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El espejo en el que se mira Dimitrov

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La Pista Central de Wimbledon, el escenario más famoso del universo tenístico, acogerá mañana uno de sus partidos más esperados. Un partido siempre mediatizado, por todo lo que se ha hablado, y hablará, de los dos protagonistas. Roger Federer y Grigor Dimitrov han estado, están, y estarán siempre interconectados. Desde la fulgurante aparición de un talento nacido en Bulgaria, campeón júnior de Wimbledon en 2008, las comparaciones con Federer, en un intento de medio mundo de encontrar sucesor al tenista de más talento puro de todos los tiempos, han sido incesantes. Hasta el punto de llegar a hacer daño a Dimitrov, estancado en la discreción, hasta que este año parece estar dispuesto a despegar.

A sus 26 años y de la mano de Dani Vallverdú, un entrenador que hizo madurar a Andy Murray y que extrajo la mejor versión de Tomas Berdych, el búlgaro ha vuelto a ganar títulos, a jugar rondas finales de Grand Slam, y a acariciar el top-10, lugar que, por su talento, le debería pertenecer desde hace bastante tiempo. Ahora, con el nivel mostrado en el comienzo de la temporada, y el exhibido en la primera semana de Wimbledon, Dimitrov se encuentra con Federer, a quien nunca ha podido batir en sus cinco enfrentamientos previos, con la sensación de que, por fin, le puede empezar a perder el respeto.

Las casualidades y el destino han querido cuadrar este partido, el de dos tenistas de movimientos calcados, de Maestro y tardío heredero, en una cuarta ronda, similar a lo que sucedió hace 16 años. Por entonces, Pete Sampras dominaba el tenis en pistas ultrarápidas, tenía el catálogo de ‘mejor tenista de la historia’ y buscaba, como ahora Roger, su octavo título en la capital británica. Nada parecía impedirlo, pero un joven suizo de 19 años, llamado Roger Federer, se cruzó en su camino en los octavos de final. Por entonces, Federer ya había ganado su primer título ATP, estaba entre los 20 mejores del mundo, y había sido semifinalista en los Juegos Olímpicos el año anterior.

En un partido memorable, de saque y volea durante tres horas y media, el joven Federer, de carácter descarado y coleta irreconocible, derrotó al invencible Sampras, que no perdía en la Catedral desde que fuese derrotado por Krajicek en 1996. Roger, predestinado a la gloria desde que ganase el campeonato júnior en 1998, había reclamado su espacio entre los mejores, acelerando el declive de Sampras, que se retiraría al año siguiente, tras ganar su último Grand Slam, en el US Open 2002.

Hay parecidos y diferencias entre las dos situaciones. El Federer actual, pese a tener cinco años más que el Sampras de 2001, afronta con muchos más argumentos a su favor la búsqueda del octavo título en Londres. Llega tras la consecución del Open de Australia y de arrasar en la gira norteamericana, mientras que el estadounidense llegaba sin títulos a la hierba londinense, en un declive propiciado por sus molestias en la espalda, que aceleraron su retirada a los 31 años de edad, en 2002. Además, el Dimitrov actual no es comparable al Federer de hace 16 años. Tiene 26 años y no es ninguna promesa. O al menos, no debería serlo. Hace tiempo debería haber explotado y, que no lo haya hecho aún, muestra que evidentemente no cumplirá las expectativas generadas en torno a él. El búlgaro, aunque siga mirándose de vez en cuando en el espejo de Federer, intenta hacer su propio camino. Tener su propia marca.

Pero también es cierto que la mística que rodea a este encuentro es similar a la del Sampras-Federer. Roger es, como lo era Pete, el gran dominador de la hierba en la última década, y Grigor es, como lo era Roger, el tenista joven que más ha destacado en la superficie en los últimos tiempos, en el que hay puestas más expectativas para ser el ganador de Wimbledon en los próximos años. Dimitrov, por edad, ya no está en posición de seguir los pasos de su ídolo, pero una victoria mañana supondría, como supuso para Federer su triunfo en 2001, un gran salto de calidad y un impulso anímico espectacular. Ante él, un Federer muy superior y mucho más completo que el Sampras de hace 16 años. Un partido para disfrutar. Sea igual de espectacular que el de 2001 o no, se hablará de él.

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