Ciclismo

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El holandés errante

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Cuenta una de las múltiples versiones de la leyenda que un capitán de barco llamado Willem van der Decken, que realizaba la ruta Holanda-Java a velocidades imposibles en el siglo XVII, hizo un pacto con el Diablo para evitar todo tipo de inclemencias meteorológicas durante sus travesías. Dios se enteró de esta afrenta y le obligó a vagar sin rumbo por los mares sin poder volver jamás a tocar tierra.

A algo así parecía condenado Steven Kruijswijk, un ciclista de nombre impronunciable de la interminable cantera neerlandesa del Rabobank y sus equipos sucesores, hoy LottoNL-Jumbo. Desde su debut en el Giro, en 2010, con 23 años, empezó a destacar en la montaña. En la primera, el primero, que disputó de rebote por la baja de Óscar Freire, destacó en etapas puntuales. En el segundo, en 2011, llegó a quedar en octava posición, luchando por el maillot blanco de mejor joven.

Es un caso similar a otros que han ocurrido en la escuadra neerlandesa en los últimos años. Robert Gesink o Pieter Weening anteriormente, o Wilco Kelderman en la actualidad son los mejores ejemplos: ciclistas que consiguen grandes resultados en sus inicios profesionales pero luego nunca los consiguen concretar en triunfos durante sus carreras, quedándose habitualmente en ese limbo que supone luchar por el Top-20 de la general de Giro, Tour o Vuelta.

Desde ese 2011 -en el que también ganó una etapa e hizo podio en el Tour de Suiza-, los resultados de Kruijswijk han sido discretos, más en relación con las expectativas. En los siguientes tres años solo consiguió un 15º lugar en el Tour de Francia y la única victoria en el modesto Arctic Tour en Noruega. Apenas se asomó en los grupos de favoritos en alguna vuelta de una semana. Parecía un alma perdida.

El rumbo

Todo pareció cambiar el año pasado en la que ya es su carrera preferida -si no la única-: el Giro de Italia. Junto a Ryder Hesjedal, sin opciones reales de podio frente al dominio y las faidas de Contador, Aru y Landa, se dedicaron a poner sal a la carrera aprovechando esa falta de control en las montañas alpinas. Estuvo siempre con los favoritos y fue uno de los grandes protagonistas de la recordada etapa de Sestrière y el Colle delle Finestre. Terminó séptimo.

 

¿Suficiente para considerarle favorito este año? Para nada. Nadie le esperaba. Hasta hoy, que ya ha irrumpido. Durante todo el Giro se ha mantenido al nivel de los grandes favoritos (Nibali y Valverde), también la contrarreloj del Chianti, lejos de su especialidad. Y contra pronóstico, dio el golpe en las etapas dolomíticas. En la preciosa etapa de Corvara, una de las mejores de los últimos años, tras el hundimiento de Valverde dio, junto al colombiano Esteban Chaves, el golpe a Nibali cuando entró en crisis.

En la cronoescalada de Alpe di Siusi, el tesón del holandés errante y el desgaste de Nibali hizo el resto. El siciliano se sumergió a más de dos minutos. Steven Kruijswijk, ya vestido de rosa, se quedó a centésimas de vencer la cronoescalada que se llevó de manera increíble el ruso Alexander Foliforov. Apenas pudieron resistir cerca Valverde, recuperado, a 23 segundos; y Esteban Chaves, a 40 segundos. Total, que ahora Kruijswijk cuenta con una más que destacable renta como líder.

¿Y ahora?

No está todo acabado. Ni Kruijswijk lo tiene ganado ni sus rivales perdido. Pese a la fortaleza que ha demostrado hasta ahora, quedan todavía cuatro etapas en la última semana en la que dos minutos pueden convertirse en una ventaja exigua.

No son etapas de fondo -dos de ellas apenas superan los 130 kilómetros-, pero las rampas de la Paganella, Pramartino -en la llegada ‘trampa’ a Pinerolo-, el Agnello, Risoul, la Bonette y la Lombarda son suficientes para, si los ciclistas lo proponen, ver una lucha preciosa por anular la ventaja de Kruijswijk.

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Además hay que tener en cuenta que el LottoNL-Jumbo no es un equipo preparado para defender un liderato, sino que Kruijswijk es más bien una bala perdida, un agente solitario que ha encontrado su lugar de manera inesperada. Todo lo contrario que el Movistar de Valverde y Amador y el Astana de Nibali, máquinas creadas para dominar una carrera.

De este modo, en la última semana del Giro no van a ser decisivas solo las fuerzas frente a un Kruijswijk al que la motivación está llevando en volandas. Son días de pizarra, en los que hay terreno para diseñar estrategias en las que con ataques lejanos desbancar a un líder que se puede encontrar muy solo.

 

Eso sí, antes tendrán que devolver el fantasma del holandés errante al mar. Un mar surcado por sus compatriotas desde 1990 -cuando Erik Breukink subió al podio del Tour- o incluso desde 1980, la última vez –Joop Zoetemelk en el Tour- que un neerlandés venció una gran vuelta. Nunca ha ocurrido en el Giro. Y Kruijswijk lo tiene en su mano.

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