la temporada y a Steve Nash lo reconocieron como batuta de una orquesta cuyas interpretaciones rozaban lo divino, concediéndole el MVP de ese curso. Por desgracia para él, en post temporada volvía a toparse con un Duncan en plenitud. Y a pesar de la monstruosa serie de Amar’e, unos Spurs que iban camino de su tercer anillo le apartaron de la gloria.

Tras una temporada en boca de todos, Richardson y Johnson (sobre todo este último) priorizaron los dólares frente a un proyecto recién nacido que parecía tener la gloria reservada para años venideros. Para cubrir las bajas, a Phoenix llegaron ese verano Raja Bell, Kurt Thomas y Boris Diaw. El grupo había quedado mermado, pero las nuevas piezas podían encajar. La esperanza duró 3 partidos. Justo lo que tardaría Stoudemire en decir adiós a la temporada. Las casas de apuestas retiraron su confianza en los Suns y el barco parecía a la deriva. Lo normal hubiera sido dejarse llevar por la corriente. Nash tenía otros planes. Elevó aún más su nivel, mientras que Leandro Barbosa daba un paso al frente. Solo Pistons, Spurs y Mavericks ganaron más partidos que la franquicia de Arizona. El responsable directo era de nuevo la brújula en el parquet. Segundo MVP consecutivo para Nasty. La final de conferencia sería el tope en 2006, cayendo ante su ex equipo. La baja de Amar’e resultó crucial.

Con Stoudemire la vida es más fácil. Tras su regreso y la confirmación de Barbosa (mejor sexto hombre de la temporada), fueron 61 los triunfos de los Suns. Nash rubricaría su posiblemente mejor año, pero su amigo, Dirk Nowitzki, realizaría una temporada antológica tras caer en las finales pasadas, liderando a los suyos a un balance inalcanzable para el resto. El MVP iría a parar a las vitrinas del alemán. Sin embargo, no fueron los chicos de Dallas quienes cortarían el paso nuevamente a los Suns. Otra vez San Antonio, y otra vez Tim Duncan. En una de las series más polémicas de la última década, tras las sanciones a Stoudemire y Diaw por saltar del banquillo después de una flagrante de Robert Horry sobre Steve Nash, los del Álamo sesgarían las esperanzas de Phoenix.

Grant Hill Shaquille O’Neal aterrizaban antes de la 2007-08, la última temporada de D’Antoni en el banquillo. Tampoco pudo ser. Ni en las posteriores, con Terry Porter (período muy breve) y Alvin Gentry al frente. Gradual y en ocasiones temporalmente se fueron uniendo elementos, como Jason Richardson, Goran Dragic, Channing Frye o Marcin Gortat, pero nunca les alcanzó. Así, con 28 años, después de haber pasado 8 en Phoenix, y tras ser derrotados en finales de conferencia, en 2010 Stoudemire partió rumbo a New York, para ser estrella en la capital del mundo. Marion lo había hecho un par de años antes. Llegado 2012, de aquellos Suns renacidos, solo quedaba Steve.

Casi una década liderando un proyecto que nunca tocó los cielos, pero que mostró el camino a otros. Tras ellos, se impuso de nuevo un juego alegre y coral que había dejado de verse tras el apagón de los Kings, y que brillaba otra vez en las canchas de Spurs, Warriors o Hawks. San Antonio es el ejemplo perfecto de evolución y condicionamiento. Tras hacerse con sus primeros anillos practicando un juego nada vistoso, se adaptaron hasta ser paradigma del baloncesto total. Grant Hill lo explica de esta manera: “Bajo la dirección de Steve, todo parecía un caos. Pero existía un orden en ese modelo. Hoy muchos equipos han tomado ese estilo, y creo que Nash es parte responsable de ello. Desarrollando la importancia del base. Hoy ves a Westbrook, a Lillard, a Curry, a Paul… Si los tienes en tu equipo, les entregas las llaves y te fías de sus instintos”.

Nash alza los dos premios de MVP a mejor jugador de regular season

Con todo, Nash se quiso dar una última oportunidad. Alcanzados los 38 años firmó con Lakers, quienes habían adquirido además a Dwight Howard, entonces el pívot más dominante del campeonato. Junto a Kobe Bryant y Pau Gasol, la fórmula parecía ganadora. Los problemas físicos de Pau y propios, junto a la mala relación de los otros dos pilares del proyecto, dinamitó las opciones de hacer algo grande. Y en el curso 2013-14, el cuerpo dijo basta. Más de 17.000 puntos y 10.000 asistencias después.

No sé si se puede decir que Nash no lo logró. Pero su estilo no hay duda de que sí. Siendo el mejor base puro desde John Stockton. Llevando de la mano, en la mayoría de las ocasiones, a sus compañeros a firmar las mejores temporadas de sus carreras. Condicionando el juego, desarrollando un método, y siendo precursor del siguiente nivel. El “small ball”, el “run & gun”. Muchos de los jóvenes y/o nuevos seguidores, que se aficionan hoy a la NBA encandilados por el juego de los Warriors, no saben que antes de ellos existieron aquellos Suns. El legado de Steve Nash, un muchacho nacido en Sudáfrica y educado en Canadá, trasciende fronteras. Cuando echamos la vista atrás, vemos a D’Antoni como arquitecto de la obra. Pero desde mi punto de vist,a él solo tenía los planos del edificio. Todo lo demás, lo que viste a la estructura, era cosa de Nash. Desde los armarios empotrados hasta las cortinas más delicadas, desde la elección de la cerámica hasta el perchero de la entrada. D’Antoni puso las piezas sobre el tablero. Nash decidió cómo iban a moverse.

El 21 de marzo de 2015, Steve Nash oficializaba su retirada, comunicándola, a través de una carta, en The Players Tribune. Quiero rescatar algunos extractos de la misma: “Escuché una vez a alguien decir que llega un día en el que nos dicen que no podemos jugar más. No somos lo suficientemente buenos. No cumplimos los requisitos. Demasiado lentos, quizá. Cuando eres adolescente con sueños sin límite y una obsesión creciente, y alguien te dice que esto no va a durar para siempre, es aterrador. Nunca lo olvidé (…) El regalo más grande ha sido el poder haber estado completamente inmerso en mi pasión y luchar por algo que me encanta tanto – visualizar una escalera, escalar hasta mis héroes -. La obsesión llegó a ser mi mejor amiga. Hablé con ella, mi querida, peleé con ella y me golpeó en el trasero. Y eso es a lo que más agradecido estoy en mi carrera. En mi vida entera, de algún modo. Obviamente, valoro a mis hijos y a mi familia más que el juego, pero de algún modo tener a este amigo – esa persecución permanente – me ha hecho lo que soy, me ha enseñado y me ha puesto a prueba, y me dio una misión que es irreemplazable. Estoy tan agradecido. He aprendido tantas lecciones incalculables sobre mí y sobre la vida. Y por supuesto todavía tengo mucho que aprender. Otro increíble regalo (…) Siempre va a doler que los fans de Phoenix Suns no obtuviesen el campeonato que se merecían durante nuestra carrera. Sí, tuvimos un poco de mala suerte, pero yo siempre miro hacia atrás y pienso en ello, podría haber hecho un tiro más, o no forzar una pérdida, o hacer un pase mejor. Pero no me arrepiento de nada. El campo siempre estuvo lleno y animando. Fue el mejor momento de mi vida. Gracias, Phoenix (…) Probablemente nunca volveré a jugar al baloncesto. Es agridulce. Pierdo la esencia del juego, pero también estoy realmente emocionado para aprender a hacer algo más. Esta carta es para cualquiera que haya tomado nota de mi carrera. En el corazón de esta carta, hablo a los niños de cualquier parte que no tengan idea de lo que el futuro depara o cómo hacerse cargo de lo que trae. Cuando pienso en mi carrera, no puedo dejar de pensar en el niño con su pelota, enamorándose. Así es con lo que todavía me identifico e hice durante mi historia entera”. Quien desee leer la carta al completo, donde el jugador recuerda a ex compañeros y entrenadores, la tiene aquí: http://www.theplayerstribune.com/steve-nash-retirement/

Steve Nash, un héroe sin anillo.

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