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El día que nació una estrella

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El fútbol, en ocasiones, te traslada a momentos repletos de magia, a lugares cargados de belleza. El fútbol te permite vivir y guardar en la retina imágenes que quedarán por siempre en tu recuerdo, y en la historia. Gracias a ese deporte que gira entorno a un balón, miles, y en ocasiones hasta ¡millones! de personas son capaces de dejar al lado sus diferencias y aunarse por un mismo sentimiento, una misma pasión…por una misma ilusión. Esto fue lo que le sucedió a España entera aquel 11 de julio de 2010. Una fecha clavada a base de fútbol en nuestros corazones. ¿Qué tal si nos trasladamos a ella?

El estadio Soccer City de Johannesburgo, Sudáfrica, era el escenario elegido para albergar la gran cita. El ambiente no podía ser mejor. Las vuvuzelas emitían su canto con fiereza. El mundo entero se paralizaba. Nadie quería perderse lo que allí iba a suceder.

Tras el final de la ceremonia de clausura, holandeses y españoles saltaron al césped bajo un gran manto de nerviosismo difícil de disimular. Manto que poco a poco se fue disipando a medida que pasaban por delante de la Copa del Mundo, la cual lucía de manera majestuosa su atuendo dorado. Todos soñaban con abrazarla, acariciarla,…besarla, pero pocos eran dotados con semejante privilegio. Todo estaba listo, la gran batalla daba comienzo.

 

Con el pitido inicial, el balón echó a rodar y, desde el inicio, Holanda nos dejó claro lo que había en juego. Fueron pasando los minutos. España, que intentaba combatir con fútbol la dureza y la violencia holandesa, se iba haciendo amo y señor del duelo. A pesar de todo, los noventa minutos reglamentarios tocaron a su fin con un marcador de empate a cero.

Se avecinaba una prórroga eterna, en la que nos tocó sufrir, y de qué manera. Holanda apretaba, hasta el punto de conseguir dos ocasiones pintiparadas en las que Robben, su hombre más peligroso, se plantó frente a frente con Iker. Fueron en esos dos precisos instantes donde a más de uno se nos paró el corazón, pero “El Santo”, ese que tantas veces nos había salvado, volvería a hacerlo con otros dos milagros más.

 

Todo parecía estar predestinado para que la fragante batalla se resolviera en la cruenta tanda de penaltis, penaltis que en las últimas ocasiones nos habían sonreído como tantas y tantas veces nos daban la espalda en el pasado.

Había que mantener la esperanza, aún quedaba tiempo, no mucho, para intentar eludir esos malditos lanzamientos desde los once metros. Y por fortuna, ¡llegó! Iniesta conseguía empalar un balón dentro del área rival, que junto con la potencia de su pierna y las de todo un país, acabó en el fondo de la red. El estasis y la locura se desataron. Lo que tanto y tanto habíamos soñado, lo que parecía toda una quimera, aquello que creíamos que nunca ocurriría, esa noche se hizo realidad.

 

Casillas, arropado por el calor de todos sus compañeros y de millones de españoles, alzaba al cielo el preciado trofeo que nos señalaba como los mejores. Aquel equipo acababa escribir una página con letras doradas en la historia del fútbol.

Así se forjo el nacimiento de una estrella que siempre brillará y resplandecerá con fuerza sobre el escudo de nuestra selección.

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