Fútbol italiano

article title

El hijo de Bruno

Tweet about this on TwitterShare on FacebookShare on Google+Share on LinkedIn

No ha tenido que ser fácil ser el hijo de Bruno. Incluso puede que el hijo de Bruno haya sentido un cierto grado de alivio entre toda la tristeza de su corazón al saber que su relación de amor con el club de toda su vida, después de dieciséis años, ha terminado tras acordar la no renovación de su contrato, ya que con ello también se entierran para siempre las eternas e injustas comparaciones. Es más que probable que el hijo de Bruno, a sus 36 años -la misma edad con la que su padre colgó las botas- decida también dejar la práctica del fútbol tras una temporada colectiva desastrosa concluida con el amargo descenso del Cagliari a Serie B y en la que ha tenido el menor peso en el equipo desde su campaña de debut allá por 1999.

El hijo de Bruno creció allí donde su padre fue figura y mito, arrastrando consigo el peso de la estirpe y un apellido que, escrito en la camiseta de la Roma, pesaba toneladas y suponía una deuda impuesta, innata y prácticamente condenatoria. Para colmo, el parecido físico era evidente. La nariz respingona y la media melena al viento no hacían sino reflejar en todos los estamentos del club giallorosso, como en una bola de cristal, la inminente reencarnación de las tantas tardes de gloria que Bruno les había dado. Todo un advenimiento futbolístico.

Sin embargo, nada de lo que hacía el hijo de Bruno sobre el campo se parecía un ápice a lo que había hecho su padre. Bruno era un futbolista excepcional, un jugador de ataque, desequilibrante por banda, habilidoso, muy rápido, capaz de ser letal, un zurdo escurridizo, potente, regateador, de gran centro, de mucha clase y tesón físico. Un campeón de Italia y del mundo. Un futbolista del que Pelé dijo que pensaba que ya no nacían jugadores así y que había sido el verdadero brasileño de España 1982 y del que Maradona llegó a afirmar que fue el mejor jugador de aquel Mundial y que Argentina habría estado encantada de poder contar con alguien así en sus filas. El hijo de Bruno era prácticamente la antítesis y nunca nadie de semejante talla iba a decir de él algo mínimamente similar. De buen trato de pelota y de notable sentido táctico pero lento de movimientos e incapaz de resolver un partido por sí mismo en una acción genial de talento individual, ni de galopar hacia el arco regateando a la defensa rival para hacer gol o brindárselo en bandeja a otro compañero.

 

Pese a ello, todos en la Roma esperaban que el hijo reencarnase las alegrías que, con dosis de magia, hacía aparecer el padre con el balón en los pies. Como si la genética y solo la genética ya debiese haberle dotado de ese don necesaria y obligatoriamente, como si la responsabilidad de elegir el fútbol como profesión y vida viniese impuesta desde la cuna, como si el hijo de Bruno tuviese que ser el propio Bruno de nuevo.

Seis partidos en tres años con la Roma eran unos guarismos paupérrimos pese a haber debutado con apenas diecisiete en el primer equipo. Aunque al hijo de Bruno le bastaron para poder firmar un gol debajo de la Curva Sud del Olímpico, saltar la valla publicitaria y correr hacia los tifosi como tantas y tantas veces había hecho su padre. Aquel gesto prematuro se tomó como precoz y premonitorio e hizo desatar la euforia del parangón pero pronto se apagó para no encenderse nunca más. El hijo de Bruno lo entendió rápido. Necesitaba encontrar su propio camino porque nunca iba a ser capaz de recorrer de la misma brillante manera el que había recorrido su padre. “Siempre pensé en marcharme de la Roma lo antes posible por el enorme peso de la comparación con mi padre. Él era otra cosa, yo no soy un campeón de ese calibre pero he sido capaz de caminar con mis propias piernas”, reconocía en una entrevista en 2014 a SportWeek, el magacín semanal de la Gazzetta dello Sport.

Desde entonces pasó a ser pitado, especialmente desde la Curva Sud, con saña creciente cada vez que visitaba el feudo de la Roma, el equipo al que paradójicamente más goles ha hecho en su carrera, lo que le costaba varios días sin hablarse con su padre tras cada uno de los tantos. El mismo estadio que había venerado y sigue venerando a su padre como a un tótem, el mismo Olímpico que anhelaba y adivinaba la reencarnación de Bruno en él entre algunas voces vagas y solapadas que comenzaban a afirmar que solamente jugaba por ser quien era.

El hijo de Bruno se marchó en copropiedad a Cagliari. Allí, en Cerdeña, encontró una perfecta simbiosis entre fútbol y tierra, ya que la isla se convirtió para él en una isla de paz, en su hábitat, su medio, su vida lejos de las sombras de las eternas comparaciones pese a que en su primer año el equipo descendió para pasar cuatro campañas seguidas en Serie B. Era el paraíso que buscaba. Y por ello el hijo de Bruno se quedó allí para siempre pese a las cuantiosas ofertas, algunas tan sumamente interesantes como el Bayern de Múnich, el Napoli, o una vuelta a la Roma de la mano de Spalletti. Cagliari se convirtió para él en absolutamente todo lo que estaba buscando, porque vestido de rossoblù él era el gigante y no el limitado heredero, porque haberse desprendido de ese lastre era su triunfo, su Scudetto, su Copa del Mundo.

 

El hijo de Bruno siempre ha mirado muy de lejos a otros adalides de la fidelidad a unos colores como su ex compañero Totti o Javier Zanetti. Nunca ha sido un ídolo a escala internacional, nunca se han reproducido ni se reproducirán sus highlights millones de veces a través de youtube a pesar de que era hasta el término de la temporada el tercer italiano en activo con más goles de tiro libre tras Pirlo y el citado Totti. Aunque su nivel no es equiparable, su trayectoria en el Calcio sí merece ser tenida en consideración a escala de los más grandes capitanes de la Serie A moderna, además de haber sido indudablemente un buen jugador, incluso notable en su posición de regista. Un clásico cinco argentino de toda la vida pero nacido al norte de Roma, muchas veces infravalorado precisamente por su decisión refrendada cada verano de permanecer ligado a la entidad sarda, de permanecer ligado a su propia felicidad.

“Durante años has cargado en la espalda el tan pesado apellido. Sufría cada vez que todo el mundo te comparaba conmigo, no era justo. Sin embargo, con el tiempo has logrado callarlos a todos y los has conquistado sobre el campo con talento, fuerza y carácter. Y en esto sí que somos iguales”, le decía Bruno a su hijo en una carta publicada en el diario regional L’Unione Sarda. “Has vencido tú solo”. Y es que aunque el hijo de Bruno se empeñe en afirmar que ojalá su primogénito, que está empezando a dar sus primeros pasos en el mundo del fútbol en las categorías inferiores del Cagliari y que también se llama Bruno y es zurdo, siga los talentosos pasos de su abuelo y no los suyos, dejar tamaño legado en un mismo club como él ha hecho es algo casi inalcanzable y digno de todo el respeto y admiración.

“No conseguir evitar el descenso este año es una cosa que nunca me perdonaré. Con los años el rossoblù se ha convertido en mi segunda piel. Esta ciudad y esta isla continuarán siendo mi ciudad y mi isla. De hoy en adelante ya nada será lo mismo. Estoy convencido de que de vez en cuando volveré a ver los goles que he marcado con esta camiseta y seguramente lo haré en soledad porque sé que no podré evitar las lágrimas. Pero más que los goles, la cinta de capitán o el récord de partidos, espero que la gente me recuerde especialmente por mi amor incondicional a estos colores y a esta tierra. He dado todo lo que he tenido por el Cagliari y el Cagliari ha transformado mi vida en un sueño. Por todo ello hoy me siento un hombre triste pero afortunado. Gracias”. De esta forma el hijo de Bruno se despedía de su amada afición y de su querido club tras la última jornada de la recién concluida Serie A. Una afición que le ha permitido hallar un lugar en el mundo en el que dejar de ser el hijo de Bruno, y un club, el Cagliari, que escribe su nombre con la C mayúscula de su capitano Conti. El único Conti al que por allí idolatran y consideran un mito inigualable: simplemente Conti, Daniele Conti.

Tweet about this on TwitterShare on FacebookShare on Google+Share on LinkedIn

Artículos relacionados