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El fútbol sin los árbitros

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Creo que llega un poco tarde pero no me lo voy a callar igual. Semanas, meses, años, siglos. He perdido la cuenta ya. Realmente, no sé cuánto tiempo llevan los árbitros siendo protagonistas en el esto del fútbol. Protagonistas en el mal sentido, claro. Qué culpa tendrán ellos. Qué culpa tendrán de que un deporte tan grande, que aglutina a tanta gente de todas las clases, de todas las edades, los machaque constantemente en cada partido y en cada enfrentamiento.

Obviamente no es una totalidad, y menos mal, pero llega un punto en el que parece que sí lo es. Porque, al fin y al cabo, son 80000 personas las que se juntan en un estadio un sábado por la noche, y son prácticamente 50000, las que lo insultan como si se les fuera la vida en ello.

Ojalá esos seres, si se les puede denominar de alguna forma, experimenten lo difícil y angustioso  que puede llegar a ser trabajar como colegiado, para que el calificativo más bonito que les digan, sea tonto. Pero no lo van hacer. Y estoy seguro de ello porque sus cerebros de cocodrilo no les proporciona ninguna clase de empatía o tolerancia. Ni un mísero resquicio de respeto hay ahí. Muchos no lo comprenderán o se quedarán impactados con esto, pero es que yo he visto, dentro de un campo de fútbol, cómo un hombre tenía que ser retenido por los guardias allí presentes porque iba dirigido al árbitro a pegarle. Hasta amenazas de muerte se han producido. Parece de locos pero pasa cada fin de semana y no se hace nada al respecto.

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Este deporte va más allá. No son simplemente 22 tíos detrás de un balón. O tampoco una reunión de unos contra otros para darse patadas. Hay un sacrificio y una entrega que se tiene desde pequeños. Desde que prácticamente no se sabe decir ni una palabra por la boca. Y eso genera una afición que trasciende a todos los rincones del universo. No lo niego. Pero los verdaderos valientes son otros. Son los que saltan al verde, con una equipación diferente al resto y un pito como sello. Ellos son los ganadores cada fin de semana. Tendrán sus fallos y sus aciertos. Pero igual que tú. Igual que tú suspendes un examen, o llegas tarde a clase. Son humanos. Y nadie les puede privar del error. Porque eso es lo normal. Fallar. Hay que aprender a ser más comprensivo y saber que, todo lo que vaya más allá de una equivocación, es un éxito. Pero eso no pasa con los árbitros. Y es una pena.

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