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El jardín de la imprevisibilidad

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Londres respira aroma a tenis. La ciudad más cosmopolita del continente europeo es, durante dos semanas del mes de julio, la capital del universo tenístico. Pero, por encima de ello, es la ciudad que dio origen y vida a este deporte. Por ello llaman al All England Lawn Tennis Club la Catedral del tenis. Wimbledon es el torneo más antiguo del deporte de la raqueta. Muchas de sus epopeyas han quedado reflejadas en la mítica Pista Central y varios de sus personajes más reconocidos han forjado su leyenda en la hierba británica. ¿Acaso alguien olvida la memorable final entre Federer y Nadal de 2008, la defensa numantina de Borg ante McEnroe en 1980, la férrea dictadura de Sampras en los 90 o la hazaña de Murray en 2013? ¿O las grandes sorpresas, como el título de Krajicek, las lágrimas de Ivanisevic o el bombazo de Stakhovsky ante la leyenda de Basilea?

A pocas horas de que arranque una nueva edición del tercer Grand Slam del curso, la sensación es que puede ser un torneo especial. Más aún. Hay demasiados ingredientes para hacer de estas dos semanas algo inolvidable. Varios frentes abiertos, en el ámbito actual e histórico, que hacen que las miradas de medio mundo estén puestas en un escaso número de jugadores que tienen la historia y el destino en sus raquetas. El récord de Federer, el número 1 entre Murray y Nadal, o el camino hacia la eternidad de Wawrinka son los principales argumentos. Todos estos ingredientes combinados con la habitual dosis de imprevisibilidad de la que está dotado, por naturaleza, el torneo británico.

Hablar de Wimbledon es hacerlo, de manera directa o indirecta, de Roger Federer. El suizo ha levantado siete veces la copa dorada en la capital británica, igualando el registro de Pete Sampras y William Renshaw. Federer evitó, de hecho, en el año 2001, que Pete consiguiera el octavo al batirle en un legendario partido en cuarta ronda. Ahora Roger busca ser el más grande de la historia del torneo. Ya perdió dos finales de manera reciente ante Djokovic (2014 y 2015), pero ahora las sensaciones son diferentes. Llega lanzado con una reciente exhibición en la final de Halle y con la tranquilidad de haber conseguido en Australia el ansiado 18º Grand Slam.

El tenista helvético es, por primera vez en mucho tiempo, el gran favorito a ganar un major, algo que probablemente no sucediera desde hace seis o siete años. Quizás eso pueda perjudicar a un jugador que se desenvuelve mejor cuanto menos se hable de él, y más aún en un torneo caracterizado por su difícil predicción. El cuadro, además, no concede ningún tipo de relajación al suizo: desde un debut complicado ante Dolgopolov hasta un cruce con su verdugo en 2016 -Raonic- en cuartos, pasando por un encuentro en octavos ante su copia imperfecta -Dimitrov-.

Y aunque parezca que el favoritismo de Federer y su posible récord histórico le haga ser el único atractivo del torneo, no es así. Está en juego el número 1 del mundo, en poder de Andy Murray desde noviembre de 2016. Por primera vez en casi una década y media, hasta cuatro jugadores llegan con opciones de ser reyes del planeta tenístico al final de un torneo de Grand Slam. Tres de ellos dependen de sí mismos, y los tres van por la misma parte del cuadro: Murray, Nadal y Wawrinka. Las miradas están puestas, especialmente, en los dos primeros. Andy llega entre algodones por varios problemas físicos que le han impedido brillar en los últimos meses, pero Londres siempre saca su mejor versión. Juega con el factor cancha a su favor y tiene un cuadro que le concede respiros, al menos hasta la segunda semana.

Rafa Nadal, en cambio, es una absoluta incógnita. Parece cuestión de tiempo que alcance el número 1 y eso, unido al rotundo éxito de su gira de arcilla, que desembocó en un histórico décimo triunfo en Roland Garros, le resta presión al balear en Wimbledon. Nadal no consigue buenos resultados en la capital británica desde hace un lustro. Atrás quedan las finales contra Federer, cuyo clímax en 2008 encumbró al español, cosechando una segunda corona en 2010, antes de entregarla a Djokovic al año siguiente. A partir de 2012, los problemas en la rodilla, articulación vital en el césped, le han impedido pasar la primera semana del torneo. Ahora, con un cuadro algo más sencillo que en otras ocasiones, se plantea su presencia en cuartos, donde podría medirse a Cilic, y a partir de ahí el objetivo de nº1 y de un tercer título en Wimbledon no serían tan improbables.

El otro gran nombre es el de Stan Wawrinka. Nadie habla de él, como el suizo le gusta, pero tiene la ocasión de convertirse en un tenista eterno, por doble motivo. De ganar el torneo, Stan sería número 1 por primera vez en su carrera deportiva y, sobre todo, cerraría el Grand Slam, algo que sólo Agassi, Federer, Nadal y Djokovic han conseguido en la era moderna. Lo cierto es que Wawrinka, un jugador que no tiene ningún título en la superficie y que nunca ha pasado de los cuartos de final en Wimbledon, tendrá un camino complicado hacia su hazaña: deberá ganar, si no hay sorpresas, de forma consecutiva a Tsonga, Murray, Nadal y Federer para lograr su doble objetivo, del que ni él mismo habla, pero que los hechos catalogan como posible.

Y, ¿qué más? ¿No echáis en falta un nombre? Sí, el de Novak Djokovic. Hace 12 meses, el serbio llegaba con olor a multitudes tras ganar por fin Roland Garros e incluso se planteaba la posibilidad de que que lograse el Golden Slam. 365 días después, Djokovic es una caricatura de la bestia que le llevó a dominar el tenis de manera dictatorial y apenas acumula dos títulos ATP 250 este curso. El sorteo, además, tampoco se ha portado bien con él. Klizan, Del Potro o Feliciano López cuestionan su presencia en cuartos de final. Quizás lo que necesite Djokovic es que nadie le tenga en cuenta. Londres le volverá a juzgar en su peor año.

Por detrás de estos cinco nombres, los habituales, los outsiders. Destaca el nombre de Cilic, cuartofinalista en las tres últimas ediciones y que llega realizando la temporada más regular de su carrera, en busca de otra sorpresa de las magnitudes del US Open 2014. No parece que sea la hora de Raonic, que viene de una mala dinámica en los últimos meses, lejos de aquel tenista que llegó a la final en 2016. Es complicado también predecir a Dimitrov, aunque su posible duelo con Federer hace que su presencia sea algo menos residual. Y Zverev, hay que tener en cuenta a Zverev, que ha dejado de ser una promesa. Por todos estos nombres, y por los que no caben en este artículo, Wimbledon es el jardín de la imprevisibilidad. Que gane el mejor.

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