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El FC Barcelona y un centro del campo renqueante

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Fermín SUÁREZ – El centro del campo es el principal bastión que un equipo debe conquistar si quiere ganar la guerra (el partido). Es decir, se trata de una parte fundamental para asegurar el tránsito hacia la victoria porque de su correcto funcionamiento dependen cuestiones vitales como la transición ofensiva, el repliegue defensivo o la presión en bloque.

No sólo Ajax y Athletic han puesto en jaque al Barça desde la sala de máquinas, sino que también Rayo, Real Madrid (en la segunda parte) y Atlético ya habían dado serios aldabonazos para un Barça, obligado a replantear la elección de sus mimbres y su predisposición táctica en la parcela ancha, ante equipos que exigen tanto y que no se conforman con ser sujetos pasivos de un encuentro.

Roberto Trashorras, Saúl Ñíguez y Raúl Baena maniataron a los azulgranas desde la posesión y la territorialidad, así como Illarramendi, Modric y Khedira, que también mezclaron con criterio hasta el triunfo, sólo repelido por el poste y la manopla divina de Valdés. Mucho antes, y en un contexto casi de pretemporada, el Atlético ya había aleccionado al Barça con la formación de un enjambre solidario y efectivo, cimentado en la combatividad y calidad de Mario Suárez, Gabi y Koke, secundados por Arda Turan y Diego Costa.

Frank de Boer, con su atrevida predisposición (situando a Daley Blind como mediocentro de contención, junto a Klaassen y Serero), dio una lección de jovialidad y expresividad. Demostró que, si un equipo tiene una filosofía de fútbol definida y reconocible, donde el balón es el principal mandamiento, no sólo puede llegar a la victoria sino que además puede entretener y ser recordado (precisamente, porque desplegar un buen fútbol siempre exige tomar un atajo más laberíntico, dificultoso e incierto).

Ernesto Valverde, otro pedazo de entrenador nacional (a la altura de los Pepe Mel, Paco Jémez, Marcelino García Toral, Unai Emery o Luís García), inoculó otra lección al Barça en una misma semana: la fortaleza y convicción de un colectivo siempre serán virtudes superiores a la suma de individualidades. Porque los zuri-gorri saben a lo qué juegan, no titubean, ocupan bien los espacios, tienen fe en su forma de llegar a la victoria y se dejan la piel en el campo (gracias, en gran parte, a la encomiable tarea de José Antonio Pozanco, el preparador físico que pone a los Cachorros como Leones).

Sin embargo, no podemos obviar que la cuestión del centro del campo es una preocupación de calado, que no se arregla tan sólo con el cambio circunstancial de alguna pieza (por ejemplo, la entrada de Sergi Roberto; por otro lado, necesaria). Lo que debe plantearse el Barça, visto el rendimiento ofrecido y las señales emitidas, es la necesidad (o no) de una profunda reforma, aplazada por las circunstancias ya conocidas, de la plantilla y del estilo de juego. Hablo del estilo y de la filosofía porque no nos engañemos: este equipo abrazó la gloria porque hubo tres jugadores (Messi, Xavi e Iniesta), que desde su versión individual más primorosa, inundaron el colectivo de asociacionismo a raudales y circulación de balón sin parangón (sin contar con la exuberancia física con la cual sometían a sus rivales). Fueron los artífices del Barça más recordado de la historia.

Tal vez, si los garantes de ese estilo ya no vuelven a exhibir ese nivel, la misma filosofía de concebir el fútbol no sirva. Tal vez, debamos arrodillarnos ante la irrupción de nuevos valores colectivos e individuales: la anarquía de Cesc, la bravura de Alexis, el galope de Neymar, el músculo de Song, la pujanza de Alves y la dulce locura de Bartra subiendo con el balón controlado. Eso sí, aviso para navegantes: nunca otro estilo u otra alternativa futbolística quedará exenta de exigencia. Y, si se opta por la verticalidad y el juego directo, eso no significará nunca en ningún caso conceder ocasiones en defensa, no chutar al arco, abrochar la presión de forma intermitente y pasiva, y desgobernar los partidos. 

Un déficit en el centro del campo, y más cuando está propiciado por aquellos jugadores que en su día aportaron el estilo, la forma, el sello y el reconocimiento, obliga a plantear nuevas soluciones de calado para mitigar un defecto evidente, palpable y cuantificable (ante el Athletic, Mascherano dio más pases que Xavi). No se trata de incendiar el equipo, sino de intervenir, meter el bisturí, tomar decisiones y auscultar las necesidades del Barça, sobre todo, las que demanda su centro del campo renqueante.

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