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El día que murió LeBron James

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El jurado popular del mundo baloncestístico tenía clara su decisión, la sentencia era firme. Fusilar a LeBron James al alba. El lugar sería el Oracle Arena y el momento, después del GAME 5 de las finales del 2016, cuando los primeros rayos de luz bañaran la Bahía. El alero de Akron tenía que morir, había que borrar su legado de la faz de la tierra. Un Rey agonizante.

El cuarto partido de las finales en Cleveland había sido el detonante. Tras una breve insurrección días atrás, la banda de rebeldes liderada por LeBron James se rendía ante su propio público, entregaba las armas ante los nuevos amos del baloncesto mundial, los Golden State Warriors. Lo habían intentado pero, sencillamente, eran mejores. En 2015 pasado se instalaron en la excusa de las lesiones, con un roster seriamente lastrado, los Cavaliers dejaron de luchar tras seis partidos de brega, y el anillo viajó a San Francisco.

Pero ya no quedaban excusas. Su tiempo en la NBA parecía haber terminado, y los odiadores profesionales se frotaban las manos con lo que parecía ser el nuevo y definitivo fracaso de LeBron James en las finales. Quizá él lo sabía, en lo más profundo de su ser era consciente de que su tiempo como líder soberano de la mejor liga del mundo había expirado. No era fracasar, era aceptar algo evidente, una superioridad deportiva contra la que poco podía hacer. Aceptaría su castigo aunque, sinceramente, pensaba que lo dejarían ir libre, al exilio de la historia del baloncesto, donde el que quisiera podría leer y ver sus hazañas pasadas. Nada de eso, estaban decididos a acabar con él. Llegaba a estas finales con un bagaje de cuatro finales perdidas por sólo dos ganadas. Qué mejor manera de terminar con él que un 4 a 1 tan doloroso como clarividente. Una nueva dinastía había nacido en la NBA y él ya no podía hacer nada por evitarlo. Era el pasado.

Desde que James entró en la NBA en 2003, nunca cayó bien a una amplia mayoría de seguidores. Su actitud chulesca y ese aura de estrella del rock and roll no ayudaban en exceso. A eso había que sumarle una cierta campaña por parte de la prensa estadounidense, la cual le colocaba como ‘El Elegido’ sin haber empezado su andadura profesional aún. Iba tan sobrado, que no pasó por la Universidad, dio el salto a la NBA desde su Instituto, el St. Vincent–St. Mary High School. Unos modales impropios de alguien que quería ser una leyenda de este deporte. Comenzó tan rápido a tener peso sobre sus hombros, que la sombra de emblemas como Jordan o Kobe hacían mucho más complicado su camino.

No obstante, hay que reconocer que ha cambiado. Desde su regreso a Cleveland en 2014, LeBron James es otro. Su gesto siempre agrio y desagradable se ha dulcificado hasta dar una imagen de noble y bonachón. Su cruzada para traer el anillo de campeón a Cleveland, su casa, ha sido el inicio de un lavado de imagen tan acertado como necesario, donde el alero ha querido dejar de ser el villano al que todos odiaban para ser el antihéroe de la NBA, un personaje destacado o protagonista de una obra de ficción cuyas características y comportamientos no corresponden a los del héroe tradicional.

La única virtud que no le han negado ni propios ni ajenas al 23 es su fortaleza mental. Siempre se ha repuesto de los golpes que le daba el baloncesto, siempre espantando sus fantasmas. Primero, fueron los Boston Celtics, su pesadilla en la primera etapa en Ohio. Una vez ajusticiados los verdes, tocaba devolver la final perdida en 2007 a los Spurs, hecho que también logró seis años más tarde. Y entonces llegaron ellos para cambiarlo todo, los Golden State Warriors.

Temporada 2014/2015. Tras la expectación creada por James en su regreso a Cleveland, con la formación de su Big Three correspondiente, algo se llevó de repente toda la atención del mundo. No eran otros que el roster de la Bahía, un equipo en constante crecimiento que asomaba a su cima profesional y que, en cierta manera, había innovado y cambiado el baloncesto. Lo tenían todo, y pronto se empezaron a ganar el agrado del vulgo. La obsesión del alero con los californianos no empezó realmente hasta que les ganaron la final de 2015. Fue el inicio de todo. Si fue poco castigo ver escapar su cuarta final, la temporada que vendría sería mucho peor. Récord de victorias en fase regular, triples en una misma temporada, inicio inmaculado de la misma, en definitiva, un drama para los Cavaliers, que veían como no eran ni la segunda opción al título para la mayoría de aficionados y periodistas.

Y así llegamos al fatídico y decisivo GAME 5 de 2016.

Todo parecía preparado, el fin de fiesta en Oakland se podía palpar en las calles durante el día. Sonrisas, camisetas de los Warriors, un estado de felicidad casi inalcanzable para ningún mortal que no defendiese los intereses de la franquicia californiana. Mientras tanto, el prisionero llegaba a la ciudad. Bajaba del avión acompañado de sus compañeros, con los que compartiría las horas previas al juicio final. Como todo condenado a muerte, se le concedía un último deseo, una petición que se debía cumplir por mera compasión. 

LeBron eligió jugar aquel quinto partido con la camiseta de mangas, una zamarra negra que ya en noviembre de 2015 el propio alero rompió tras fallar un triple, fruto de la impotencia, en un partido contra los Knicks en The Q. Parecía una petición algo pobre para una noche de aquellas dimensiones, así que la NBA, en un gesto para limpiar su conciencia y lavar sus manos, sancionó a Draymond Green para aquella cita tras el incidente con James en el cuarto partido, aquel intentó de patada que colmó un vaso lleno de faltas flagrantes. Un castigo que debió llegar unas semanas atrás, pero ahora con el añadido de ver perder a los Cavaliers sin el segundo jugador más determinante de los campeones en el parqué.

Llegó la hora de la verdad. Casi 20.000 almas llenaban aquella Cúpula del Trueno llamada Oracle Arena. Los fuegos mortuorios recibían al condenado, un ruido ensordecedor acompañó a la presentación de los Cavaliers pero, cuando el speaker pronunció su nombre, los cimientos del pabellón temblaron. LeBron se despojaba de sus ropajes, se ponía el bucal y saltaba al parqué. No había marcha atrás, arrancaba el partido.

Apenas transcurridos 30 segundos de partido, LeBron recibía el balón y se quedaba emparejado con Iguodala, atronaban los vilipendios contra el jugador de los Cavs que, fruto del ambiente, enseñaba demasiado el balón y el 9 de los Warriors metía sus manos en el regazo de LeBron para robarle la bola, correr y anotar. No tendrían piedad de ti, amigo mío. Segunda acometida de LeBron que, tras iniciar la penetración e intentar dejar la bandeja contra el cristal, se encontró con un Bogut titánico que emergía para colocarle un tapón brutal. Abuso.

Mientras el 23 no daba una, algo se encendió en el resto del equipo. Se miraron a la cara, tenían que hacer algo. No podían dejar caer a su líder. Todos le debían algo, más allá del propio honor del deportista, requisito imprescindible para competir en cualquier ámbito de la vida. Irving sabía que sin LeBron difícilmente hubiera seguido en Cleveland en 2014, con él podía ser campeón de la NBA. J.R. le debía muchísimo al 23, le había traído de Nueva York a Cleveland para que tuviera la oportunidad de su vida de ser campeón, le había ayudado a reformarse y tal había sido su cambio, que hasta su propia hija estaba ahora orgullosa de él. Lo mismo que Shumpert.

Jefferson había vuelto a tener sitio en un roster con opciones al anillo, tras toda una vida dedicada al baloncesto, cientos de partidos en sus piernas y dos finales perdidas instaladas en su memoria. Kevin Love, aunque su relación no siempre fue el ideal de amistad, había peleado por él para que siguiera e intentaran llevar el proyecto a buen puerto. Tristan Thompson le estaba agradecido por ayudarle a renovar, eran íntimos. Y así con todos los miembros de la plantilla. Todos le debían algo. Respeto y lealtad. ¿Y si nos amotinamos? Con un 3-1 en contra, no tenían nada que perder y todo por ganar.

LeBron se iba entonando, si lo querían matar, tendrían que hacerlo poniéndole de rodillas. Terminó el primer cuarto con 12 puntos y un esperanzador 4 de 7 en tiros de campo. Su cara no se inmutaba, su gesto no dejaba entrever ninguna emoción más allá de la concentración. Los Cavaliers no estaban dispuestos a entregarse tan fácil, no iban a dejarse tragar por la marabunta californiana, que veía muy cerca el segundo anillo consecutivo y el quinto en la historia de la franquicia (dos bajo el nombre de Philadelphia Warriors en 1947 y 1956; uno bajo el título de San Francisco Warriors en 1975; y el cosechado el año pasado).

Todos querían su momento de gloria con el moribundo boxeador, quien, a pesar de sangrar abundantemente y tener los ojos casi cerrados, seguía en pie. Primero fue Curry, su némesis, quien buscó pasar la mano sobre el lomo del toro herido. En un contraataque vertiginoso, intentó anotar una canasta fácil en las barbas de Shumpert, pero apareció LeBron para ponerle un tapón y, rápidamente, giró su cabeza para evitar mirarle, no quería enfrentamientos, sólo baloncesto.

Kyrie Irving volvía loco a la defensa del campeón: penetraciones, tiros de media y larga distancia, aguantando la nave. Mientras, en el otro lado de la pista, Klay Thompson parecía dispuesto a cerrar la final él solo. En medio de las exhibiciones de estos dos, Marreese Speights se quedó con LeBron. Éste había calentado las horas previas al encuentro por Twitter, escribiendo un tuit en el que únicamente se podía ver el icono de un chupete, para que cada cual sacara sus conclusiones. LeBron lo sacó afuera para invitarle a bailar, y Marreese, en un gesto de extrema osadía, encimó al alero demasiado y éste sólo tuvo que echar a correr por la vía de agua que había dejado el pívot para colgarse del aro y sacar el tiro libre adicional. Algo cambió en esa jugada. Quizá todo, quizás nada. La soledad del corredor de fondo.

A punto de empezar el tercer cuarto, se oyó una conversación entre dos aficionados, (uno de cada equipo) cerca del banquillo de los Cavaliers que Tyronn Lue escuchó y no pudo evitar esbozar una sonrisa:
-Hoy os iréis a Cleveland con un 4-1 y otro anillo perdido. No os preocupéis por LeBron, nosotros lo enterraremos.
-Pues vais a enterrar un ataúd vacío. ¿No lo notas en el ambiente? Hoy vamos a ver historia y no creo que te guste.

Empezaba el tercer cuarto y algo cambió. El gesto de los cerca de 20.000 aficionados allí congregados se torció. El dúo LeBron-Irving se estaba saltando la sentencia, estaban dispuestos a tomar el Oracle y liberar al alero para que él y los Cavaliers pudieran decidir su propia suerte en la pista. Dos forajidos. Cleveland se escapaba en el marcador al final del tercer cuarto, pero las sensaciones aún decían que, si se ponían, los Warriors remontaban. Y se pusieron a ello, pero chocaron contra un muro invisible, un muro compuesto por honor, sacrificio y orgullo.

El sentimiento de un equipo que quería volver a casa para brindar a su afición la despedida en un último partido como locales, quien sabe si para acabar de perder las finales como el año pasado o si lo harían para llevar el sueño a un séptimo y definitivo encuentro. No querían un adiós con sabor a güisqui barato, de esos que te queman el hígado y dejan llorando a tu corazón porque se acaba. Un adiós de novia que te deja por mensaje, a derrota sobre la bocina. Un sinsabor de tragedias.

Llegó el momento cumbre. El clímax de una película cuyo guión parecía escrito por un suicida. Con 109-96 y 3:25 para acabarse el encuentro, la única opción de los Warriors de evitar el motín pasaba por defender aquel ataque de Cleveland. Entonces, el balón llegó a LeBron que, de espaldas al aro, botó la bola, se giró y parándose, consiguió la falta y antes de caer al suelo soltó el balón…que entró limpio. Su cuerpo caía al suelo como quien ha sido disparado, fusilado al alba. Todo su ser yacía tumbado en el parqué, con las extremidades estiradas. El boxeador caía desfallecido sobre la lona, fruto del esfuerzo sobrehumano que había hecho. Había ganado el asalto y aun tenía otros dos golpes de campana más para sobrevivir. Kyrie Irving llegaba corriendo a golpear su pecho, como si de un desfibrilador se tratara, reanimando al caído.

El 23 se ponía de pie, sin perder tiempo en su regocijo personal. Había esquivado el desastre una vez, pero el camino a su redención era demasiado largo todavía. Pero algo había cambiado en esas finales. Tras estar al borde del precipicio y haber contemplado su fin, el equipo había reaccionado de manera ejemplar. Las caras en Golden State cambiaron ostensiblemente, sabían que habían tenido a LeBron muerto y enterrado, y ahora era él quien, vestido de negro, cual enterrador, trataría de devolverles la moneda.

 El final de esta historia es de sobra conocido. LeBron estuvo frente a su fin, tan cerca que no parecía real y supo cómo renacer de sus cenizas para seguir siendo el monarca de la NBA. No os engañéis, sin LeBron todo esto no sería lo mismo. Vuestro villano, nuestro héroe.

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